Revista / Diciembre / Una rosa no es solo una flor de belleza irrefutable
La palabra «flor» trae a la mente de la mayoría una rosa y especialmente una de color rojo. Es probable que se deba a lo sencillo de encontrarlas en jardines, a lo común de obsequiarlas, tenerlas en casa, que dominen la literatura o que resalten impresas en tarjetas de felicitación y publicidad, o bien que protagonicen películas, tatuajes o refinados platillos de mesa… Debido a sus aceites esenciales están presentes en cosméticos y otros productos además de remedios herbolarios; son fuente de vitaminas y antioxidantes, además de que su fragancia se encuentra en velas a la vez que constituyen los secretos de la perfumería. Se les asocia con la pasión, el amor y la elegancia; acompañan en celebraciones y representan el deseo de una pronta recuperación o de un abrazo ante la partida de un ser querido. Son parte de mitos, leyendas y elementos simbólicos dentro de las más diversas culturas del mundo.
Dada la relevancia de esta planta en el arte y la estrecha relación de Museo Soumaya con el Pabellón Nacional de la Biodiversidad del Centro Cultural Universitario en Ciudad de México, el Dr. Robert A. Bye Boettler, exdirector y actual investigador titular del Jardín Botánico del Instituto de Biología de la Universidad Nacional Autónoma de México, compartió datos que desvelan otras historias de la rosa. Sobre su evolución resalta lo complejo que ha sido conocer a detalle estos ejemplares, pues sus restos no siempre se alcanzan a fosilizar, lo que hace muy difícil determinar desde cuándo existen y en dónde se originaron; sin embargo, se tienen registros de su presencia en diversos lugares del orbe. Al no contar con elementos físicos que permitan a los especialistas conocer a fondo su desarrollo, la etnobotánica ha estudiado la relevancia de las rosas en diferentes civilizaciones, a través de su presencia en expresiones artísticas y mediante otras fuentes documentales. Hoy sabemos que la rosa fue la primera flor en ser domesticada como una flor ornamental muy atractiva.
Existen al menos 150 especies de rosas en el mundo. Esto sin considerar las variaciones que ha generado el ser humano ni las otras muchas flores que, por su parecido, son llamadas coloquialmente «rosas», pero que en realidad pertenecen a otras especies. El crecimiento nativo de estas flores se da en partes del hemisferio norte, en zonas de clima cálido y no húmedo.
En 2022, Países Bajos fue el principal exportador mundial de flores, al tener transacciones con un valor comercial superior a los 7 000 millones de dólares estadounidenses. Por más de cuatro décadas Ecuador ha peleado por el primer sitio y cuenta con 4 930 hectáreas de rosales, que abarcan una producción de 3 799.94 millones de tallos que representa el 67 % de la producción nacional. Colombia, Etiopía, Kenia e India siguen entre los países con mayor producción de rosas; México comercia 3 683 toneladas de la flor cultivada en Estado de México, Puebla y Morelos.
Genética y alquimia para la belleza floral
• Cáliz y sépalos: son la parte exterior y verde que se encuentra debajo de los pétalos, desde donde estos nacen y con lo que se protegen.
• Pétalos: parte colorida de las flores que, en conjunto, forman la corola. Es probable que su particular coloratura sea únicamente para atraer a los polinizadores.
• Estambres: son la parte reproductiva masculina. Se encuentran rodeados por los pétalos y resguardan tanto el polen como las glándulas que dan fragancia a la flor, también para atraer a los polinizadores.
• Pistilo: es la parte reproductiva femenina, ubicada al centro de los pétalos y estambres.
• Hojas: pueden ser perennes o caducas, pecioladas e imparipinnadas folíolos de borde aserrado y estípulas basales. Es frecuente la presencia de glándulas anexas odoríferas sobre los márgenes.
• Espinas: contrario a lo que se piensa como un elemento de defensa o protección, permiten a la flor silvestre detenerse de otras ramas para crecer hacia arriba en busca del sol.
