Revista / 2023 Febrero / De la línea al color: Venecia y la pintura tonal
Francesca Conti | Curaduría
Venecia contribuyó de manera sustancial a la evolución del arte renacentista que había sido inaugurado en Florencia a comienzos de 1400. Casi un siglo después de la capital toscana, la Serenísima se configuró como un eje fundamental para el desarrollo cultural, sobre todo por lo que concierne al arte de la pintura y su particular atención por el color.
A nivel histórico, tras la crisis económica del siglo XIV, la República inició una expansión sin precedentes hacia el interior de la península. En los mares, el principal enemigo era Génova, contra el que se llevaron a cabo dos guerras. El resto de la región se componía por ciudades con un notable desarrollo artístico, dominadas por señoríos locales que fueron subyugados paulatinamente por las grandes potencias como Venecia y Milán.
En las artes, hasta el Trescientos tardío en Venecia imperaba la pintura bizantina. El inicio de un cambio estilístico fue provocado por Andrea Mantegna, a quien siguió su cuñado Giovanni Bellini. Él inauguró la gran estación artística véneta, al idear la perspectiva cromática, una configuración más intuitiva que geométrica y concibió «lo sagrado bucólico», al insertar lo divino en el paisaje. Un significativo aspecto del pensamiento belliniano radicó en la demostración de que la esencia de la naturaleza se podía conseguir mediante la forma metafísica del color. A raíz de este razonamiento convergieron no solo las experiencias de Mantegna, sino también los estudios que habían desarrollado por más de un siglo los maestros flamencos.
Los Bellini fueron una dinastía de pintores, con Jacopo (c 1400-c 1470/1471) a la cabeza, un refinado diseñador y devoto discípulo del maestro del gótico internacional Gentile da Fabriano (c 1370-1427). Gentile Bellini (1429-1507), el mayor de sus hijos, es considerado el precursor del Vedutismo. En su taller se formaron algunos de los mayores intérpretes de la pintura véneta. El célebre biógrafo renacentista, Giorgio Vasari, mencionó a Giorgione (c 1477-1510), como el fundador de la pintura tonal quien, junto con Giovanni Bellini, llevaron el lenguaje renacentista italiano del Quattrocento al Cinquecento. Mientras que Bellini permaneció anclado a la estructura técnica del siglo XV –que todavía se servía de aparatos geométricos para la organización del color– Giorgione eliminó cualquier matriz calculada y construyó la imagen a partir de las zonas cromáticas. El dominio inédito de su paleta fue anticipado por Vittore Carpaccio (1455/1456-1525/1526), quien destacó por el empleo de pinceladas rápidas y la predilección por gamas claras.
En el siglo XVI, la Serenísima se consolidó como un enclave pluricultural entre cristiandad, Levante y Oriente. También hubo un encuentro entre el mundo veneciano y el musulmán: se intensificaron los contactos comerciales, el intercambio de ideas, estilos de vida y culturas con árabes, mamelucos, persas, otomanos, turcos…
La luz que irradiaba sobre la isla, los pigmentos procedentes de Oriente, el vínculo comercial con Constantinopla y la herencia del mosaico fueron cómplices en la maduración de una inédita sensibilidad por el color.
Este escenario contribuyó a una diferente interpretación del estilo renacentista que caracterizaba al centro de la península. Con respecto al legado florentino, Venecia mitigó el protagonismo de la figura humana al fusionarla con la naturaleza. La pintura véneta se concentró en la sensación: durante la experiencia visual confió en la intuición y así otorgó primacía al sentimiento sobre el intelecto.
A diferencia de la escuela toscana, que en su producción privilegió el dibujo y la perspectiva, la veneciana otorgó al tono un rol protagónico y por eso se dio a conocer como «pintura tonal». El concepto de tono difiere del de color puro por focalizarse en sus diferentes matices: en la obra véneta la definición de los volúmenes se consigue mediante graduales variaciones cromáticas. Más que las líneas del dibujo, la pintura tonal se concentró en los efectos de la luz sobre los objetos, con una tendencia a difuminar los contornos y proceder con veladuras que exaltan transparencias.
Al tomar las distancias de aquellos criterios científicos de observación que otorgaban a la forma un papel privilegiado, los vénetos diluyeron el lazo de correspondencia biunívoca entre realidad y arte. Mientras que para los toscanos el color se sometía a las exigencias de la forma, en la pintura véneta la forma se estructuraba a partir del tono, lo que llevó a un generoso empleo de la paleta cromática que tendencialmente evitaba los tonos puros, tan característicos de las obras pictóricas del centro de Italia.
Si la cuña del Renacimiento destacó por plasmar la realidad a partir de la ciencia, con el empleo de la geometría y la proporción matemática, los vénetos complementaron aquellas contribuciones al apostar por el color que otorgó a su producción un carácter más poético.