En el siglo XII, el fundador de la orden cisterciense, el místico del Medioevo y doctor de la Iglesia, san Bernardo de Claraval, dedicó un sermón a la Santísima Virgen María, que reza: Ella nada tiene de severo […], es toda dulzura; todo en Ella es piedad y gracia, y Sus manos están hechas de perdón y de misericordia.
El corazón de María es al mismo tiempo símbolo del amor de su Hijo. Bertrand de Margerie S. J. señaló que es posible considerar al Corazón de María como corazón maternal de la Iglesia, al simbolizar un amor que es a la vez creado, redimido, corredentor, humano y sobrenatural, inmaculado, virginal, nupcial, maternal y glorificado frente a las Personas divinas, angélicas y humanas. Y explica que desde el primer momento de Su existencia, ese corazón fue preservado de todos los gérmenes de odio […] o de rebelión.
La Virgen es la «Rosa mística» y depositaria del Verbo, Quien quedó liberada del pecado original y por ende, de la muerte. El maestro Ernesto de la Peña La llamó: Protectora especial de la Iglesia; compañera mística del Salvador…
Los artistas han pintado este amor infinito y el Humanismo del Quattrocento italiano, principalmente de la Escuela toscana, mostraron a la Virgen entronizada como Madre de Dios, acompañada por el Niño Jesús, rodeada por el coro angélico y por santos quienes defendieron la Palabra.
De la pinacoteca de Antiguos Maestros Italianos de Museo Soumaya, se presenta por primera vez esta selección de tablas cuidadosamente estudiadas, principalmente del Tránsito del Gótico al Renacimiento temprano y su herencia hacia reversificaciones estéticas, que resultan en un capítulo fundacional del arte occidental; una búsqueda de belleza, esperanza y unidad.