Revista / 2024 Marzo / Tomás de Aquino: música y mística
Miguel Salmon Del Real | Director de Orquesta
Musica non subjacet regulis donati [La música no está sujeta a reglas]
El hombre místico anhela el entendimiento e indaga por medio de los sentidos. A través de los siglos, entonar cantos sagrados ha sido una forma de convertir el texto en plegaria resonante que se eleva hacia su altura suprema. La esencia del canto coral se fundamenta en la simultaneidad de las voces, cuyas inhalaciones y exhalaciones actúan hasta alcanzar progresivamente la sincronía de las almas. Es el caso de la congregación católica de los dominicos quienes, durante la Edad Media, hicieron del canto coral uno de sus mayores rasgos de identidad. Sus libros de coro, graduales y antifonarios, iluminaron la palabra sagrada con ilustraciones cargadas de simbolismo, notas musicales impregnadas de mística y geometrías cuadradas dispuestas a lo largo de líneas paralelas que transportan a sus cantores hacia lo espiritual.El arte de la monodia consiste en hallar la entonación adecuada para el texto y así, dotarlo de la mayor expresividad. La trayectoria de la melodía, sus contornos y sus vuelcos, es la vía que conduce la palabra a lo más alto. Por ello, el compositor busca el mejor movimiento del sonido e integra en la misma realidad acústica sílabas y tonos, vocablos y ritmos, frases y melodías. La profundidad semántica del texto, sus metáforas y sus alegorías, constituyen una fuerza expresiva en sí misma. En el ritual, obras de arte en óleo y escultura refuerzan el relato, acompañados de relicarios y de distintos componentes decorativos.
Tomás de Aquino nació entre 1224 y 1226 en Roccasecca, en la región de Lacio, e hizo suya la tradición musical del canto gregoriano, repertorio de mayor continuidad en Occidente que ha transmitido la liturgia a través de incontables generaciones. Como dominico, Tomás experimentó la palabra sagrada a través de los distintos modos de la música eclesiástica que unifican corazón, mente y espíritu y, a partir de la petición del papa Urbano IV, escribió los textos de algunos himnos tanto para la misa como para el oficio divino, con el fin de celebrar la instauración de la fiesta de Corpus Domini en 1264. El suceso que motivó al papa había tomado lugar un año antes. Se trató del llamado «milagro de Bolsena», lugar donde, durante la celebración de la misa, la hostia sangró al ser dividida por un sacerdote quien dudaba de la presencia del cuerpo de Cristo en la oblea sagrada. Esto sucedió en la Basílica de Santa Cristina, donde se halla como reliquia una de las piedras que conserva el rastro de la Sangre derramada. Ante la noticia el papa Urbano IV comisionó a Juan Fidenza, conocido como san Buenaventura, quien había nacido a unos kilómetros de Bolsena, para presidir una comisión de teólogos que estudiara la veracidad de los hechos. Fue así como al año siguiente la fiesta de Corpus Domini, hoy conocida como Corpus Christi, tuvo origen en la revelación de un prodigio.
En la forma del himno, cada sílaba del texto se asocia con una nota musical dentro de los límites del verso rimado. A través de la claridad rítmica y métrica, Tomás de Aquino buscó que el escucha evocara con facilidad la experiencia que devela cada vocablo. Esto significó continuar la tradición ambrosiana que se remonta al siglo IV. De acuerdo con san Agustín de Hipona (354-430), Ambrosio (340-397), su maestro, había sugerido entonar himnos y salmos para elevar la moral de los fieles en periodos de tristeza o temor, asunto frecuente dadas las pugnas y persecuciones religiosas de los tiempos.