Aceite esencial de la rosa de Damasco o rosa de Castilla
Se compone de derivados de ácidos grasos tales como citronelol (30.31 %), geraniol (16.96 %), alcohol fenetílico (12.60 %), nerol (8.46 %), hexacosano (3.70 %), nonadecano (2.7 %), linalol (2.15 %), β-Ionona (1.00 %), eicosano (1.65 %), docosano (1.27 %), farnesol (1.36 %), acetato de nerilo (1.41 %), propionato de citronelilo (1.38 %), geranial (1.35 %), α-pineno (0.60 %), mirceno (0.46 %), óxido cis rosa (0.55 %), decanal (0.51 %), terpinen-4-ol (0.55 %), β-cariofileno (0.81 %), isoborneol (0.57 %) y heptadecano (0.92 %).
En cuanto a la información genética y al igual que los seres humanos, las flores suelen tener dos juegos de cromosomas, es decir, que son diploides. Cuando se habla de su domesticación es debido a que se unieron al menos dos especies diferentes que generaron mutaciones en la planta. En ese sentido, la domesticación ha logrado flores muy vistosas, pero que ya no cumplen con el ciclo natural de reproducción de manera adecuada. Por estas transformaciones a muchas rosas –u otras flores como la dalia o el cempasúchil– se les conoce como «flores dobles», no porque dupliquen literalmente la cantidad de pétalos que tienen, sino porque estos se incrementan, es decir, de los 5 pétalos que suele tener una flor silvestre, una vez que se domestica puede llegar a desarrollar entre 20 y 100. Esto se debe a que al aumentar sus juegos de cromosomas a triploides o pentaploides, cambia la composición y la información genética fija las características nuevas de la flor, pero se sacrifican otras cuestiones como la fertilidad de las semillas que producen o incluso su olor característico. En algunos casos de flores domesticadas se ha presentado el surgimiento de una semilla o fruto llamado «escaramujo», pero solo se trata del crecimiento del óvulo como reproducción vegetativa; en palabras del Dr. Bye, este producto podría incluso considerarse como un «clon» de la planta.
En este sentido y de acuerdo con el también miembro de la Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes y Letras correspondiente de la Real Española, las rosas que conocemos y obsequiamos son en realidad «clones», pues para comercializarlas se reproducen por estacas, lo que se traduce en que, si un fragmento de la planta con tallo se pone sobre el medio adecuado para que vuelva a crecer, permiten flores, pero sin semillas.
Rosas en México
Las flores fueron el elemento por excelencia de las ofrendas para los dioses mesoamericanos. En sí mismas son atributo de divinidades. De acuerdo con las investigaciones de Enrique Vela, para los mexicas, Xochipilli, Príncipe de las flores, era el dios de la danza, los juegos, las flores y el amor. Su advocación, Macuilxóchitl, Cinco flo, regía además el canto y la música, y era patrón de los nobles. Era considerado el dios principal de los ahuiateteo, días asociados con el exceso, el placer y su respectivo castigo. Asimismo, Xochiquétzal, Plumas de quetzal florido, era una diosa madre joven relacionada con el placer, el amor y las flores; patrona de las tejedoras, también regía el amor sexual.
La importancia de las más bellas flores era tal, que en las culturas mesoamericanas, únicamente las clases dominantes podían tener acceso a ellas, especialmente para ceremonias o como inspiración de poemas y canciones.
Los textos del siglo XVI de los discípulos de san Francisco, como los de fray Toribio de Benavente, Motolinía, describen arcos en ceremonias en Tlaxcala realizados con plumas y flores, como claveles y rosas. Hoy se sabe, gracias al estudio de fuentes como Historia de las Plantas de Nueva España de Francisco Hernández, a partir de la expedición que realizó entre 1571 y 1576, o el Códice Florentino (1558-1565), por mencionar solo algunas, que al momento del «encuentro entre dos mundos» no existían rosas en Nueva España. Estas llegaron de Europa, especialmente al norte del país, pero como ingrediente en las boticas para remedios herbolarios que se encontraban escritos en Florilegio medicinal (1713), un manual con recetas que fue utilizado hasta el siglo XX, y que tal vez la generación de nuestros abuelos y bisabuelos todavía recuerden. El aceite de rosas estaba presente en remedios contra la diarrea y las infusiones del escaramujo auxiliaban en gripas fuertes debido a su alto contenido en vitamina C.
