2023 Agosto Luces y sombras de María Magdalena

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Luces y sombras de María Magdalena

Mónica López Velarde Estrada | Curaduría

En la cueva Más allá de su efigie como cortesana que recuerda su vida disoluta antes del encuentro con Jesús, al pie de la Cruz en compañía de la Madre de Dios y de san Juan, en el sepulcro con las Santas Mujeres, o hincada ante Jesucristo en el pasaje del Noli me tangere, en los siglos XVI y XVII la representación de María Magdalena como eremita se convirtió en la imagen más difundida de la apóstol.

Fray Santiago de la Vorágine en La leyenda dorada, fuente fundamental de pintores y escultores del arte religioso desde 1264, refirió:

Por este mismo tiempo santa María Magdalena, deseosa de entregarse plenamente a la contemplación de las cosas divinas, se retiró a un desierto austerísimo, se alojó en una celda previamente preparada para ella por los ángeles y en dicha celda vivió durante treinta años totalmente apartada del mundo y aislada del resto de la gente. Como en toda aquella zona no había ni fuentes, ni árboles, ni siquiera hierba, fácil es suponer que durante esos treinta años la santa no se nutrió con alimentos terrenos de ninguna clase, sino que Dios la sustentó milagrosamente con sustancias celestiales.


Es así como el desierto se convirtió, en el imaginario de los artistas barrocos, en una cueva. La Contrarreforma favoreció la representación del retiro de Magdalena como el sacramento de la Penitencia. Según la tradición más divulgada, deseosa de entregarse plenamente a la contemplación de Dios, la esposa de Cristo optó por una vida en soledad y marchó a la gruta de Sainte-Baume [Santo Bálsamo] en el sureste de Francia, en la que vivió durante treinta años como eremita.

Un lugar íntimo, alejado del mundo material, era perfecto para la inspiración plástica. Dentro de una gruta los artistas dispusieron ciertos atributos de acuerdo con la fuente iconográfica de la plástica barroca: las vanitas. Las obras repitieron, además del frasco de perfume –su símbolo más antiguo con el que la pecadora, refiere la Biblia (Lucas, 7:36), untó los pies del Hijo de Dios–, la calavera como memento mori, la cruz salvífica y el Libro del Conocimiento, todos corresponden con la vida cenobita para la expiación y la contrición. También para la contemplación de todo, como lo dictaban los ascetas y místicos del siglo XVI, entre los que se encuentra Ignacio de Loyola con sus Ejercicios espirituales (1548).


Luces y sombras El claroscuro dentro de la cueva potenció un escenario adecuado para enfatizar la vida asceta y expresiva del sacrificio de la protagonista. Al espacio contemplativo se imprimió cierta sensación naturalista al tiempo que ilustró, de la mejor manera, el contraste entre el mundo material y el mundo espiritual.

Se extendió entonces un código visual tal que permitió contemplar a la bella en el momento místico por excelencia: el éxtasis, la unión con Dios, la apoteosis de la experiencia religiosa.

La estudiosa Susan Haskins en el libro María Magdalena. Mito y metáfora (1996), refiere:

Las imágenes de santos extasiados, in pieno abandono, gozaron de una popularidad todavía mayor después de la canonización de santa Teresa de Ávila en 1622, quien, en su Vida, publicada en 1588, escribió sobre sus experiencias de rapto espiritual.

Un gran hito del claroscuro del Caravaggio es la representación de Magdalena penitente, conocida solo por la copia realizada en 1613 por el flamenco Louis Finson (1575/1580-1617), hoy sita en el Museo de Bellas Artes de Marsella, Francia. Una mujer joven y hermosa, lánguida y con la mirada al cielo, se muestra derrumbada ya lejos de la cueva, en la que suponemos es una silla dentro de sus aposentos. La violenta luz que cae a plomo sobre el rostro acentúa la esclera, la boca entreabierta y da foco a los dedos entrelazados, signo del rezo. Por otra parte, el oscuro ambiente es sin lugar a duda, la metáfora del retiro.


Una parte sobresaliente de la factura del cuadro María Magdalena como la Melancolía de Artemisia Gentileschi en Museo Soumaya, retoma las enseñanzas caravaggistas de las que fue heredero directo su padre, Orazio. La santa recibe la luz en aquel lugar cerrado de oscuridad en parte de su cuello y hombro, en su mano teñida de rojo que supone el paso del tiempo en una misma posición, y en un rostro cuyos ojos están hinchados de tanto llorar.

Si la penitencia de la protagonista tuvo mucho que ver con mantenerse en un lugar donde ya se sentía parte de Dios, la penumbra fue la compañera de reflexión, de recogimiento, de completa soledad y despojo de las distracciones sensoriales. Así, el tema de la Magdalena anacoreta se sirvió del Tenebrismo, iluminando intensamente unas zonas, matizando otros planos y oscureciendo el resto, como lo define Aspacia Petrou en su artículo «El Tenebrismo como representación del mal y la fealdad en la pintura religiosa del barroco español. Siglo XVII (2018)».


Esta fórmula fue repetida por pintores de otras latitudes, incluso al cruzar el océano, en el Barroco novohispano, el tradicional esparto de penitencia se transfiguró en un petate.

El manejo de luces y sombras sirvió para dar marco a la gran alegoría de una mujer impenitente quien, tras su encuentro con el Hijo de Dios, se convirtió al conocer la Verdad. María Magdalena pájaro enjaulado; asiática exótica; mujer perdida; lacrimosa y lírica, como recoge Susan Haskins, contiene una epopeya de seducción, sí, pero, sobre todo, de conversión hacia el discernimiento. En el libro República de Platón (siglo IV a. C.) aparece la Alegoría de la caverna:

En el alma de cada uno, hay el poder de aprender y el órgano para ello, y que, así como el ojo no puede volverse hacia la luz y dejar las tinieblas si no gira todo el cuerpo, del mismo modo hay que volverse desde lo que tiene génesis con toda el alma, hasta que llegue a ser capaz de soportar la contemplación de lo que es, y lo más luminoso de lo que es, que es lo que llamamos el Bien.




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