El verso medido había destacado en la Antigüedad griega y había encontrado en el himno una manera de honrar a dioses y semidioses. Ejemplos emblemáticos son los dos himnos délficos dedicados a Apolo que datan de 138 y 128 a. C., respectivamente. El himno cristiano más antiguo que conocemos data de mediados del siglo III. Fue escrito en griego y ocupa el lugar 1 786 dentro de los «papiros de Oxirrinco», ciudad de Egipto donde, al final del siglo XIX, fueron hallados múltiples documentos ancestrales. Del Himno de Oxirrinco se conservan las últimas cinco líneas del texto, de las que solo una se encuentra completa. El pasaje invoca el silencio que permite alabar a la Santísima Trinidad: Que las ráfagas de viento y el torrente de los ríos se apaciguen, y alabemos al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo.
El himno fue una estimada forma de expresión también para los hebreos y convivió con la salmodia y el canto antifonal, en el que alternan la voz solista del recitador con los tonos de la comunidad quien responde. Como tal, el himno fue inherente a los primeros rituales católicos. Para la Iglesia, la transparencia del himno se tradujo como método eficaz para favorecer la memorización de textos litúrgicos y el canto comunitario. Uno de los mayores atributos del himno es su poder sintético, ya que en unas cuantas líneas resume, por ejemplo, alguna doctrina compleja y, como en el caso de Tomás de Aquino, la naturaleza del misterio eucarístico: la transformación del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Otro rasgo del himno cristiano es que puede ser incluido tanto en la misa como en la liturgia de las horas y que admite textos teológicos no provenientes de las escrituras sagradas.
En la Summa Theologiæ, Tomás de Aquino discurrió sobre la música sagrada a través de dos preguntas (II-II, 91, 1 y 2).* La primera es: ¿debemos alabar a Dios con los labios? Tras revisar las objeciones, respondió: La alabanza oral es necesaria, no precisamente por parte de Dios, sino por el bien del que alaba, cuyos afectos para con Dios así se enardecen, según aquello del salmo 49, 23: «El sacrificio de alabanza me honrará; servirá de camino para darle a conocer la salvación de Dios». La segunda interrogante es: ¿debe emplearse el canto en la alabanza divina? Parte de la respuesta señala: es evidente que, de acuerdo con la diversidad de melodías, se generan diversas disposiciones en el espíritu humano… Por eso es saludable la práctica establecida de valerse del canto en la alabanza divina, con el fin de estimular más con él la devoción de los espíritus débiles. Tal es el motivo por el que San Agustín dice, en el libro X de las Confesiones: Me siento inclinado a dar por buena la práctica del canto en la Iglesia para que por el halago de mis oídos mi alma, demasiado débil, remonte su vuelo hacia afectos de piedad (U. C., 1911).
* La obra se divide en tres partes, indicadas con números romanos; el segundo número –arábigo– refiere a las cuestiones en las que se divide el capítulo, mientras que el último número alude al artículo al interior de la cuestión indicada.
Ochocientos años separan a san Ambrosio y a san Agustín de santo Tomás, prácticamente la misma distancia temporal que nos separa de Tomás de Aquino quien, de acuerdo con la tradición ambrosiana, aborda la forma del himno y escribe en uno de ellos: Te adoro con devoción, Dios escondido, y prosigue: Oculto verdaderamente bajo estas apariencias/ a Ti se somete mi corazón por completo/ y se rinde totalmente al contemplarte. Estas líneas del santo doctor de la Iglesia buscan descifrar al Dios que los ojos y las manos no pueden percibir, aunque puede ser escuchado, y continúa: Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto,/ pero basta el oído para creer con firmeza.
Tomás de Aquino escribe el Adoro te devóte y cuatro himnos más: Tantum ergo, Verbum supernum prodiens, Pane lingua gloriósi y Lauda Sion salvatorem. Por este conjunto de versos dedicados al misterio eucarístico se le ha llamado «poeta del santísimo sacramento».
