Revista / Diciembre / El embrujo de la rosa de plata
A Ernesto de la Peña;
entre nosotros
su memoria canta.
Sólo la oscura belleza de la rosa
enciende
las vocales de la rosa.
Cosme Álvarez
La existencia de la rosa se encuentra en sus vocales; son la voz que hace posible su canto. En su apogeo, la rosa desprende fragancias que decoran el viento y se disipan con él. Las notas sutiles de su aroma cantan lo que es transitorio.
La rosa es, a la vez, flor predilecta de todas las épocas y símbolo plurivalente. Sus pétalos, signos de puntuación en forma de comas, construyen métricas misteriosas cuyo embrujo cautivó a civilizaciones milenarias. En China fue procurada miles de años antes de nuestra era. En 717 a. c. el rey asirio Sargón la llevó a la ciudad de Ur. Llegó a Babilonia para revestir sus maravillosos jardines colgantes y las columnas del palacio de Nabucodonosor, donde fueron grabadas. Y al tiempo que Persia era conocido como «el país de las rosas», desde la isla de Lesbos, Safo de Mitilene cantaba a la flor:
Si sus frondosas parras diera Zeus
A una diosa por su universo de flores,
La rosa sería su última elección,
Y ante ella las reinas se avergonzarían.
Flor femenil por antonomasia, una rosa de 108 pétalos dio a luz en la antigua India a Lakshmi, diosa de la belleza, la mujer de Visnú. Fue también la flor preferida de Afrodita, diosa griega del amor. La rosa coronó a las sabias sacerdotisas y conquistó incluso a las musas –difíciles de cautivar–; fue la espina con la que la Décima musa, sor Juana Inés de la Cruz, sacudió en el siglo XVII a las almas altaneras:
[…] soberbia el riesgo de morir desdeñas,
y luego, desmayada y encogida,
de tu caduco ser das mustias señas,
conque con docta muerte y necia vida,
viviendo engañas y muriendo enseñas!
Buda tomó posición de loto sobre un asiento de rosas y así fue esculpido su recuerdo. Los budistas, al recitar mantras sagrados y en memoria del iluminado, insertaban pétalos de rosas a lo largo de un hilo; con el paso del tiempo fueron sustituidos por cuentas de madera. Se trata del «japa mala», que fue asimilado como rosario por los monjes cristianos hacia el siglo III, y admitido por la Iglesia católica hasta el siglo XVI.
Hoy, el rosario de los budistas de China y Japón posee 108 cuentas, como los pétalos de la flor consagrada en la India brahmánica. El rosario católico consta de 165 abalorios: quince veces once. Por cada diez cuentas pequeñas –que corresponden con avemarías– se intercala una grande –padrenuestros o glorias–, aunque la cifra de cuentas varía según la práctica.
A la caída del Imperio romano, el islam sembró rosales persas en sus nuevos territorios con los que buscaba recrear los jardines infinitos del paraíso. Hacia el siglo IX el rosario también se convirtió en objeto devocional para los musulmanes. Se cree que los sufíes fueron los primeros en utilizarlo para invocar los 99 nombres de Dios y el nombre de Alá, sirviéndose de 100 cuentas. Asimismo, se habla de plegarias inacabables que requerían un rosario de mil perlas destinadas a agotar pasajes del Corán y obtener la dicha para algún fallecido.
El hechizo de la rosa reside en su ser momentáneo; para el alma inmersa en su belleza, el tiempo no transcurre. Como en la contemplación artística, la experiencia del presente se apodera de todo. Despreocupada, la rosa celebra su gracia al tiempo que se agota. Si bien es transitoria, capturada en el óleo se vuelve imperecedera. En ello reside el porqué del arte, que rescata la fugacidad del mundo natural para consagrarla en su memoria generosa, donde la flor es inmarcesible. Es por ello que la rosa ha sido trazada más veces en su canto efímero que en su marchitar.
Desde el surgimiento del amor cortés, la juglaría entonó hábiles coplas a la rosa, flor de los cielos e imagen cósmica, flor de María, Virgen e imagen divina; escudo, yelmo e insignia real; heráldica militar en estandartes de ejércitos en guerra; mandala, rueda de la vida, círculo de tiempo, esfera sellada.
En los siglos XII y XIII la rosa fue alegoría de la tierna inocencia femenina y protagonista en poemas de los goliardos recopilados bajo el nombre de Cantos de Bura (Carmina Burana). El lingüista alemán Johann Andreas Schmeller dio nombre a esta antología de versos hallados en 1803, concebidos en Austria, posiblemente en la abadía benedictina de Seckau o en el convento de Neustift, próximos a la frontera alemana. Actualmente son resguardados en la Biblioteca Estatal de Baviera, en Múnich, y están escritos mayormente en latín medieval, algunos en alto alemán medio y rastros de francés antiguo, o bien en una mezcla de los anteriores. Los autores fueron clérigos en la época en la que el latín era la lingua franca de la Europa occidental, como Petrus von Blois, Walter von Châtillon, Heinrich von Morungen, Philipp der Kanzler, y el seudónimo Archipoeta, además de otros vates y varios autores anónimos. Estos versos han sido clasificados de acuerdo con sus temáticas: asuntos religiosos (Carmina ecclesiastica), costumbristas y satíricos (Carmina moralia et satirica), tabernas y parodias (Carmina potoria), amatorios (Carmina amatoria), etcétera. Naturalmente, la rosa se presenta como alegoría de la joven radiante:
gloriosa doncella,
salve, luz del mundo,
salve, rosa del mundo […]
Hoy conocemos pasajes como este gracias a la música con la que Carl Orff los revistiera, lo que dio origen a una de las obras musicales más conocidas del siglo XX: la cantata Carmina Burana, escrita para orquesta, coro y voces solistas, estrenada en 1937 en la Alte Oper de Fráncfort del Meno, bajo la dirección de Oskar Wälterlin.
