Revista / 2023 Agosto / Retratos filosóficos
Francisco Escorza | Comunicación educativa
La concepción que se tiene de filósofos y filósofas ha quedado plasmada en obras artísticas de todas las épocas, y a través de ellas también se puede explorar la relevancia que han tenido una amplia variedad de teorías filosóficas. Dentro de la pinacoteca de Museo Soumaya los óleos barrocos de Bernardo Strozzi y Hendrick van Somer, permiten un acercamiento a la representación de filósofos en el siglo XVII. Los personajes sostienen grandes volúmenes. Con verismo, la luz incide sobre estas lecturas e ilumina sus rostros para resaltar sus facciones. El primero transmite con fuerza su concentración y parece alcanzar la verdad en el estudio, un eco de la idea de aquellos que se sumergen en libros en búsqueda de sabiduría. Mientras, en el lienzo de Van Somer, el filósofo mira directamente a los espectadores y las sombras acentúan el realismo de su rostro, en él se ve el peso de los años.
Séneca aparece rodeado de libros; su porte completo enfatiza la atención en la lectura. Su mirada recuerda la de una persona concentrada en sus pensamientos. Perteneciente a la corriente estoica, el romano buscó alcanzar un estado de imperturbabilidad al reaccionar racionalmente a los acontecimientos de la vida. Bajo la mirada barroca invita a no distraerse en vanidades terrenales.
El rostro de Epicuro es más sereno. La ausencia de textos enfatiza una actitud tranquila. El lienzo se acerca más a la filosofía del pensador griego que a la percepción que se tenía de él. Durante siglos se le vio como fundador de una ética hedonista. Heredero del atomismo de Demócrito, la concepción de partículas indivisibles y sumamente pequeñas que conforman cada cosa, anticipó a los estoicos al pensar la felicidad como un estado de tranquilidad, con la ausencia de perturbaciones, como la fuente última de la buena vida. Humanistas del siglo XVII retomaron este aspecto en una época de profundos cambios sociales y religiosos.
Por su parte, en el lienzo realizado por un seguidor de Peter Paul Rubens se ven tres filósofos dentro de la misma composición: Demócrito, Heráclito y Timón. Los primeros dos muestran formas opuestas de vivir; mientras Demócrito reía frente a las vicisitudes humanas, Heráclito lloraba. En el lienzo, la risa del filósofo atomista puede parecer incluso burlona, enfatizada con el rubor de sus mejillas. La tristeza y preocupación del pensador de Éfeso se hacen presentes en las lágrimas que derrama y la posición de plegaria. Este motivo artístico se remonta hasta la literatura romana en las obras del escritor humorista Luciano de Samósata y el poeta Décimo Junio Juvenal. Sin embargo, poco tenía que ver con la filosofía de cada uno. La ética de Demócrito abogaba por la euthymia, εὐθυμία, una actitud de alegría que provendría de un estado de ánimo sereno más que de alegría desenfrenada. Según los apuntes de Diógenes Laercio, a Heráclito se le consideró un símbolo de preocupación por las actitudes de las personas, aunque sus máximas filosóficas reflejan más bien burla y crítica.
Rubens retrató por separado a los filósofos (pareja realizada entre 1636 y 1638, en el Museo del Prado en Madrid, España) y juntos, en el lienzo de 1603, que forma parte del acervo del Museo Nacional de Escultura de Valladolid, también en España. En la obra de Museo Soumaya incorpora al filósofo Timón de Fliunte, quien abrazó el escepticismo de Pirrón, y cuya presencia se ha estudiado como la distancia a tomar entre aquellos opuestos, en busca de balance. La forma suspicaz con la que ve al espectador no es fortuita; fue miembro de la escuela escéptica y planteaba abstenerse de asumir algo como verdadero hasta contar con evidencia suficiente, en oposición a las posturas más radicales que niegan la existencia de cualquier cosa. Esta actitud permeó en los círculos humanistas del norte de Europa durante los albores de la Modernidad, frente a las revisiones que se hacían de autores del pasado y del conocimiento científico de la época.
