2023 Julio Iconografía de un revolucionario

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Iconografía de un revolucionario

Mónica López Velarde Estrada | Curaduría

Francisco Villa. Genio y figura Una leyenda. Uno de los protagonistas indiscutibles de la Revolución Mexicana, cargado con aquella poética del héroe romántico: único y de destino trágico. A Doroteo Arango, Francisco Villa, lo avalaba un origen de pobreza: era de los de abajo. Lo acreditaba un pasado de arduo esfuerzo en las ricas minas norteñas, empacadoras y comercio de carnes. Lo envolvía un halo de contrabandista perseguido por la ley; diestro jinete, de muy buena puntería; de arrojo y carácter recio. Líder carismático. De extrapolaciones biográficas profundas: bandido del pasado o revolucionario; el guerrillero quijotesco, dice Enrique Guerra Manzo cuando comenta la investigación del historiador austríaco Friedrich Katz, el mayor biógrafo del duranguense. Personaje relatado en extremos emocionales: un ser irascible quien adoraba a su caballo. No tomaba alcohol, protegía a las viudas de la guerra civil, apadrinaba a los niños, veneraba a Francisco I. Madero. Desenfadado y ligero para muchos, también un bárbaro en su definición más directa: salvaje y feroz.


En Villa todo es famoso. Todo perdura en el imaginario revolucionario. Su hacienda de Canutillo; su División del Norte que llegó a ser, según fuentes canónigas, el ejército más numeroso, popular y disciplinado hacia 1914, y su guardia de élite, los Dorados de Villa, inmortalizados sobre todo en el ámbito popular, en calles, corridos, restaurantes y cantinas.

En sus Memorias, José Vasconcelos (1882-1959) hizo un retrato elocuente del personaje cuando describió en el primer tomo, La tormenta, lo ocurrido hacia 1915, en el capítulo “Banquete en Palacio”:

Estaban ya en Palacio los diplomáticos con sus señoras, cuando recordamos una dificultad. Tanto Villa como Zapata, sin duda por el número de asesinatos alevosos que habían cometido, acostumbraban no separarse de sus escoltas ni para comer, y sería monstruoso que una veintena o más de soldados con bayoneta calada entrasen a la sala en que se cumplimentaba a las señoras […]. Y me instalé en los salones de entrada. Llegó Villa resonando las espuelas, arrogante en un traje militar azul, libre de entorchados ridículos. Le pedí que dejara la escolta a la puerta y accedió… Pero cuando hice la misma súplica a Zapata, que llegó minutos después, sin responderme casi, el suriano dijo a los soldados: Entren por delante muchachos… Contrastando con la sencillez del vestido de Villa, Zapata se había puesto lo que un aficionado a toros llamaría traje de luces..

El físico de Villa y su personalidad se entrelazaron junto con sus hazañas militares: Demasiado alto para ser mexicano, diría el escritor estadounidense Edward Larocque. Y dio el dato: medía aproximadamente 1.76 mts. […] De tez de indio [sic]. El sol del norte habría hecho estragos. Todas las descripciones coinciden en una mirada especial: de ojos café oscuro y penetrantes.

Su historia ha perdurado acompañada de una gran polémica. Entre desalmado y justiciero, es un personaje quien gustó de su imagen y de su divulgación. Posó como pocos. Están ahí para dar cuenta dos fondos fotográficos: Casasola en la Fototeca del Instituto Nacional de Antropología e Historia y el Centro de Estudios de Historia de México.Fundación Carlos Slim. Parte de las imágenes: Villa en la silla presidencial; con Venustiano Carranza y Abraham González; al realizar declaraciones ante la prensa norteamericana; con Madero a caballo; con Zapata en la entrada a Ciudad de México; en la firma de la bandera nacional durante la Convención de Aguascalientes; un Villa escoltado por los Dorados y caminando con Trucy Aubert; hasta esas instantáneas que muestran al héroe en su ámbito cotidiano: Villa sujeta un burro en su propiedad; descansa a bordo de un tren militar, o aquellas tomas en la célebre hacienda de Canutillo: en el arado; rodeado de niños; Villa dispara una arma y acompañado por sus hijos. Para la posteridad, la sentimental imagen de un Villa quien lloró en la tumba de Madero, y un par de imágenes que sellan un álbum emblemático del héroe del norte quien tras haber evadido los embates de las huestes norteamericanas, aparece junto a Miguel Trujillo acribillados a balazos, en un automóvil, el 20 de julio de 1923. Por último, la postrera foto del cadáver del Centauro del Norte sobre una cama del Hospital de Parral, Chihuahua.


