2023 Febrero La dinastía de los Bassano

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La dinastía de los Bassano

Alfonso Miranda Márquez | Dirección


En las faldas de los Prealpes Vicentinos, sobre la margen del río Brenta, se enclava Bassano del Grappa. La fama de la ciudad se debe precisamente a la grappa, un aguardiente de orujo, destilado procedente del hollejo de la uva; Grapperia Nardini, fundada en 1779, es considerada la destilería más antigua de Italia. Bassano es también el escenario de Oberto, la primera ópera de Verdi de 1839 que acusa influencia de Rossini. La pequeña urbe vio nacer y dio apellido a una de las dinastías artísticas más importantes del Véneto: los Bassano.


El arte del Renacimiento llegó a Padua en 1443 a través de Donatello (1386-1466), quien extendió ahí su estancia hasta 1453. El Manierismo encontraría grandes maestros debido a la pujante vida del puerto veneciano. Alfonso Pérez Sánchez, director honorario del Museo del Prado, subrayó que de los grandes pintores del seiscientos entre los que descolló una pléyade de creadores como Giorgione y Tiziano, Tintoretto y Veronese, y Lorenzo Lotto, a los Basanno habrá que rescatarlos y dimensionarlos. Lo cierto es que Francesco da Ponte, el Viejo (1475-1539), inició uno de los más prósperos talleres de la región que fue llevado a la cima por su hijo Jacopo (c 1510-1592). El también conocido como «Iacomo», «Iacopo» o «Giacomo», después de haber trabajado en Venecia y otras ciudades italianas, estableció su residencia en Bassano, sitio en el que nacieron y vivieron sus cuatro hijos: Francesco, el Joven (1549-1592), Giovanni Battista (1553-1613), Leandro (1557-1622) y Gerolamo (1566-1621). Fue tan contundente y característica la impronta de Jacopo, que hasta bien entrado el siglo XX se comenzaron a diferenciar las autorías; e incluso fue tal la producción del taller, que obras que habían sido consignadas como autógrafas, hoy es más propio estudiarlas en la estela de aquel epicentro creativo del Véneto.

En palabras del investigador estadounidense Keith Christiansen, Jacopo es un maestro de notable originalidad, que en su vida disfrutó de buena reputación en varias ciudades europeas. […] Sin embargo, el hecho de que eligiera permanecer en su natal Bassano del Grappa, al noroeste de Venecia, y establecer ahí un taller familiar, pudo mermar su reconocimiento.

El realismo en las escenas pintadas distinguiría a aquella dinastía que pronto encontró un sitio nodal en el Barroco naturalista, tanto en obras religiosas y mitológicas, como en aquellas escenas costumbristas que junto con el género del retrato cultivaron sus miembros ampliamente.

Para Giorgio Vasari (1511-1574), Jacopo Bassano fue un artista de composiciones muy hermosas dispersas por toda Venecia, y especialmente estimó las obras con animales de todo tipo. El veneciano Carlo Ridolfi escribió en 1648 una primera biografía familiar en la que elogió a Jacopo dal Ponte por el estilo original y poderoso, basado en un nuevo naturalismo.


Los Bassano en México De la estela de la dinastía de los Bassano, la pinacoteca de Antiguos Maestros Italianos en Museo Soumaya conserva 17 lienzos. Todos se caracterizan por una aguda atención en los detalles veristas, con figuras elegantemente dispuestas que contrastan de manera inédita con aquellas que dan la espalda al espectador.

Todo gira en escenarios cotidianos, incluso las escenas bíblicas se presentan en entornos domésticos que introdujo el Barroco; como afirmó el investigador Juan J. Luna, Jacopo Bassano abrazó el cambio y la novedad como pocos lo hicieron.

Con una posición de tres cuartos y la mirada que reta al espectador, sobresale Retrato de un hombre barbado, que fue realizado por Jacopo entre 1580 y 1590, y que perteneciera al comandante florentino Ventura, para después integrar los fondos del senador Simon Guggenheim, antes de formar parte del acervo del Museo de Arte de Denver en Colorado, los EE. UU. Desde 2018 se conserva en Museo Soumaya.


Expulsión de los mercaderes del templo, pintada hacia 1550, tiene mano de Jacopo y su taller. En una correctísima perspectiva, para la visita de Jesús al templo de Jerusalén, el templo de Herodes, en la víspera de la Pascua judía, el maestro pintó las palabras del Evangelio de san Juan, que describen al sitio con bueyes y ovejas, pero además libremente colocó en primer plano a una cabra. Fiel al pasaje de la purificación, tal como lo describieron los Evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), Jacopo retrató las mesas volcadas de los cambistas de monedas griegas y romanas por monedas judías y tirias, las únicas permitidas en el sitio, e incluso la vendedora de palomas hincada se afana en regresar a las aves a su canasta.

