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La Pasión según Tomás de Aquino

Francesca Conti
Tiempo de lectura: 5 minutos

Hinc etiam apparet quod solus Christus viator et comprehensor fuit
[Esto también revela cómo solo Cristo fue a la vez peregrino y comprensor.].
Tomás de Aquino (1224/1225/1226-1274), teólogo y filósofo italiano, en Compendium Theologiae [Compendio Teológico], 1261

Pilar del pensamiento cristiano, la deliberación de Tomás de Aquino logró armonizar el mensaje evangélico y la filosofía clásica, la fe y la razón. Mediante un profundo análisis y una fina capacidad de síntesis, el intelectual interpretó el pensamiento del pasado para consignarlo a perspectivas futuras. Su traducción en clave cristiana de la filosofía aristotélica alegó cómo el mundo se conoce mediante la búsqueda filosófica con base en la razón, siempre y cuando se ampare en la revelación divina; en este sentido, la fe no sustituye al intelecto sino que lo eleva a certeza y perfección.

Esta dualidad, que ultima en una síntesis que supera y resuelve la presunta oposición, se refleja en numerosas meditaciones del dominico; en particular es agudo su estudio teológico sobre el dolor y la doble naturaleza de Jesús –como verdadero Dios y al mismo tiempo verdadero hombre– durante la Pasión.
La coexistencia en Cristo de esta doble condición, es decir, partícipe de la experiencia humana del sufrimiento más profundo en virtud de su Encarnación, y al mismo tiempo del deleite constante de Su unión hipostática con el Padre, fue una cuestión bastante debatida entre los pensadores cristianos del siglo XIII.


Tomás de Aquino investigó este tema en las «Cuestiones» de la tercera parte de su Suma teológica (1272-1273). Según relató el doctor Angélico, Jesús experimentó tres emociones durante Su pasión y muerte: la tristitia [tristeza], el timor [miedo] y el taedium que, si bien no tiene una traducción específica, se acerca al concepto de una «honda forma de desolación».

Al enfocarse en el concepto de taedium, el santo italiano examinó uno de los momentos más interesantes de la muerte de Jesús: antes de morir, el Hijo vivió una radical soledad que lo llevó a invocar a Dios mismo en su silencio.

La figura de Jesús de Nazaret, quien reveló el misterio de Dios como Padre, Hijo y Espíritu Santo, resultó sumamente interesante para sondear el concepto ontológico –que refiere al ser como tal– de la Trinidad. Como señaló el investigador Emanuele Pili, de los diversos matices y tonos que adquiere esta relación, el grito de abandono pronunciado en la cruz atestigua sin duda el acontecimiento que expresa la máxima tensión vivida por la relación entre Padre e Hijo. Y, en efecto, el «escándalo» (1 Corintios, 1:23) de un Dios que no solo se encarna, sino que se deja crucificar, abre una verdadera herida, a la vez luminosa y terrible, en la relación trinitaria.


De acuerdo con el discurso de Pili, al excluir la posibilidad de abrirse al Otro y al mismo tiempo al propiciar un cierre interior, el taedium señaló la abismal experiencia del sin sentido, del abandono vivido en la más radical y trágica soledad.

En palabras del autor de la Summa Theologiæ: El dolor de Cristo excedió todo el dolor de cualquier contrito. Sea porque procedía de una sabiduría y caridad mayores, en virtud de las cuales aumenta el dolor de contrición. Sea porque se dolió a la vez de los pecados de todos, según las palabras del profeta [Isaías, 53:4].

Sin embargo, con oportuna agudeza, De Aquino siempre mantuvo paralelos el discurso antropológico y el cristológico: si bien subrayó el dolor terrenal de Jesús, también evocó su naturaleza divina al indicar la relación de unidad y beatitud del Verbo encarnado con el Padre mediante el concepto de gaudium fruitionis [disfrute de la fruición]. En línea con este último, Cristo gozaba de una fruición perfecta de la divinidad per essentiam, a través de su esencia. Como puntualizó el dominico, esa beatitud no resultaba de la unión del Verbo en la Persona, sino solo por el acto de fruición, lo que significa que Dios, en previsión de la Pasión que Cristo debía satisfacer para redimir los pecados de la humanidad, no impidió que su Hijo experimentara el dolor a pesar de su beatitud. Esta unidad entre «el estar en camino» y «haber llegado», fue formulada de manera muy elocuente por santo Tomás hacia 1273 en el texto Compendio de Teología, al escribir hinc etiam apparet quod solus Christus viator et comprehensor fuit [esto también revela cómo solo Cristo fue a la vez peregrino y comprensor], es decir que Jesús gozaba al mismo tiempo de la visión de Dios, que es propia del comprehensor [el que todo abraza en sí], si bien padecía aún los dolores del cuerpo como cada peregrino o viador [viator].
En su Tratado del Verbo Encarnado, en el apartado correspondiente a «La vida de Cristo», con palabras sagaces el Aquinate recalcó que el Hijo de Dios padeció en los miembros de su cuerpo, en la cabeza por la corona de espinas; en las manos y en los pies por los clavos que lo atravesaron; en el rostro por las bofetadas y los esputos; en todo el cuerpo por los azotes. Padeció también en todos los sentidos del cuerpo: en el tacto, por los azotes y la crucifixión; en el gusto por la hiel y el vinagre; en el olfato, por la fetidez de los cadáveres existentes en aquel lugar, llamado calvario, en donde fue colgado; en el oído por las voces que le blasfemaban y escarnecían; en la vista, viendo cómo lloraba la Madre y el discípulo amado.

El análisis de la experiencia terrenal de Cristo –aún más heroica y patente si se considera su esencia divina– que nos legó Aquino permitió concebir a fondo todo Su poder salvífico. Gracias a la Pasión, el ser humano conoció la grandeza del amor de Dios. En palabras de Pablo en su epístola a los Romanos (5:8) Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.

Como recalcó Pedro, no solo fue ejemplo de amor, sino también de obediencia humildad y justicia:

Cristo sufrió por ustedes y les ha dado ejemplo para que sigan sus pasos. […] cuando proferían insultos contra él, no replicaba con insultos; cuando padecía, no amenazaba, sino que confiaba en aquel que juzga con justicia. Él mismo, en su cuerpo, llevó al madero nuestros pecados, para que muramos al pecado y vivamos para la justicia. (Pedro, 2:21-24).

Con una disertación adelantada a su tiempo, santo Tomás logró ofrecer una penetrante clave de lectura de la Crucifixión: el evento existencial quizá más radical en donde el Hijo padeció el máximo abandono al tiempo que vivió en real comunión con el Padre, la máxima copresencia de kénosis [vaciamiento del Logos divino en la Encarnación] y Gloria.

La cruz reveló la poderosa síntesis entre lo terrenal y lo divino, el sufrimiento y la salvación que en la Epístola de Pedro (2:25) refiere: Por Sus heridas han sido sanados.

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