De acuerdo con el Donum Dei, los alquimistas del siglo XVII soñaron con la rosa alba, elixir de blancura que transforma todos los metales impuros en la más fina plata.
En el siglo XVII, Angelus Silesius nos entregó la rosa moderna, tan estimada por Borges, al revelarla en sublimes versos: La rosa no tiene porqué; florece porque florece [Die Rose ist ohne warum; sie blühet weil sie blühet]. Esta concepción debe ser la semilla de la rosa perpetua de Gertrude Stein: A rose is a rose is a rose (1913), que Fernando del Paso suscribió al nombrar uno de sus sonetos preferidos: La rosa es una rosa es una rosa (1996).
Una de las promesas emblemáticas del caballero medieval a su doncella era ofrecerle la luna, cuyo fulgor nocturno aviva la pasión de los enamorados y, en la oscuridad, baña los pétalos florales de tonos luminosos. En el Siglo de Oro español, el poeta Francisco López de Zárate –nacido en 1580 y fallecido en 1658–, quien tuviera amistad con Miguel de Cervantes, Tirso de Molina y Lope de Vega, dio a conocer uno de los sonetos más representativos de su época, La Rosa, que refiere a la naturaleza pasajera de la reina de las flores, y que finaliza con el siguiente terceto:
oh tú, cuanto más rosa y más triunfante,
teme, que la belleza son colores
y fácil de morir todo accidente! […]
La ópera El caballero de la Rosa fue estrenada en Dresde en 1911, ambientada en la Viena de mediados del siglo XVIII. Guiño y homenaje de la ópera mozartiana, el guion combina comedia y drama explorando distintos tipos de amoríos. La música afirma la gracia del argumento y las costumbres aristocráticas de la época, sin dejar de exhibir sus contradicciones con humor e ironía. Strauss había afirmado que compondría «la próxima ópera de Mozart» y buscaba un éxito histórico similar al de Las bodas de Fígaro.
Como el título sugiere, el caballero y la rosa son parte esencial de la trama, en la cual el conde Octaviano Rofrano, un joven quien apenas ha cumplido los 17 años, mantiene una relación con la distinguida princesa de Werdenberg, María Teresa, una dama de alrededor de 32, quien, de acuerdo con las consideraciones de la época y desde la perspectiva del joven adolescente, representa a la mujer quien está cerca de la madurez, comprensiva, sabedora de que ese amor infrecuente llegará a su fin algún día, cuando su amado Octaviano, quince años menor que ella, mude sus pasiones hacia una doncella más joven y más bella [die jünger und schöner ist als ich]. María Teresa, esposa del mariscal de los campos del ejército imperial, tiene como primo mayor al barón Ochs, obeso y provinciano, quien busca contraer matrimonio con Sofía, una acaudalada señorita de la sociedad vienesa. El pretendiente resolverá hacerle llegar una rosa de plata como propuesta matrimonial; finalmente, un mariage de convenance. El destino arriba cuando Octaviano se convierte en el mensajero quien incidentalmente entrega la rosa a Sofía, ya que de aquel encuentro nace entre ambos un inesperado y profundo amor. La flor de plata, ocasión de este acercamiento, ha producido una atracción tan intensa como el perfume de fragancias persas de la que ha sido impregnada. Al final de la trama, la mariscala acepta el destino que sabía inevitable y, retirándose, bendice el nuevo afecto que está por florecer, al pronunciar las palabras: sea en el nombre de Dios [in Gottes Namen].
Pero la rosa también es frágil, por ello simboliza el amor. Sus pétalos son caricias delicadas que se esfuman con el tiempo, como la pasión áurea del joven Octaviano, masculina como el reflejo solar y complemento del centelleo plateado de la luna. Así, la rosa de argento –idealizada siglos atrás por los alquimistas– que Hofmannsthal cristalizó en una ópera de inicios del siglo XX, se convierte en la flor suprema, pues es la rosa que porta consigo la refulgencia del astro lunar, epítome de la doncellez femenina.
En el segundo acto de la ópera, Sofía acepta en obsequio la rosa que está por embrujarlo todo y siente que ha recibido un saludo del cielo [ein Gruss von Himmel]; le parece que ha de tratarse de una de esas rosas celestiales, no terrestres, que deben existir en el paraíso sacrosanto [wie himmlische, nicht irdische, wie Rosen vom hochheiligen Paradies].
Como un eco de lo celeste que llega al siglo XX, Miguel Hernández le canta a la rosa de almendra:
tu flor apunta para el cielo
en donde está la flor de las mujeres […].
una herida, una sutura
en la membrana de algún vecino mundo superior […].
Desde el primer acto de El caballero de la Rosa, la mariscala había advertido el final: El día vendrá por sí mismo [Der Tag kommt ganz von selber], a lo que Octaviano responde, incrédulo: Ni hoy, ni mañana, ¡te amo! [Nicht heut’, nicht morgen, ich hab’ dich lieb!].
Implacable, el transcurrir del tiempo lo alcanza todo y en su avance lo colma de nostalgia. Por ello, la rosa es dulce y triste a la vez, pues está hecha de instantes que no vuelven; la melancolía le pertenece. El pétalo caído, irrecuperable, es como la experiencia vivida: inaprehensible.
No se deben arrojar rosas a los cerdos. Hay que ser juicioso al repartir los dones.