Las escenas nocturnas, con especial atención en el manejo de luces y sombras, fueron ampliamente imitadas dentro y fuera del taller de los Bassano. Tal es el caso del llamado Entierro de Cristo que Jacopo dal Ponte pintara para Padua y que inspirara la obra homónima de Annibale Carracci (1560-1609), que conservara el canónigo de la catedral de Bolonia, Astorre di Vincenzo Sampieri, obra hoy sita en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Con mayor juego del claroscuro, la variante Santo Entierro, pintada por Jacopo y que muy posiblemente perteneciera a Franco Arese, vizconde de Marcignago, antes de sumarse al acervo de la célebre familia d’Oglio en Cremona, Italia, hoy se encuentra en Museo Soumaya y sirvió de modelo para el óleo sobre pizarra que exhibe el Museo Nacional del Prado en Madrid.

La resolución ampliamente imitada por los artistas del seiscientos codificó el subgénero «Cristos de la luz», en el que el cuerpo inerte del Redentor es la principal fuente lumínica de la escena.


Aquel efecto fue estudiado con esmero por Doménikos Theotokópoulos, el Greco (1541-1614), en su estadía veneciana. Por el manejo de la luz, Jacopo, en opinión de Juan J. Luna, es un preludio del Caravaggio. Así lo demuestran también las obras de Francesco Bassano: Esaú vende su primogenitura a Jacob o San Jerónimo, quien estudia las Sagradas Escrituras; ambas pueden fecharse entre 1580 y 1590, cincuenta años antes del despliegue luminoso barroco del Maestro de la candela.

A la manera de los Bassano, el artista de La resurrección del Señor en el camino a Emaús (1653) muestra en escala grandilocuente una escena que bien podría confundirse con acciones de vida cotidiana. Para evitarlo, ante el perro blanco y bajo los tubérculos, escribió la referencia al versículo 24 de san Lucas.


El pintor, aún por identificar pero más cercano a Leandro Bassano, de acuerdo con la tradición dispuso las faenas en primer plano: las mujeres en la cocina lavan los cazos, atizan el fuego y preparan la cena. El gato dormido no ha advertido aún las aves que cuelgan del garabato.

En segundo plano, el pasaje sobre la Resurrección del Señor describe el camino a Emaús: Cuando ya estaban sentados a la mesa, tomó en sus manos el pan, y habiendo dado gracias a Dios, lo partió y se los dio. En ese momento se les abrieron los ojos y reconocieron a Jesús. Entre los más notables ejemplos de las escenas costumbristas sobresale el lienzo Invierno, que Japoco pintó entre 1570 y 1576 como parte de la serie Estaciones que perteneciera al archiduque Leopoldo Guillermo de Habsburgo (1614-1662), que su hijo Francesco Bassano, copió con ligerísimas variaciones. Asimismo, sendos óleos de su hermano Leandro, quizá el más notable de los herederos del taller. Cada obra es una summa en la que variados tipos de personajes, animales, frutas, vegetales y objetos de uso diario, forman parte de la riqueza del mundo de lo cotidiano.

Naturalismo barroco que da cuenta del comercio que iba desde el trueque hasta el intercambio con monedas de oro y plata. En cada plaza había soldados que supervisaban las balanzas para cerciorarse de los pesos y evitar el engaño a los compradores.

Del aprovechamiento cabal de los cerdos, las precisas descripciones de los autores muestran, desde el sacrificio con el hacha para conservar la sangre con la que se elaboran las morcillas, hasta el animal en canal para salar su carne e incluso los charcuteros, quienes preparan los chorizos. Nada ha de desperdiciarse.


Los prealpes nevados anuncian el invierno. Tanto en el óleo de Leandro como en el de Francesco, se confunde entre la multitud que se agolpa en la plaza un humilde pesebre. En el primero, los peregrinos se calientan ante la fogata. Los colores de la pareja respetan la iconografía de María y José, y la llama viva anuncia la llegada del Salvador. En el segundo, claramente el padre hace una reverencia a la mujer encinta y el moisés vacío es ya adorado por un pastorcito. Versión muy distinta es la de Gerolamo Bassano, en la que a la manera de su padre, dispuso a Jesús como la fuente de luz de la santa escena.


Un solo óleo mitológico integra la colección mexicana. Se trata de Diana y Actéon (c 1600-1622), obra autógrafa de Leandro, quien a la manera alegórica del Barroco, subrayó la virtud simbolizada en la desnudez de la diosa latina de la caza y su corte.
br> Las obras de los Bassano se caracterizan por una sencillez doméstica en la que se retrató a los vecinos de Bassano. Campesinos, comerciantes, posaderos, sirvientes… vestidos todos a la usanza del seiscientos, conviven en tablones con enseres y viandas que si bien encuentran origen plástico en las lecciones de Tiziano, Parmigianino y el Tintoretto, en palabras de Keith Christiansen: exploran lo que podría considerarse un estilo de pintura «humilde», preludio de la revolución del realismo defendida por Caravaggio. Las lecciones vénetas se dan cita en la producción de estos maestros: énfasis en el dibujo, la luz que da unidad a la composición, el naturalismo del norte de Italia y el color, que en estos artistas se caracterizó por verdes y rojos que otorgan al cuadro un equilibrio dinámico. Asimismo, el tránsito del modelado robusto, la gama vibrante y el empaste grueso de Jacopo al efecto inacabado sobre todo en las obras de Leandro, anunciarían el non finito que marcó una potencia expresiva en los nuevos caminos modernos de la pintura.


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