2022 Julio Michl. Cabrera pinxit Mexici. Pictor doctus

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Michl. Cabrera pinxit Mexici. Pictor doctus
Alfonso Miranda Márquez | Dirección
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Uno de los pintores que marcaron las pautas que seguiría el arte novohispano del siglo XVIII fue José de Ibarra, alumno de Juan Correa y heredero del importantísimo taller de los Juárez. Su discípulo más destacado fue Miguel Cabrera, quizá el maestro virreinal más afamado, y a quien en opinión de don Manuel Toussaint, injustamente se adjudican todos los aciertos y todos los errores de la plástica virreinal.

Su vida ha estado en continua investigación. La controversia más importante radica en el lugar y fecha de nacimiento del autor por excelencia de la Compañía de Jesús. Si bien no hay duda de que nació en Antequera, aún hoy es considerado hijo ilustre de San Miguel Tlalixtac, en tierra zapoteca de la región central del actual Oaxaca.

La fe de bautismo de Miguel Mateo Maldonado y Cabrera registra como fecha de nacimiento el 27 de mayo de 1695 en el barrio de San Miguel de la otrora Villa de Tlalixtaca. El documento se conoció gracias a las indagaciones del padre José Antonio Gay, canónigo de Oaxaca durante el Porfiriato, de quien tuvo noticias el bibliófilo e historiador Luis González Obregón, y a quien publicara el investigador Javier Castro Mantecón.



En realidad, como sostiene el doctor Jaime Cuadriello, pareciera imposible que un pintor de cincuenta años y sin obra conocida, llegara a Ciudad de México hacia 1740 e irrumpiera repentinamente de forma triunfal. En 1753 se comprometió como contratista para la ejecución de los retablos del templo de San Francisco Xavier en Tepotzotlán, en compañía de Higinio de Chávez, maestro ensamblador. En ese mismo periodo realizó los óleos del templo de Santa Prisca en Taxco.

Tampoco resultarían probables sus nupcias con Ana María Solano a los 45 años, ni el nacimiento de sus hijas ya provecto.

Asimismo, aquel Cabrera fue hijo de padres desconocidos, bien hijo natural o hijo de barragana y ahijado de una pareja de mulatos. El estigma que ello representaba le hubiese cerrado las puertas de la Iglesia y tampoco podrían corresponder los elogios que copiosamente el pintor abrazó. Además, subraya Cuadriello, en Nueva España un maestro examinado ya tenía taller propio antes de los 30 años.

Resulta contundente que su protector, el padre Francisco Ceballos, provincial de los jesuitas y procurador de Roma, haya declarado que como él, había nacido en Antequera en 1715. Con firmes antecedentes desde 2004, fue hasta 2017 cuando un grupo colegiado de investigadores integrado para el proyecto curatorial Pintado en México, 1700-1790: Pinxit Mexici de Fomento Cultural Banamex, tras la revisión documental, propuso el cambio definitivo de fecha.

Entonces, el otro personaje debe de tratarse de un homónimo. A Tlalixtac de Cabrera habrá que pedirle perdón por arrebatarle la cuna del pintor, quien además en su testamento enfáticamente declaró ser natural de Ciudad de Antequera, hoy Oaxaca de Juárez, tal como lo publicaron Abelardo Carrillo y Gabriel y Manuel Zárate Aquino, así como el mismo Mantecón.



Inéditamente para el arte virreinal, la estrecha relación con el arzobispo Manuel Rubio y Salinas (1703-1765) lo llevó a firmar como su «pintor de cámara». A petición jesuítica plasmó numerosas Vírgenes de Guadalupe calcadas en papel aceitado del ayate del Tepeyac, como aquella que conservó el papa Benedicto XIV.

Llama la atención que se ha denominado “poscabrerianos” a pintores estrictamente contemporáneos a Cabrera, como Andrés de Islas, José Pérez, Francisco Antonio Vallejo, Antonio Pérez de Aguilar o Juan Patricio Morlete Ruiz. El último tuvo una calidad equiparable con el mismo Cabrera y fue responsable de dirigir el taller de los Juárez antes de participar en el primer intento de abrir en Nueva España en 1753, una Academia de Nobles Artes, homóloga a la de San Fernando en Madrid.

Las investigaciones coinciden en que Cabrera falleció el 16 de mayo de 1768 en Ciudad de México. Su viuda, en calidad de albacea, inició el trámite para el inventario y aprecio de los bienes que fue clasificado y meticulosamente tasado. Entre los peritos inteligentes se encontraban: para los óleos y la biblioteca de pintura, el mismo Juan Patricio Morlete Ruiz; para el resto de la biblioteca, Joseph de Navarro; para los objetos de madera, Gaspar de Terrazas; para los objetos dorados, Agustín de la Rosa; para los espejos y vidrios, Santoyo; para el cobre, Cayetano; para el forlón, mulas y guarniciones, Manuel Álvarez; para las alhajas, Joaquín Salvatierra; para la plata labrada, Miguel Basurto; para la ropa del pintor, de su viuda e hijas, Joseph Mariano Zamora. Entre los 424 objetos el valor ascendió a 8 372.59 pesos.

La investigadora Cristina Ratto apunta:

el 46 % del capital de bienes muebles reunidos por el maestro se integraba por joyas, alhajas y plata labrada –las que representaban el 11 % de los registros–, el 19 % por las pinturas que se encontraron en su taller […]. La joya más costosa fue un par de pulseras de perlas, en treinta y ocho hilos y pesos de nueve onzas y una ochava, con chapetas de oro y en ellas veintiséis diamantes valuado en 800 pesos.





Entre las pinturas del taller se menciona un lienzo de dos varas y ochava, con su marco dorado y copete y en él la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe copiada puntualmente de la original, con valor de 80 pesos y una tabla de Teniers de 100 pesos.

Su biblioteca se conformaba por 75 títulos, los que representaban 84 volúmenes con un valor de 434.50 pesos, entre los que destacan una Biblia estampada, en dos tomos de a folio, en pasta, Physica Sacra de Johann Jakob Scheuchzer, Lección sobre la primacía de las artes de Benedetto Varchi, Perspectiva del Padre Andrea Pozzo, Anatomía completa del hombre de Martín Martínez, y los dos primeros tomos de El museo pictórico y escala óptica de Antonio Palomino.

Cabrera fue un pintor liberal que recibió un duro golpe cuando expulsaron a la Compañía de Jesús, hecho que mermó su ánimo y actividad. El historiador y cronista emérito de Ciudad de México, Guillermo Tovar de Teresa, manifestó que el trabajo de Miguel Cabrera mostraba la individualidad de los personajes sin recurrir a fórmulas establecidas y convenciones de la escuela novohispana. Con una paleta suave, el maestro que firmaba con la aclaración patriótica «pintado en México» representa un puente que comunica el Barroco con el Tránsito al Neoclasicismo.

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