Revista / 2024 Marzo / La Crucifixión de Jesús en la Suma Teológica de santo Tomás de Aquino
Padre Arturo Alcántara Arcos de la Diócesis de Aversa en Italia, perteneciente a la Comunidad Diocesana de la Piccola Casetta di Nazareth
2024 celebra el octavo centenario del nacimiento de santo Tomás de Aquino, uno de los grandes teólogos de la historia de la Iglesia Católica y de los pensadores de la humanidad. Si bien no poseemos con certeza la fecha de nacimiento del santo originario de Roccasecca, cerca de Aquino, en el centro de Italia, podemos acercarnos a esta cifra. En efecto, Bernardo Gui (1261/1262-1331), obispo francés de la orden de los dominicos –la misma a la que perteneció santo Tomás, quien fue obispo de Lodève en Occitania, en el sur de Francia–, afirmó que el teólogo murió con cuarenta y nueve años.
A este dato se debe agregar el que proporciona Tolomeo da Lucca (c 1227/c 1236-c 1327), obispo de Torcello en Véneto, en el norte de Italia, discípulo del santo de Aquino –de quien escribió la lista de sus obras– y quien afirmó que él murió a los cincuenta años pero algunos dicen a cuarenta y ocho. De esta ligera discordancia surge la imprecisión en la fecha de su nacimiento y precisamente por ello es posible y quizá necesario iniciar las celebraciones por su octavo centenario en 2024.
Conmemorar a santo Tomás durante el tiempo de Cuaresma nos permite considerar el pensamiento del gran teólogo a propósito de la Crucifixión de Jesús en forma particular, porque el aquinate escribió páginas espléndidas sobre ello en su obra principal, Summa Theologiæ o Suma Teológica. Escrito entre 1265 y 1274, los últimos años de la vida del santo, es este el más famoso tratado de teología medieval, aunque la tercera y última parte de la obra quedó incompleta.
La Suma Teológica fue ideada por santo Tomás de Aquino como un manual para el estudio de la teología y no como una obra polémica contra los no católicos o no cristianos; tampoco específicamente como una obra apologética. Es uno de los máximos ejemplos del estilo de investigación e incluso de redacción de la escolástica, un término con el que, en gran síntesis, se define la filosofía cristiana medieval. Fue escrita en latín y se constituye por tres partes, mismas que están divididas en «cuestiones» y estas, a su vez, en «artículos».
Las cuestiones sobre el tema tratado son formuladas como preguntas; para cada cuestión se presentan argumentos y la tesis contraria a la propuesta inicial (videtur quod, es decir, «parece que»), a lo que sigue un argumento decisivo (sed contra, «pero al contrario»); después se desarrolla en el texto la respuesta a la cuestión inicial (respondeo o «respondo») y por último se da respuesta de acuerdo con la necesidad de cada una de las objeciones principales de la tesis.
Aunque no es posible abordar exhaustivamente las reflexiones del santo sobre la crucifixión presentes en la Suma, podemos acercarnos a ellas. Como nota de metodología indico que haré referencia a la Suma con una de las posibles abreviaciones utilizadas a nivel internacional para citar esta obra; puesto que se encuentra dividida en tres partes, el primer número, romano, indica la parte a la que pertenece. A ello sigue que cada parte está compuesta por cuestiones y artículos identificados con números arábigos. Así, el primero indica la cuestión a la que se hace referencia y el segundo número, el artículo específico. Por ejemplo, «STh. III, 16, 4», refiera a Suma Teológica, tercera parte, cuestión 16, artículo 4.
De esta manera y a propósito de la Crucifixión, santo Tomás observó que Cristo es Dios y fue quien murió en la cruz, pero al contrario, no se puede afirmar que Dios murió en la cruz. Más bien lo que afirmamos es que Jesús, quien es Dios hecho hombre, murió en la cruz como hombre, es decir, que Cristo murió en su naturaleza humana pero no en la divina.
Tomás señaló que cuando honramos una imagen de Cristo honramos a Cristo, por lo que no damos ningún honor a la imagen entendida solo como una obra de pintura o como una escultura. La imagen es significativa solamente por aquello que representa. Asimismo, afirmó que lo mismo sucede con la reverencia que damos a la cruz en la que murió el Señor. En efecto, el aquinate observó cómo lo que vemos en la cruz no es la madera de la que está hecha sino todo el significado de la Crucifixión y por ende, adoramos al Verbo encarnado cuya muerte por nosotros nos llama a la memoria y al aprecio de ello.
Santo Tomás agregó que el Señor también realizó milagros en lo que él llamó «creaturas irracionales», como el árbol de higo, el agua que fue transformada en vino y la tierra en el momento en que tembló mientras el Señor moría en la cruz.
A propósito de estos milagros, Tomás señaló que fueron hechos en beneficio de la humanidad, para que las personas se dieran cuenta de la divinidad de Cristo mediante señales y que fueran conscientes del control absoluto que Él tiene sobre todas las cosas, que en el lenguaje de santo Tomás, son las creaturas, los espíritus, los cuerpos celestes, los seres humanos y las creaturas terrenas irracionales.
De acuerdo con santo Tomás, Jesús escogió la muerte de cruz para mostrar en forma evidente su amor por la humanidad, de manera completa y definitiva, y afirmó que Jesús decidió morir en un espacio no cubierto para hacerlo a la vista de todos y con los brazos abiertos para abrazarnos a todos.
Asimismo, afirmó que el Señor tuvo de un lado a un pecador no arrepentido y del otro a un pecador arrepentido; y la cruz se convirtió en la silla del juez de la humanidad, pues Él es el mismo quien se encontrará en el Juicio final, en el que habrá la misma distinción entre quienes están a la derecha y quienes están a la izquierda, es decir, quienes serán salvados y aquellos quienes rechazaron la salvación.
- • para redimir a las personas quienes se encontraban bajo la sentencia de muerte a causa del primer pecado;
- • para demostrar que era hombre verdadero;
- • para librar a las personas del temor a la muerte;
- • para enseñarnos a morir espiritualmente al pecado y
- • para infundirnos la esperanza verdadera de resucitar de los muertos.
El aquinate agregó que durante las horas anteriores a la Resurrección, ni el alma ni el cuerpo de Cristo estuvieron separados de la Persona divina del Hijo, por lo que donde estuviera el alma de Cristo o su cuerpo muerto, allí se encontraba el Cristo entero con el esplendor de su divinidad.