Vámonos con Pancho Villa
Doroteo Arango buscó el reflector, qué duda cabe. El resultado es una iconografía perdurable y consistente del personaje. Los elementos se repiten y pasan a ser sus atributos. Francisco Villa porta sombrero, rifle y cananas. Pero, sobre todo, su imagen permanece con el que será su principal atributo, el caballo y una particularidad más: la acción a ultranza… el movimiento.

Rafael F. Muñoz escribió la novela Vámonos con Pancho Villa (1931). Autor importante del género llamado ‹‹de la Revolución›› junto con Mariano Azuela, la ficción de Muñoz se convirtió en película con una cartela de primera: dirigida por Fernando de Fuentes y guion de Xavier Villaurrutia, la música estuvo a cargo de Silvestre Revueltas. Se estrenó en 1936. El personaje había muerto apenas 13 años atrás.

La atracción de Francisco Villa por el séptimo arte quedó más que asentada cuando en 1914 fue protagonista de su propia historia filmada: La vida de Pancho Villa, película silente dirigida por Christy Cabanne y producida por Mutual Film Corporation, quienes tuvieron los derechos exclusivos para filmar a Villa y sus tropas durante las batallas. Una versión apunta que la película acabó como una especie de documental por los problemas lógicos de filmación que uno puede imaginar se dieron en pleno campo de batalla o al menos entre un enfrentamiento y otro. Con todo, queda para la biografía del personaje la concurrencia de intereses e iniciativas: las de un revolucionario y las de una productora estadounidense.

El Centauro del Norte
La imagen que ha perdurado de Francisco Villa es la del revolucionario a caballo. Es sabido que Siete leguas fue su yegua preferida. Así, una de las facetas más repetidas del caudillo es la que está consignada como Entrada a Torreón en abril de 1914. Es una toma abierta y apaisada. Del lado izquierdo y en primer plano aparece el héroe de frente montando un brioso corcel. La fotografía muestra también a una serie de soldados a caballo y en carreta. A lo lejos, en un horizonte alto, se ve una población. Una fila de caballos y jinetes salen de esas edificaciones y siguen al líder militar.


Villa está en plena acción. Una gran polvareda y lo que parecen residuos de explosiones bañan todo el ambiente. El sol pega a plomo, tanto, que hace de la imagen un concierto de sombras de caballos y soldados. De nuevo, todo es movimiento. El alazán de Villa fue captado con la pata izquierda alzada. El general lleva con decisión las riendas. Parece que todo está convenido para disparar el obturador en ‹‹el instante decisivo››. Viste saco, chaleco, camisa blanca, sombrero. Villa mira decidido a la cámara.

Aunque recortada, es una de las imágenes que sirvió para el célebre cartel de 1916 Reward Francisco Villa $5,000, y también la que inspiró a Humberto Limón, en Galas de México, para el óleo Pancho Villa (c 1974). Es la versión en óleo del héroe revolucionario que serviría para imprimir miles de calendarios. De esta estética llena de colorido para ilustrar la Historia oficial, es aquella que alimentarán de motivos los cientos de monografías que buscaban los escolares, antes de la era de la Internet, para cumplir con sus tareas de Historia de México y Civismo.


Cuenta la leyenda que los soldados quienes combatían junto con el general Villa lo hacían a toda carrera hacia el objetivo gritando su nombre. Tiburcio Maya, uno de los protagonistas de la obra de Rafael F. Muñoz incitó a su compañero Miguel Ángel a unirse a la Revolución con el enfático: ¡Vámonos con Pancho Villa!, para después escribir:

Y dejando atrás el humo de la explosión que manchaba la tarde, se fueron en busca de Francisco Villa, hasta encontrarlo: treinta y cuatro años de edad, cien kilos de peso, cuerpo musculoso, como una estatua. Su mirada parece desnudar almas; sin interrogar, averigua y comprende. Es cruel hasta la brutalidad, dominante hasta la posesión absoluta. Su personalidad es como la proa de un barco, divide el oleaje de las pasiones: o se le odia, o se le entrega la voluntad, para no recobrarla nunca..


Francisco Villa y Emiliano Zapata en la silla presidencial
Si como afirmó Octavio Paz, toda revolución tiende a establecer una edad mítica, quizá esta imagen es una de las instadas para representar un símbolo de conquista del poder político a través de una revolución social, de una de las gestas más importantes del siglo XX .