Algunos investigadores como Alejandro Vergara, han identificado en el rostro de Timón, posiblemente la efigie del propio Rubens. Una copia idéntica a la hoy mexicana forma parte del acervo del Museo de Évora en Portugal.
Durante los siglos XVI y XVII Heráclito adquirió relevancia como una fuente de autoridad en las discusiones sobre filosofía natural y teología. Así, a fines del siglo XVII el teólogo alemán Gottfried Olearieus lo interpretó como un autor quien conciliaba un mundo compuesto de átomos con la existencia divina, bajo el presupuesto que la noción del fuego como ἀρχή, arché o primer principio del cosmos, escondía una filosofía atomista.
En el caso de Demócrito, algunas de sus concepciones sobre la naturaleza, como la de los átomos, sirvieron para fundamentar nuevas empresas científicas, mientras que otras ya eran consideradas erróneas, como lo fue su idea de la visión. Según el pensador materialista, los objetos desprendían átomos que viajaban a través del aire hasta alcanzar el ojo, que contaba con una membrana sutil por la que pasaban para crear las imágenes. Lo mismo sucedió con la postura de Empédocles y Platón, para quienes la visión era posible gracias a un rayo emitido por los ojos que captaba el entorno.
Ambas fueron rebatidas en el siglo XI por el matemático y astrónomo árabe Abū ‘Alī al-Hasan ibn al-Hasan ibn al-Háytham, conocido también como Alhacén, quien explicó la visión como el producto del reflejo de la luz en los objetos que entra al globo ocular. La explicación confirmada con experimentos pasó a formar parte de la actividad artística, con el uso de la cámara oscura, y científica, en la investigación de los astros con telescopios.
En ese contexto, las representaciones de Tales de Mileto en los pinceles de José de Ribera y Luca Giordano subrayan la importancia de las matemáticas. Considerado el primer filósofo griego, en el lienzo del valenciano parece emerger de la penumbra. El claroscuro resalta la mitad de su cuerpo y rostro de manera dramática, mientras la mano izquierda, también visible, sostiene un rollo de papel en blanco, el inicio de una labor de escritura. En la obra de Giordano, Tales se ve como un hombre no tan mayor, y con una vestimenta desaliñada. La mirada fija del también astrónomo no necesariamente es despistada. Con su mano derecha señala una hoja con ilustraciones geométricas, pues a él se le adjudicó el llevar esta rama de Egipto a Grecia. El óleo recuerda una época en la que el desarrollo científico comenzó a ir estrechamente de la mano de las matemáticas para modelar y predecir fenómenos físicos.
La nueva filosofía invitaba a alejarse de los argumentos de autoridad, lo que implicaba una nueva concepción de la verdad. Descartes y el neerlandés Baruch Spinoza, de origen sefardí, consolidaron el racionalismo junto con el germano Gottfried Leibniz. Los tres realizaron sus labores intelectuales fuera de los ámbitos universitarios, partieron de proposiciones cuya veracidad consideraban ser evidente por sí misma, y a la manera de los axiomas matemáticos servirían para derivar conocimientos claros y correctos.
La luz de la razón permitiría entonces acabar no solo con las inconsistencias y falsedades de las filosofías antiguas y medievales, sino también con las supersticiones de las costumbres populares. De esta manera se gestó la noción de un progreso en el conocimiento que se extendería en todos los aspectos de la vida humana, desde la filosofía y las ciencias hasta lo moral y político, o como mencionó Spinoza en el Tratado de la reforma del entendimiento: así también el entendimiento, con su fuerza innata se procura instrumentos intelectuales, por medio de los que adquiere otras fuerzas, para hacer otros trabajos intelectuales, y gracias a estos, otros instrumentos; es decir, adquiere la capacidad de investigar más allá. Y así continúa gradualmente, hasta alcanzar la cumbre de la sabiduría.