2023 Enero Nihil omne. Todo es nada

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Nihil omne. Todo es nada Alfonso Miranda Márquez | Dirección Tiempo de lectura: ¿? minutos

Vanitas vanitatum et omnia vanitas. [¡Vanidad de vanidades y todo vanidad!]
Vulgata, Eclesiastés, 1:2



En palabras del Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén: Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece. Y sale el sol, y se pone el sol, y con deseo retorna a su lugar donde vuelve a nacer. […] ¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol […].

El subgénero de la naturaleza muerta conocido como «vanitas» se desarrolló en Europa a lo largo del setecientos. Deriva de vanus –apunta la investigadora Rosa Olivares–, literalmente «vacío» o «caduco». Precariedad de la existencia. Paso inexorable del tiempo. Refiere a la naturaleza efímera de los bienes mundanos, el poder y la belleza… El discurso moral de estos cuadros no era un secreto ni para el artista ni para los espectadores. Aluden a la brevedad de la vida a partir de una composición que, amén de ser un dechado de habilidades miméticas que buscan replicar la naturaleza, muestran los usos y costumbres y son una llamada explícita a la meditación sobre el destino inexorable, la caducidad de la vida.





Propias del Barroco, las obras contienen una fuerte carga simbólica; cada objeto encierra un valor alegórico. Sobre el lienzo cercano al círculo de Simon Renard de Saint-André realizado hacia 1650, en la colección de Museo Soumaya, la investigadora Francesa Conti explica: Las conchas y los crustáceos, así como la mariposa, más que elementos decorativos, manifiestan la maduración y aluden, a pesar de su belleza, a la descomposición de la naturaleza con el paso del tiempo.



Uno de los ejemplos más importantes del acervo de Antiguos Maestros Europeos, es sin duda el óleo Memento mori, pintado por Jacob Marrell. Debido al tratamiento de las formas y los colores, el investigador Fred G. Meijer cataloga el lienzo hacia 1660, en la etapa madura del artista que nació en la ciudad de Utrecht, pero vivió sus últimos años en Fráncfort del Meno. Aunque su obra tiene todo el carácter flamenco y reúne la cosmovisión del norte de Europa, también suele estudiársele dentro de la Escuela germana.

Aquí, el tiempo que corre es sugerido por el reloj y las flores abiertas que no tardarán en secarse. Para Marrell, el tulipán que corona el ramo refiere a la supremacía de Flandes y los Países Bajos sobre los demás gobiernos europeos.

Alumno del bodegonista George Flegel y del holandés Jan Davidz de Heem, el maestro fue reconocido sobre todo por la calidad de sus flores. Su obra se caracteriza por romper el orden formal de las composiciones de la época y por la convivencia de objetos grandilocuentes en atmósferas austeras e indeterminadas.

Con un cráneo y una vela casi extinta, Marrell alude a la muerte y al desdén hacia lo mundano, como el dinero e incluso el libro del conocimiento. En él aparecen los nombres en alemán de Salomón, Creso, Helena, Alejandro Magno, Sansón y quizá Cleopatra; es decir, la sabiduría, la riqueza, la belleza, el poder y la fuerza, y la avidez que (y quienes) no logran salir invictos de la batalla final con la muerte. Por ello, en el contexto reformista, señala el artífice, solo podemos asirnos a la fe protestante, aquí representada por un bello crucifijo que se opone a las monarquías católicas presentes en un listón azul, de acuerdo con los estudios de Umberto Eco o Fluvio Vanglio.



Los sentidos nos engañan, sentencia además el pintor: las flores son al olfato –la vanidad–, como la llama a la vista –la ira– y el sonido de las monedas al oído –la avaricia–; las espigas de trigo trozadas y secas refieren al gusto –la gula–, al tiempo que el satén del lazo, al tacto –la lujuria–. Completan los pecados capitales: la envidia en los reflejos del medallón del reloj y en el propio libro, la soberbia.

En este óleo se hace latente y patente la tradición romana en la que los emperadores al triunfar eran advertidos por un esclavo que la gloria era efímera y que ellos también morirían (memento mori). El Barroco, en su juego de contrastes, afirma: Por tanto, vive el día (Ergo carpe diem), en contraposición con la idea protestante de Calvino, de un destino ya trazado.

Aunque aquí no están presentes la clepsidra o el reloj de arena, eso no impide la referencia al pasar de la vida; la decadencia se transfigura en esperanza: reflexión sobre lo verdaderamente importante. Una intención; un instante en el que detenemos el mundo para respirar y meditar a través del arte.

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