Revista / Diciembre / Las rodinianas flores del mal
Les fleurs du mal, en francés. Así, centellando las sílabas del nombre de un libro que su autor supo que pasaría a ser un icono literario. El poeta francés Charles Baudelaire (1821-1867) lo corrigió al infinito porque confió que trascendería. Su editor, cansado de sus observaciones estilísticas, mandaba mensajes sobre las correcciones apelando a los tiempos de imprenta. Severa y rigurosa, la dedicatoria del libro lo dice todo:
Al poeta impecable, al perfecto mago de las letras francesas, a mi muy querido y venerado maestro y amigo Théophile Gautier, con los sentimientos de la más profunda humildad, dedico estas flores enfermizas.
En 1857 se publicó la primera edición. 1 300 ejemplares fue el tiraje de una obra censurada por «ultraje a la moral pública y las buenas costumbres». Recibió una sanción económica y el autor tuvo que pagar trescientos francos; el juzgado decidió prohibir los poemas Las joyas, Leteo, A la que es demasiado alegre, Lesbos, Mujeres condenadas y Las metamorfosis del vampiro. La segunda edición, que no incluía los poemas censurados por ser considerados blasfemos, añadió otros 32. En 1866 Auguste Poulet-Malassis se atrevió a incluir los versos prohibidos.La edición de 1868 incluía la sentencia: poemas sujetos a la prevención no contienen términos obscenos o incluso groseros y no exceden, en su forma expresiva, las libertades permitidas al artista. No obstante, los 151 poemas de esta versión tampoco incluyen los textos censurados y el diario Le Figaro reseñó: este libro es un hospital abierto a todas las demencias del alma, a todas las putrefacciones del corazón; incluso aunque fuera para curarlas, pero son incurables.
No importó el tiempo, el número de libros distribuidos, la censura, la multa, el proceso judicial por el que pasó su inventor; la indignación de unos, la discusión de otros. Las flores del mal serían unas poderosas lisonjas carnívoras que abrirían las fauces a una creación artística llamada «moderna», como lo fue la flamante literatura de sus contemporáneos Paul Verlaine (1844-1896) Stéphane Mallarmé (1842-1898) y Arthur Rimbaud (1854-1891).
Baudelaire, tras ser bautizado como «poeta maldito» por el mismísimo Verlaine, no dejó de escandalizar durante su vida entre versos oscuros, bohemia, enfermedad… Comprometido con la Revolución parisina de 1848, admirador y extenso traductor de Edgar Allan Poe (1809-1849), fue exigente con su oficio de escritor y no dejó un ápice de duda de que lo suyo forjaba ya la Era del Romanticismo, como lo señaló Victor Hugo (1802-1885) en el prólogo de la obra de teatro Cromwell (1827), que, en suma, estableció que, en la época moderna, especialmente en lo artístico, lo grotesco puede ser sublime.
Baudelaire y Rodin
El escultor de Mujeres malditas y el pecado de Paolo y Francesca fue admirador confeso del vate, quien en su libro Las flores del mal se manifestó directo Al lector y lo hizo de esta manera:
El diablo es quien maneja los hilos que nos mueven.
Atractivo encontramos en lo más repugnante;
cada día al infierno descendemos un paso
por tinieblas hediondas y espantosos lugares.
Así, el museo parisino cuenta con un acervo de 27 dibujos realizados, la mayoría con tinta y grafito; algunos contienen gouache. El soporte es papel impreso tipo Japón de 18.6 x 12 cm. El escultor escogió algunos títulos para sus líneas nerviosas y contundentes a la vez, aquellos «dibujos negros» como los llamó Bourdelle y que tanto admiró de su maestro, según nos refiere la estudiosa, Sophie Biass-Fabiani, en «Los dibujos de Rodin para La puerta del Infierno».
Destacan los de los versos: El veneno, El vino de los amantes, La destrucción, Lo irreparable, Una carroña, Las joyas, De profundis clamavi, La Beatriz, Una mártir, La belleza y el ya citado, Mujeres condenadas, entre otros poemas.
Es precisamente en estos tres últimos dibujos en los que se aprecian relaciones específicas con esculturas de Rodin. La mártir es una audaz evocación en volumen de aquella descripción cruda de una mujer quien ha sufrido una muerte violenta llena de angustia y desolación en los versos de Una mártir; por su parte, Mujeres malditas resulta una directa referencia al poema de Baudelaire. Como lo comenta el investigador Alfonso Miranda, quien cita las palabras de Hugues Le Roux (1860-1925), Rodin parecía estar intoxicado con el libro de poemas y su lectura había nutrido el tema de esta escultura.
Tal vez la imagen que nos recuerda con más ímpetu el trabajo escultórico de Rodin en su afán de torsión formal y emocional, es el personaje que le dedica al poema titulado Belleza; el dibujo resulta una síntesis magnífica de dos de sus creaciones bandera: Eva y la Sombra.
Almas profundas, Rodin y Baudelaire fueron existencias arraigadas en el deber de expresar belleza a como diera lugar. Lo entona así Charles Baudelaire en su poema Himno a la Belleza, cántico que acompañó a Rodin y que después fue por él gritado en mármol y bronce:
¿Vienes del alto cielo o surges del abismo,
Belleza? Tu mirar, infernal y divino,
la caridad y el crimen derrama a un tiempo mismo,
por lo que te podemos comparar con el vino.
En tu mirada está el ocaso y la aurora;
exhalas los perfumes de un día tormentoso:
tus besos son un filtro que todo lo devora
y hacen cobarde el héroe, y al niño, valeroso.
[…]
De Satán o de Dios, ¡qué más da!, ángel, sirena,
qué importa, si me vuelves –hada de ojos sedantes–
ritmo, perfume, luz, ¡oh tú!, mi reina buena,
menos odioso el mundo, más leves los instantes.