Mayo 2022 La Virgen del juego

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La Virgen del juego Tiempo de lectura: 6 minutos
Variante de la Virgen de la ternura, el tema figurativo de la Madre de Dios quien juega con el Niño se desarrolló a partir de la Theotokos Pelagonitissa. La toponimia podría indicar el centro difusor del culto, es decir, la antigua región griega de Pelagonia. En la Edad Media se definía así al reino de Macedonia suroccidental y a su ciudad principal, la actual Bitola.

De las diferentes teorías acerca de su origen y difusión, la mayoría de los estudiosos está de acuerdo en afirmar que nació en el ámbito del arte oriental y que mediante la pintura bizantina llegó a Europa. En Italia el tema se interpretó con algunas modificaciones que enfatizaban el carácter amoroso y otorgaban un mayor dinamismo a la escena.

Si bien el icono original no sobrevivió al tiempo, hay réplicas de principios del siglo XIV, como la conservada en el Museo Bizantino y Cristiano de Atenas, que testimonian sus características principales. En la mayoría de los ejemplos la Madre carga al Niño en su brazo derecho, se inclina ligeramente hacia Él y a menudo lo toca con la izquierda; Jesús, usualmente con las piernas desnudas, tiene una actitud alegre y le toca la mejilla, el velo o incluso juega con su cabello. Destaca la expresión de la Virgen quien, lejos de sonreír, esconde cierta inquietud quizá por advertir el sufrimiento de la Pasión que le sería revelado por Simeón en el templo de Jerusalén.

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La Virgen y el Niño con ángeles
Entre cortinas doradas y asomada a una ventana con su Hijo en brazos, aparece la Madre de Dios como una variante de la Virgen de la Ternura llamada «Virgen del Juego». Todo en el cuadro muestra la veneración florentina por la belleza. En el galón áureo de su manto, del lado derecho, se leen frases de la Letanía lauretana: Estrella de la mañana, Reina del cielo. Sobre la cabeza y en el lado izquierdo del manto: Ave María, llena eres de gracia, el Señor esté contigo.

En la composición el Niño, vestido como filósofo según las representaciones del Gótico italiano, ahora juega con el manto de su madre, se chupa el dedo y levanta un piecito, gestualidad que anticipa la del Renacimiento italiano. Cuatro ángeles rodean y observan la escena. Un espectador detrás podría ser un donante. Dos de los emisarios de Dios portan varas con flores de lirio, símbolos de la castidad de María.

La obra fue estudiada por Everett Fahy, quien la consideró cercana al Maestro de la Natividad de Juan, y así lo afirma en el libro, coordinado por Serenella Castri, Il Maestro di San Miniato de 1988. Fahy apoya en la actualidad la atribución al artista de San Miniato y señala que en algún momento, al ser intervenido, el rostro de la Virgen sufrió alteraciones.

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La Virgen adora al Niño dormido
En una composición de colores brillantes, destaca la mirada tierna de la Virgen quien observa al Niño y advierte el destino que tendrá. Este tipo de iconografía ya había sido presentada, aunque de manera esporádica, en 1400 por Jacopo della Quercia (1374-1438), Andrea Mantegna (1431-1506), Ambrogio da Fossano (1453-1523) y Bartolomeo Vivarini (1432-1499). Durante el Cinquecento el tema no gozó de mucha fama, pero hubo artistas como Giuliano Bugiardini (1475-1577), Sofonisba Anguissola (1532-1625) y Federico Barocci (1535-1612) quienes lo retomaron. Probablemente esta disminución en la demanda de la clientela no tuvo que ver con el sujeto sino con la manera en la que los artistas se aproximaban al tema. Posteriormente, la composición vertical y estática que se utilizaba en el pasado ya no podía ser aceptada en el Barroco que solía privilegiar las líneas en movimiento.

Fue gracias a Guido Reni (1575-1642), quien confirió cierto dinamismo a la escena, que se volvió a posicionar en el repertorio iconográfico; el lienzo de Giovanni Battista Salvi se inspiró en la composición del artista boloñés.

La demanda fue tal que llegó hasta los Alpes y a partir de entonces se observa un gran número de versiones. El Sassoferrato llegaría a pintar alrededor de 36 veces esta iconografía.

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La Virgen del velo
La primera versión de la Virgen del velo fue realizada por el artista italiano Raffaello Sanzio entre 1509 y 1510 para la capilla funeraria familiar de Agostino Chigi. El óleo sobre tabla hoy forma parte de la colección del Museo Condé en el castillo de Chantilly, Francia. De acuerdo con la investigadora Alexandra Murphy, la obra de Museo Soumaya es idéntica a la versión hoy perdida que el artista realizara para el cardenal Raffaele Sansoni Riario en la Iglesia de Santa María del Popolo en Roma.

Tal como se aprecia en la iconografía de otros maestros italianos del Humanismo, el tratamiento de las líneas y el sentido del espacio son capaces de crear una atmósfera cotidiana en santidad, en palabras de Juan Plazaola S. J. Raffaello presentó una escena conmovedora de la Sagrada Familia en la que María aparece ataviada con un traje rojo intenso y un manto azul celeste –símbolos de martirio y de la eternidad–, frente al Niño Jesús. En disposición casi idéntica a la del maestro italiano, la Virgen –con un estilo más cercano al Manierismo por la expresión en el rostro, los dedos estilizados y la pincelada suave– ase el velo sobre un Niño de alongadas proporciones que da fulgor a la escena. Las líneas blancas de la almohada y de las sábanas sostienen al infante y se proyectan en el rostro amantísimo de su Madre. Tema concebido por Raffaello y luego abordado por distintas miradas, La Virgen del velo es símbolo de lo terrenal y lo divino.

HP

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