Mayo 2022 Madre de la humanidad Misionera del Nuevo Mundo

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Madre de la humanidad. Misionera del Nuevo Mundo Tiempo de lectura: 3.5 minutos
La tradición novohispana abrazó con fervor la devoción mariana. En el entronque indígena –como señala el investigador Jaime Cuadriello–, las herencias mesoamericanas encontraron tierra fértil. La figura de María resultó en un contrapeso femenino fundacional en la cosmología ancestral. La Virgen fue central en los discursos cristianos y en el Nuevo Mundo su imagen adquirió matices distintos a los europeos.

Madre de infinita misericordia, con ternura protegió y guio a una sociedad pletórica de tradiciones. El «zodíaco mariano» consteló el continente e incluso su regia presencia consoló a san Juan Diego en el cerro del Tepeyac.

Antonio Rubial en Nueva España señala que desde el primer contacto, la evangelización ya había recurrido a la veneración de distintas imágenes de María, una figura femenina que hiciera balance frente a la carga masculina de la Trinidad. De este modo, tanto el sincretismo ideológico como el primer cristianismo americano y las ideas de la Contrarreforma, favorecieron la más viva devoción a la Madre de Jesús, sin las categorizaciones formales de los lineamientos retóricos e iconográficos cristianos, pues en los derroteros estéticos criollos se fusionaron en amor.

Toda bondad y gracia, desde la Tota Pulchra hasta Santa María de Guadalupe, las representaciones manieristas, barrocas y del Tránsito al Neoclasicismo la muestran en franco cobijo del fiel. Sólida postura, entronizada, con aureolas y con frecuencia coronada con nimbos o regias joyas, carga a su Hijo, quien también está a su amparo. Lejos de las resoluciones estilísticas modernas de otras latitudes occidentales y con la herencia bizantina, su imagen se engrandece dentro de las composiciones.

De acuerdo con la tradición, María fue retratada en la santa ciudad de Roma por la mano de san Lucas. La versión bizantina inspirada en la obra del evangelista se conserva en la Basílica de Santa María del Popolo en Roma. Se le llamó «Virgen del Pópulo» debido a una inscripción que señala a la Madre del Hijo de Dios como «protectora del pueblo». Fue una de las prístinas devociones marianas que permaneció en los siglos virreinales y convivió con la Virgen de la Luz, quien intercede ante su Hijo por la salvación de las ánimas.

No hubo artista novohispano que no dedicara sus empeños a María, la abogada de los pobres, enfermos y desamparados. Por lo general Ella mira de frente a su pueblo, a quien le entrega a su Hijo. Jesús sostiene el libro sagrado y en unión mística ambos recuerdan el Ángelus que canta:

Y el Verbo se hizo carne.
Y habita entre nosotros.
Ruega por nosotros, santa Madre de Dios.
Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo
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