Revista / 2023 Febrero / El linaje Tiepolo
Mónica López Velarde Estrada
Al seguir la estela pictórica que dejaron figuras como Tiziano e il Tintoretto, con el diálogo contemporáneo de pintores de la talla de Sebastiano Ricci (1659-1734) , Federico Bencovich (1677-1756) y Giovanni Battista Piazzetta (1682-1754) , Tiepolo se encumbró en la Historia del arte con una vasta producción en Italia y España.
Nació en Venecia el 5 de marzo de 1696. Vivió más de 70 años. Murió en Madrid. Rosalba Carriera (1675-1757) , la célebre miniaturista veneciana, dueña de un distinguido pincel rococó, realizó hacia 1726 un retrato del pintor cuando tenía 30 años. El joven Giambattista luce una casaca azul cielo que protege una camisa de sutil tono perla, con un delicado encaje hasta el cuello. De semblante impaciente el autor, quien ya había realizado el gran fresco Alegoría del poder de la elocuencia (1724-1725) , proyecta una mirada intranquila. No sabía aún que sería el autor de un buen número de obras monumentales que propagarían su halo luminoso para las siguientes generaciones de pintores italianos –sus hijos incluidos–, y que serían camino para grandes artistas que lo siguieron en técnica y temperamento, como Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828) y Théodore Géricault (1791-1824) .
Venecia y Udine resguardan en sus muros una parte de su legado. En su tiempo, Milán y Bérgamo se beneficiaron con la fama del veneciano a partir de importantes encargos. Así, Tiepolo logró consolidar un trabajo gracias a la tradición del fresco monumental que se había iniciado con Giotto y las nuevas técnicas de la decoración teatral, en espacios donde la arquitectura jugaría un papel protagónico.
Con composiciones de gran formato, de un naturalismo potente y una paleta clara, fue a partir de 1730 cuando su obra alcanzó ya la madurez del icono veneciano en que devendría Tiepolo. Forjó una técnica impecable en la ordenación formal: figuras y carros flotantes; trampantojos en andamiajes celestiales; héroes doblemente admirados por la perspectiva de una altura colosal; escorzos imposibles; manejo de luces y sombras para hablar de la divinidad a partir del efecto lumínico de profundidad. Artífice de una sensualidad prodigiosa con un tono azul único, destinado sobre todo a temas mitológicos, el celeste de Tiepolo sería cifra para una historia fundamental de la belleza. El ciclo de frescos realizados en 1746 para el Palacio Labia en Venecia, es el testimonio de esta hazaña pictórica en la que el azul plateado único de Tiepolo triunfa como elemento, como símbolo: Alegoría de la primavera, Encuentro de Antonio y Cleopatra y El tiempo roba la belleza, son buena muestra de ello.
Según el estudioso Daniel Keicol, el más espectacular trabajo del veneciano son los frescos que pintó para la residencia del príncipe obispo Kaisersaal, en Wurzburgo, Franconia, Alemania, realizados hacia mediados del siglo XVIII. Lo hizo con la ayuda de sus dos hijos: Giandomenico y Lorenzo. La obra contiene dos de las cualidades artísticas más estimadas del gran Tiepolo: la perfección formal y la gran intuición plástica para adaptar el programa iconográfico al espléndido edificio del arquitecto Balthasar Neumann.
De este último periodo creativo se conservan los trabajos en caballete que de forma magistral apuntan al mejor Rococó: Mujer con mandolina (c 1755-1760) , hoy en el Instituto de Artes de Detroit en los EE. UU., y Dama con papagayo (c 1760) en la colección del Museo de Arte y Arqueología Ashmolean, en Oxford, Gran Bretaña. En este último, con apego a las enseñanzas del Veronese, Tiepolo retrató a una hermosa mujer, quien en una pose de tres cuartos muestra los senos desnudos. Está adornada por pequeñas joyas y flores en tonos pastel. Carga y acaricia a un ave de rojo profundo, lo que hace un significativo contraste entre la tonalidad y la dulzura de la bella y el color que se ha estudiado en alusión a la lujuria.
Giandomenico nació en Venecia en 1727. Muy joven su padre lo introdujo a su mundo. Para Keicol, los frescos de la iglesia Faustia e Giovita, en Brescia –cuando el joven contaba con 18 años–, se consideran su primera obra independiente. Su graduación vendría al lado de su padre inmerso en el gran escenario de aquellos proyectos realizados entre 1750 y 1753: la villa de su padre en Zianigo, Venecia, y desde luego la de Wurzburgo.
Tras la muerte de su padre en 1770, Giandomenico regresó a Italia e inició su camino en solitario. Alcanzó un estilo propio. Fue nombrado presidente de la Academia de pintura de Venecia. Heredero de una escuela impecable en cuanto a composición y color, el joven se separó de la esfera de su mentor y se decantó formalmente por una estructura más simple, una paleta más suave, y lo que han llamado sus estudiosos, contenidos “anecdóticos”. Tenemos entonces una serie de frescos con personajes de la Comedia del arte: El descanso de los bufones, Pulcinella enamorado y La caseta de los saltimbanquis, todos fechados hacia 1793.
Entre lienzo, dibujo y estampa, Museo Soumaya resguarda trece obras de la dinastía de los Tiepolo; dos del padre, nueve de Giandomenico y dos de Lorenzo. En ellas sobresale un óleo de la Inmaculada Concepción que nos recuerda temáticamente a uno de los últimos encargos importantes a su padre en España. La serie de siete grandes lienzos para el ábside de la iglesia de San Pascual de Aranjuez, de la que destaca precisamente la virgen en esta advocación, que hoy es parte de la colección del Museo Nacional del Prado.
Dos lienzos con temas religiosos, realizados entre 1786 y 1790, Cristo y la adúltera y Cristo sana a un ciego, recogen lo más esmerado de Tiepolo el grande, en cuanto a composición y valores cromáticos. Hay también una cita a lo que haría su padre en los lienzos La educación de la Virgen y Adoración del Niño, fechados hacia 1732 y resguardados en instituciones venecianas.
La tinta sobre papel del acervo mexicano, La multitud frente a un charlatán, es referencia obligada para el óleo del mismo Giandomenico en el Museo del Louvre de París, El charlatán o El curandero, fechado entre 1745 y 1750. Juntos son ensayos de aquel otro famoso fresco del propio Giovanni Domenico, El mundo nuevo. Tinta, óleo y fresco reunidos, son aún más: un homenaje a la singular producción final de su padre. Se trata de un conjunto de caricaturas que Giovanni Battista realizó en los últimos años de su vida, dibujos hoy resguardados en el Museo Metropolitano de Nueva York. Una serie de personajes pintados al vuelo, compuestos a partir de uno o dos plumazos y ligeramente retocados con gouache. Figuras de hombres, todos de espalda, con diversos atuendos (una gran capa o un sombrero tricornio), composiciones ligeras, geniales, llenas de humor y sabiduría creativa.