Creador de espacios habitados, ante todo funcionales, Pedro Ramírez Vázquez fue uno de los pilares de la llamada nueva arquitectura mexicana. El maestro nació el 16 de abril de 1919 en el número 91 de la calle Moctezuma en la capitalina colonia Guerrero. Su padre y primer maestro J. Max Ramírez vendía libros en tarimas afuera del Sagrario Metropolitano. Sus hermanos, reconocidos abogados laboristas de vocación social, lo alentaron a estudiar leyes, pero en una clase de Carlos Pellicer en la Secundaria Número 4, “descubrió” la Acrópolis y su pasión por las construcciones como espacios de convivencia. En 1937 ingresó a la Escuela Nacional de Arquitectura. Tuvo como maestros a José Luis Cuevas Pietrasanta, Domingo García Ramos, Luis Creixel, Carlos Lazo del Pino, Enrique del Moral, José Villagrán, Federico Mariscal, Vicente Mendiola, Augusto Pérez Palacios, Marcial Gutiérrez Camarena, Mauricio de Maria y Campos…
En sus memorias escribió:
Cuando iba en quinto año de la carrera don Julián Slim, padre del Ingeniero Carlos Slim, me encargó “vaciar los muros” de su mercería la Estrella de Oriente, para ampliar el local que estaba en una vieja casona en la antigua calle de Capuchinas, ahora Venustiano Carranza. Fue más trabajo de ingeniería que de arquitectura, pues había que cambiar la estructura de la antigua construcción, este trabajo lo hice con Miguel Pavón y fue mi primera chamba.
Durante 14 años consecutivos impartió cursos de composición y urbanismo en la Escuela Nacional de Arquitectura. Como constructor de identidades, su hito fue el aula rural prefabricada que pobló el país con más de 30 mil escuelas y cuyo diseño donó a la Unesco. En tan solo siete meses construyó la Galería de Historia, Museo del Caracol, en 10 el Museo de Arte Moderno y en 19 nuestro Museo Nacional de Antropología
Entre sus máximas creaciones proyectó la nueva Basílica de Guadalupe; la «catedral del gol», el Estadio Azteca y la identidad, organización y funcionalidad de los XIX Juegos Olímpicos de México de 1968, los primeros en América Latina y los primeros también en sumar un Programa Cultural, en el que participó la onu, la Santa Sede y la Unión Internacional de Arquitectos
Ramírez Vázquez escribió:
No solo en la arquitectura, sino en la vida misma, el mejor juez es el tiempo. La misión del arquitecto no ha variado en su esencia, para mí sigue siendo la que señaló Vitruvio: el conocimiento profundo del oficio, del medio y del ser humano de la época.
Testimonio insoslayable de la historia, para el creador de iconografías urbanas:
La buena arquitectura es la que subsiste, porque ha sabido corresponder a las formas de vida y tecnología de su tiempo y de su ambiente, a la sensibilidad de quien la va a utilizar y a los valores tradicionales que se asimilan de una generación a otra.
El urbanista no creía en la “arquitectura de autor”. Guillermo Tovar de Teresa lo definió como un hombre universal, un humanista… Su hijo, el también arquitecto y forjador del archivo familiar, Javier Ramírez Campuzano, lo recuerda como un “director de orquesta”, pragmático y sin protagonismos, un hombre que supo hacer equipos. Sería su generosidad la que le permitió a Museo Soumaya revisar extensamente el Acervo Arq. Pedro Ramírez Vázquez que, si bien parcialmente ha integrado exposiciones y publicaciones, por primera vez permite un acercamiento integral que podrá detonar nuevos estudios sobre un personaje referencial.
Así, el centenario maestro Ramírez Vázquez, con una profunda visión social, no edificó espacios con respecto a la escala humana –en cuanto a su dimensión física–, sino con respecto a la escala de la dignidad humana. Hoy –como escribiera Salvador Novo en 1968– le rendimos tributo de admiración a un ilustre mexicano.