En el caso del Adoro te devóte, la cifra 7 parece ser una constante simbólica: el texto consta de 7 estrofas y un total de 28 versos, es decir, 4 veces 7. La rima se encuentra distribuida cada dos versos. Esto resulta en 14 dísticos de los que los primeros 7 (versos 1 a 14) terminan en consonante –Déitas, látitas // súbjicit, déficit // fállitur, créditur, etcétera– y los últimos 7 (versos 15 a 28) terminan en vocal –crédere, dilígere // Dómini, hómini // vívere, sápere, etcétera–:
I
Adóro te devóte, latens Déitas,
Quae sub his figúris vere látitas:
Tibi se cor meum totum súbjicit,
Quia te contémplans tótum déficit.
Te adoro con devoción, Dios escondido,
Oculto verdaderamente bajo estas apariencias:
A Ti se somete mi corazón por completo,
Y se rinde totalmente al contemplarte.
II
Visus, tactus, gustus in te fállitur,
Sed auditu solo tuto créditur.
Credo quidquid dixit Dei Filius:
Nil hoc verbo Veritatis vérius.
Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto,
Pero basta el oído para creer con firmeza.
Creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios:
Nada es más verdadero que esta palabra de verdad.
III
In cruce latébat sola Deitas,
At hic latet simul et humánitas;
Ambo tamen credens atque cónfitens,
Peto quod petivit latro paenitens.
En la Cruz se escondía solo la Divinidad,
Pero aquí se esconde también la Humanidad;
Sin embargo, creo y confieso ambas cosas,
Y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido.
IV
Plagas, sicut Thomas, non intúeor;
Deum tamen meum te confiteor.
Fac me tibi semper magis crédere,
In te spem habére, te dilígere.
No veo las llagas como las vio Tomás;
Pero confieso que eres mi Dios.
Haz que yo crea más y más en Ti,
Que en Ti espere y que Te ame.
V
O memoriále mortis Dómini!
Panis vivus, vitam praestans hómini!
Praesta meae menti de te vívere,
Et te illi semper dulce sápere.
¡Memorial de la muerte del Señor!
¡Pan vivo que da vida al hombre!
Concede a mi alma que de Ti viva,
Y que siempre saboree Tu dulzura.
VI
Pie pellicáne, Jesu Dómine,
Me immúndum munda tuo Sánguine:
Cujus una stilla salvum fácere
Totum mundum quit ab omni scélere.
Señor Jesús, Pelícano bueno,
Límpiame a mí, inmundo, con Tu Sangre:
De la que una sola gota puede liberar
De todos los crímenes al mundo entero.
VII
Jesu, quem velátum nunc aspício,
Oro fiat illud quod tam sitio:
Ut te reveláta cernens fácie,
Visu sim beátus tuae glóriae.
Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego,
Que se cumpla lo que tanto ansío:
Que al mirar Tu Rostro cara a cara,
Sea yo feliz viendo Tu Gloria.
El poema está estructurado en versos de once sílabas, con excepción del primero que contiene doce. Se trata de una licencia ya que en términos musicales, la sílaba adicional corresponde con un comienzo en anacrusa: A-dóro. Dada la suavidad de esta anticipación rítmica, la letra y sílaba «A» se omiten en la cuenta métrica para efectos prácticos.
Como sucede en la plegaria, el texto refleja una relación íntima entre dos partes: quien reza y quien escucha. En la primera mitad del texto –los primeros 7 dísticos–, el autor se expresa en tiempo presente y en primera persona del singular: adoro, creo, confieso, pido, no veo. Justamente al comienzo de la segunda mitad –octavo dístico–, el devoto suplica y el modo verbal muda a imperativo: haz, concede, límpiame; para regresar, en la séptima y última estrofa, a la atmósfera inicial: veo, ruego, ansío, sea yo –como si se tratase, en música, de una breve reexposición y una coda–.