Cabe señalar que los europeos utilizaron en Nueva España de manera genérica el término «rosa» para designar a cualquier flor que fuera vistosa o llamativa, aunque se tratara de una especie de planta diferente.
Por su clima, el Valle de México no era un lugar propicio para el crecimiento de esta especie. Sin embargo, existen algunas zonas que cuentan con un microclima específico en el que sí pueden desarrollarse estas u otras flores: el Pedregal al sur de Ciudad de México y el Cerro del Tepeyac al norte. En este último se sabe que existía un cazahuate, arbusto mexicano de flores blancas. En el cerro del Tepeyac se veneraba a Tonantzin, la madre de los dioses del panteón mexica. Fue ahí en donde un par de siglos más tarde la Virgen de Guadalupe apareció frente a Juan Diego (canonizado en 2002), justamente cuando el cazahuate había florecido en una temporada fría y seca; es posible que este hecho enfatizara el milagro invernal. Más tarde, la planta quedó documentada durante la Real Expedición Botánica a Nueva España, hacia 1787, encabezada por Martín Sessé. Ya Alexander von Humboldt (1769-1859) en su expedición científica a estas tierras, había recolectado ejemplares e incluso llegó a nombrar la especie: Rosa montezumae en honor al tlatoani Motēcuzōmah Xōcoyōtzin, pues pensó que se trataba de una especie nativa, aunque en realidad describió la Rosa canina de origen europeo.
La imagen de la Virgen de Guadalupe con rosas cobró relevancia mística y fue simiente del patriotismo criollo. Así, los habitantes de Nueva España del siglo XVIII la consideraron flor nativa, e incluso el cura, Miguel Hidalgo y Costilla, vista descubierta la conspiración queretana, en Atotonilco, tomó el estandarte para unir a indígenas, mestizos y criollos en una causa a favor de Fernando VII y en contra del gobierno francés. Una vez que el país alcanzó su independencia en 1821, hacia la mitad del siglo XIX empezaron a llegar personas de Reino Unido, especialmente de Escocia, para trabajar en las minas. Los obreros trajeron con ellos, además de los pastes –alimento típico de las minas hidalguenses–, las rosas, pues en familia ocupaban el tiempo libre para su cultivo.
Especies comunes de la flor:
Rosa moschata, Rosa gallica, Rosa damascena, Rosa wichuraiana, Rosa californica, Rosa rugosa, Rosa eglanteria, Rosa canina, Rosa roxburghii.
En la actualidad hay países de Europa o incluso en los Estados Unidos que desarrollan concursos y ferias de exhibición que muestran alrededor de 100 fusiones nuevas de rosas. Dentro de la industria, China ha enfocado muchos de sus recursos para la investigación de estas flores y su uso en cuestiones clínicas y cosméticas. Como parte de los procesos de domesticación de las rosas se han estudiado sus genes para mantener lo frondoso y atractivo, y que al mismo tiempo se intensifique su característico aroma.
Si bien no es posible indicar un lugar único de origen, las rosas –aquellas flores que tienen las características botánicas y taxonómicas para ser denominadas de esa forma– han tenido un papel importante en diversas sociedades, ya sea como insumo industrial, ornamento o símbolo religioso y cultural. Más allá de la celotipia de la rosa del Principito, en palabras de don Ernesto de la Peña:
Flor que tiene en sí un prestigio que se diría innato, no han escapado a su encanto ni los propios científicos, por no mencionar la casi indispensable preferencia de que ha gozado entre mujeres, poetas y artistas. Elogiada por el género humano, hay tantas opiniones acerca de ella como hombres han inspirado su frescura.