Revista / 2022 Mayo / Editorial
Ella nada tiene de severo, nada de terrible, es toda dulzura; todo en ella es piedad y gracia y sus manos están hechas de perdón y de misericordia.
San Bernardo de Claraval en Serm in Illud. Signum Magnum [Sermón de san Bernardo sobre aquella gran señal], siglo XII
El corazón de la Virgen María es al mismo tiempo símbolo del amor de su Hijo; Bertrand de Margerie S. J. señaló que es posible considerar al Corazón de María como corazón maternal de la Iglesia, al simbolizar un amor que es a la vez creado, redimido, corredentor, humano y sobrenatural, inmaculado, virginal, nupcial, maternal y glorificado frente a las Personas divinas, angélicas y humanas. Y explica que desde el primer momento de su existencia, ese corazón fue preservado de todos los gérmenes de odio […] o de rebelión […] e invadido del amor sobrenatural.
Bernardo de Claraval (1090-1153), fundador de la orden cisterciense, místico del Medioevo y doctor de la Iglesia, en sus escritos teológicos otorgó a la Dulce Virgen María un papel nodal como excelsa portadora de gracia, mediadora de la salvación y socorro del mundo, y aludió a la Virgen como Notre Dame, Nuestra Dama, a la manera de advocación caballeresca del sentido devocional mariano. En ese contexto, el amor divino transfiguró a María en «Rosa mística». Para Claraval, al ser depositaria del Verbo quedó liberada del pecado original y por ende, de la muerte. Era precisamente Ella quien, en un acto de amor incondicional, aceptó el misterio de la Encarnación para gestar en su vientre al Hijo del Hombre… He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra (Lucas, 1:26-38).
Esta, nuestra primera revista virtual, busca abrazar en amor las diferentes representaciones de María, quien tuvo una iconografía especifica después del Concilio de Efeso y de Calcedonia; entre las obras marianas que se encuentran en Museo Soumaya sobresalen: la Virgen orante; la Virgen en Majestad sentada en el trono, que codificada en el siglo IV se identifica como Reina de la Iglesia, debido a que su pureza simboliza, como la Iglesia, lo inquebrantable; la Virgen con el Niño de profunda ternura, que copiosamente se difundió a partir del siglo XIII y que devino en la Virgen de la amabilidad y en la Virgen del juego; la Virgen nutricia, nodriza o de la leche, quien alimenta al Hijo del Hombre; también se representaron la Virgen de la Misericordia, intercesora de la humanidad ante Cristo, y la Virgen de las rosas, quien se desprende del Cantar de los Cantares en que la sulamita es comparada con una rosa.
Y precisamente en el sentido de rosa mística, señaló el maestro Ernesto de la Peña: María, la virgen de Galilea, es la rosa de Sharón, la flor del valle, la desposada de Jesús, pues a su condición de madre añade, en otras vertientes interpretativas, la de protectora especial de la iglesia, compañera mística del Salvador.
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