Revista / 2022 Mayo / Iconografía de la Virgen con el Niño
El uso del alabastro en la Península Ibérica se conoce desde la etapa celtíbera. Las modernas excavaciones arqueológicas arrojan restos de diversas piezas como lápidas, placas o urnas para cenizas. Uno de los artistas de esta región fue Jordi de Déu, «Jorge de Dios», de origen griego, fue alumno del escultor Jaime Cascalls (1341-1377/1379). Sus trabajos más importantes los realizó en Barcelona y Lleida, pero la investigadora Emma Liaño Martínez afirma que, debido a sus encargos, viajó también a las ciudades de Zaragoza, Poblet y Tarragona.
Esta bellísima pieza, similar a los trabajos de Aloy de Montbray
(c 1300-1377/1378), presenta un fragmento de la firma del artista en la parte anterior de la base «Jo[…] Dios». El rostro de María es ecuánime. Encarna la Mater amabilis que se acentúa con la fina línea de sus ojos almendrados, el gesto dulce de la Reina del Cielo. El Gótico internacional transformó los relieves y así la escultura medieval catalana mantuvo el gesto próximo de amor.
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Los Evangelios Apócrifos profundizan en detalles que reflejan la tradición oral de los primeros tiempos cristianos. Estos textos han sido analizados y dimensionados a lo largo de los siglos y han llamado la atención de muchos artistas que encontraron en ellos un rico imaginario, fuente de inspiración para sus obras.
Los Apócrifos de la Natividad y de la Infancia están conformados por seis libros: Protoevangelio de Santiago, Evangelio del Pseudo Mateo, Libro de la Natividad de María, Evangelio de Tomás, Evangelio árabe de la infancia e Historia de José el Carpintero. El texto del Pseudo Mateo debe datar del siglo VI y fue el que con mayor alcance se difundió en Occidente.
No obstante, aunque ni los canónicos ni los apócrifos relatan el encuentro de Jesús con su primo hasta que son adultos, en obras como estas el simbolismo que esconden bebe directamente de los textos que no llegaron a formar parte de las Sagradas Escrituras. Dichas pinturas también se han llamado de un modo más entrañable: La Virgen, el Niño y san Juanito, y resultan en magníficos ejemplos de la mística humanista. María en su bondad presenta a su Hijo al mundo y el Bautista lo reconoce como el Hijo de Dios.
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La iconografía de la tabla, como la de muchas obras de este periodo, es muy compleja y llena de pequeños símbolos, a la manera de un código criptográfico que debe de ser leído con detenimiento. Toda la composición podría quedar encerrada en pequeños triángulos: la piedra, los pliegues del manto mariano, las piernas de Jesús; el más importante de todos es el que forman los cuerpos de María y su Hijo. La repetición de esta figura hace énfasis en el misterio que se revela.
El pequeño Bautista viste la piel de un camello, referencia iconográfica a las pobres vestiduras que portará cuando sea mayor y marche al desierto. La cruz de carrizo anuncia el sufrimiento final; las manos de san Juan acercan al corazón tan portentoso emblema. La curiosidad y transparencia de la mirada se dirige a su primo, mientras María observa a su Hijo con dulzura maternal. De hecho, dos suaves líneas del manto de la Virgen continúan el recorrido visual del espectador desde la cruz, hasta los rostros de la Madre y el Niño.
Jesús está cubierto con un paño azul, el color que distingue al Espíritu Santo y a la realeza. En otras ocasiones se cubre con uno blanco que evoca al sudario que llevará en el sepulcro. A pesar de tener una actitud de juego, a través del gesto disuelto de la mano derecha parece presentar al mundo a María, como madre de la Iglesia, fuente de consuelo y eterno amor. Al mismo tiempo bendice al orbe con sus deditos pulgar, índice y medio, que de nuevo evocan a la autoridad de la Santísima Trinidad.
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María es la estrella de la mañana y en su manto, la potencia de luz irradia amor a la humanidad. Sin los nimbos áureos o los atributos, estaríamos ante una madre quien carga de manera natural a su hijo desprovisto de ropas y pañales. Son los símbolos de herencia medieval los que vaticinan el ciclo cristiano. No hay indicio de que María conociera el futuro del Redentor, pues fue hasta la presentación de Jesús en el templo cuando la profecía de san Simeón, una daga de dolor atravesará tu alma (Lucas 2:35), anunciara la entrega máxima. El arte Gótico ya había incorporado elementos para enfatizar el papel de María. Aquí, en misericordia, entrega a Jesús al mundo. Él, con mirada taciturna, lleva su manita al oído, pues su escucha es infinita. El gesto, de acuerdo con Juan Plazaola, S. J., alude al sacramento de la confesión, que se subraya con la corona de espinas y los tres clavos con los que se sujetó al Hijo del Hombre en la cruz. Imagen moderna que busca mover la piedad del fiel para que mediante el reconocimiento de la falta y su arrepentimiento, pueda expiarla y alcanzar el perdón.
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