Sentados en sillas “palaciegas” se encuentran dos de los líderes nacionales más visibles y populares de la lucha social iniciada en 1910: Francisco Villa y Emiliano Zapata. Lo importante está precisamente en el centro. El caudillo del sur, Zapata, mira con intensidad y seriedad a la cámara. Sostiene su gran y simbólico sombrero; junto a él está el general Otilio Montaño. Villa, en cambio, sonríe con un gesto corporal relajado. Viste una casaca y se ha quitado, como su compañero, el sombrero. Junto a él lo escolta uno de los generales de la División del Norte, Tomás Urbina. En un gran y rico contexto también están presentes una diversidad de personajes del espectro social mexicano. Aquellos quienes no suelen estar cotidianamente en Palacio Nacional, lo están en ese instante icónico.

Es un momento altamente significativo, lleno de resonancias visuales. Después de la emblemática entrada de las principales huestes rebeldes a Ciudad de México el 6 de diciembre de 1914, Villa y Zapata se dirigieron al centro político del país. Una de las versiones más extendidas relata que ya en el interior, Villa le ofreció a Zapata sentarse en la que la mayoría de las interpretaciones supone es la silla presidencial. El asiento, de terciopelo guinda, dorado en sus molduras, y con un águila al centro de un gran resplandor dorado en el respaldo, fue cedido por el Caudillo del Sur, momento en el que el general Villa se sentó, al parecer, con toda naturalidad. Ese momento quedaría grabado para la historia a través de la cámara Graflex del célebre fotógrafo de la Revolución Mexicana, Agustín Víctor Casasola.

ML


Manifiesto al pueblo mexicano
Fechado y signado: Chihuahua, septiembre de 1914./ El general,/ Francisco Villa, en el documento da cuenta de los distintos movimientos revolucionarios.

Ante el derrocamiento del gobierno democrático del señor Madero, obra grandiosa del movimiento revolucionario de 1910, el pueblo mexicano se lanzó de nuevo a la conquista de sus libertades, demostrando a la nación y al mundo entero que han terminado para siempre en nuestro país los gobiernos impuestos por la fuerza y que sólo aceptará y respetará a los emanados de la voluntad popular.

La palabra constitucionalismo, grabada sobre los colores de nuestra bandera, encierra todo el programa político de la Revolución, dentro del cual serán resueltas, sobre bases legales y por ende estables, las reformas encaminadas al mejoramiento social y económico de nuestro pueblo
.

Asentadas estas bases, Villa apuntó que Aunque el Plan de Guadalupe, lanzado por el C. Venustiano Carranza, ofrecía solamente el restablecimiento del Gobierno Constitucional, fué aceptado sin embargo por los jefes revolucionarios, porque confiaban en que el Primer Jefe de la Revolución era partidario de establecer no sólo un gobierno democrático, sino las reformas económico-sociales indispensables para asegurar el mejoramiento de las clases desheredadas.

Desgraciadamente, los actos del señor Carranza, y sus declaraciones engendraron en el ánimo de muchos revolucionarios el temor de no ver realizados los compromisos que la Revolución había contraído con el pueblo.

Subraya que La División del Norte, que había sido objeto de las intrigas políticas del señor Carranza, temiendo más que cualquiera otra que fueran defraudados los ideales revolucionarios […]. Frente a una situación que amenaza comprometer el triunfo de la Revolución, alcanzado con tanto sacrificio, arrojando al país a la anarquía y a la miseria, la División del Norte envió a la ciudad de México una delegación para presentar al Primer Jefe un programa de gobierno interino que es, en resumen, el restablecimiento inmediato del orden constitucional por medio del sufragio electoral y la implantación de reformas agrarias; programa firmado por el general Obregón […].

Sin embargo, El señor Carranza se rehusó a convocar inmediatamente a elecciones.

De esta manera, el Centauro del Norte instaba a desconocer a Venustiano Carranza como Primer Jefe Encargado del Poder Ejecutivo de la Nación:

Es muy doloroso para mí exigir del pueblo mexicano un nuevo sacrificio para que la Revolución pueda definitivamente realizar sus caros ideales, pero tengo la seguridad de que todo ciudadano honrado comprenderá que sin este último esfuerzo del pueblo, se derrumbaría toda la obra revolucionaria, porque habríamos derrocado una dictadura para substituirla por otra.

El mexicano que no contribuya a dar cima a este grandioso movimiento libertario, llevará sobre su conciencia el remordimiento de no haber sabido amar y servir a su Patria
.

AM


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