La oración está impregnada de una actitud de apertura y gran receptividad, lo que recuerda la manera en que los niños perciben lo exterior y logran conocerlo con naturalidad. Santo Tomás alude a los límites de la inteligencia y a los de los sentidos humanos. A pesar de reconocerlos, se alegra y se esperanza, ya que sabe que dichas limitantes no impiden experimentar lo que solo puede ser entregado como don.
El himno es instrumento para fomentar la fe, que se conduce por lo que se escucha. Ya que aquello que es revelado no puede permanecer oculto, es digno de ser cantado. El himno Adoro te devóte concluye con la súplica de santo Tomás, quien solicita que no solo sea el oído el que perciba la presencia divina, y pide la dicha cuando llegue el momento de ver: Jesús, a quien ahora veo oculto, Te ruego,/ que se cumpla lo que tanto ansío:/ que al mirar Tu Rostro cara a cara, sea yo feliz viendo Tu Gloria.
La belleza imperecedera del canto gregoriano consiste en su ritmo libre ya que evita la equidistancia temporal de los acentos rítmicos, como sucede con el compás musical regular en nuestros días. Este sistema reconoce ocho formas principales de agrupar las siete notas de la música, los «modos eclesiásticos», cada uno de los cuales evoca distintos estados del alma. De entre estos, el Adoro te devóte de Tomás de Aquino, está musicalizado con base en el modo quinto, conocido como «modo en fa». Dom Daniel Saulnier (1953-2023), estudioso benedictino, describió al modo quinto como alegre, triunfante, resalta desde el inicio y no pierde su vigor y aliento. El canto gregoriano inició un periodo de restauración desde el segundo tercio del siglo XIX gracias a importantes estudiosos franceses. El auge de este cometido continúa hasta hoy. Dados los puentes comunicativos en el mundo contemporáneo, su difusión y enseñanza han alcanzado más geografías que nunca antes.
Tomás de Aquino murió en la Abadía cisterciense de Fossanuova, al sureste de Roma, el 7 de marzo de 1274. Casi medio siglo más tarde fue canonizado en Aviñón el 18 de julio de 1323 por el papa Juan XXII. A partir de entonces se inició la composición del texto y de la música del oficio De natalis, concluido tres años después y destinado a celebrar el onomástico del nacimiento del nuevo santo, ya que la muerte terrenal de Tomás de Aquino significa su alumbramiento en la vida celestial (Vuori, 2019).
El 28 de enero de 1369 los restos del santo fueron traslados desde Fossanuova y Fondi a Toulouse, al convento dominico de los jacobinos. Durante casi un siglo los monjes benedictinos habían reclamado las reliquias, ya que permanecían en poder de la orden reformada del Císter. Después de tanto tiempo, la polémica fue dirimida por el papa Urbano V, quien falló en favor de los dominicos y ordenó el traslado de los restos, consistentes en cincuenta huesos. Para esta segunda ocasión, el compositor italiano Aldobrandino da Ferrara compuso el oficio Translatio, mismo que después de poco más de seis siglos, fue omitido por el papa Pío X, tras revisar el breviario católico en los primeros años del siglo XX (Vuori, 2019). En la actualidad, el nacimiento de santo Tomás de Aquino es celebrado el 28 de enero, día del traslado de sus restos. Esta fecha resultó más conveniente, ya que el 7 de marzo solía coincidir con la Pascua, lo cual dificultaba celebrar el onomástico.
En nuestros días, los himnos de santo Tomás de Aquino aún son interpretados. Una demostración de su vigencia es el hecho de que pudimos escuchar su Adoro te devóte durante la misa que ofició el papa Francisco el 27 de marzo de 2020 y que fue transmitida por medio del sitio web YouTube, en el contexto de la pandemia que no permitió la presencia de ningún feligrés, pero que buscó alcanzar a la mayor cantidad de fieles en el mundo con el soporte de una esmerada producción. En esta versión el canto de los religiosos estuvo acompañado por el órgano, una práctica propia de los últimos siglos.
El mundo conmemora ochocientos años de su nacimiento.