Revista / 2023 Junio / Vincent antes de Van Gogh
Alfonso Miranda Márquez | Dirección
Parte del Messico va con te. Grazie Fra.
El sentimiento y el amor a la naturaleza encuentran tarde o temprano un eco en aquellos que se interesan por el arte.
Vincent van Gogh en una carta a su hermano Theodorus, Theo (1857-1891), desde Drenthe, alrededor del 15 de septiembre de 1883
Uno de los pintores más reconocibles de la Historia del arte nació el 30 de marzo de 1853 en Zundert, Países Bajos. Hijo de Theodorus van Gogh, pastor protestante, y de Anna Cornelia Carbentus, Vincent recibió el mismo nombre que le habían puesto a un hermano quien había fallecido exactamente un año antes.
Tuvo cinco hermanos: Anna Cornelia (1855-1930), Theodorus, Theo (1857-1891) –su confidente, mecenas, marchante y constante destinatario epistolar–, Elisabeth Huberta, Lies (1859-1936), Willelmina Jacoba, Wil (1862-1941) y Cornelis Vincent, Cor (1867-1900).
Durante su infancia estudió en distintos internados. El primero de ellos –señala el especialista Herbert Frank– Zevenbergen en 1864, donde estudió francés y alemán. Dos años después se matriculó en el Instituto Hannik (Tilburg) y permaneció allí hasta que dejó los estudios de manera definitiva a los 15 años. Allí nació su afición por la pintura, y durante el resto de su vida se enorgulleció de ser autodidacta.
Su tío, también de nombre Vincent (1820-1888), trabajaba en la afamada compañía internacional de comercio de arte Goupil & Cie., (más tarde Boussod & Valadon), en donde el joven artista de 16 años comenzó a laborar. En 1873 fue trasladado a Londres para colocar obras en las galerías del puerto inglés. Aunque en un inicio había escrito: Es un negocio maravilloso. Cuanto más tiempo se trabaja en él, más ambicioso se vuelve uno, pronto su gusto personal y sobre todo su profunda vocación se antepondrían al de marchante y fue despedido.
Para 1880 se asentó en Bruselas e hizo amistad con el pintor neerlandés Anthon van Rappard (1858-1892). Se inscribió en la Academia de Bellas Artes de Bruselas en la que estudió dibujo y perspectiva. Ahí conocería la obra de Jean-François Millet (1814-1875). El artista escribió a Theo: Te cuento algunas frases que me han causado impresión y emocionado profundamente […] son estas palabras de Millet: El arte es un combate; en el arte es necesario jugarse hasta la piel. […] Preferiría no decir nada antes que expresarme débilmente. Fue ayer cuando leí esta última sentencia de Millet, pero desde mucho antes yo ya había experimentado lo mismo […].
Un año después visitó a su hermano en Etten-Leur. Y tras enamorarse fallidamente de su prima, se refugió en La Haya con su primo Anton Mauve (1838-1888). De él aprendió el gusto por la acuarela y los colores terrosos, mucho antes de que descubriera en París la grana cochinilla mexicana y el cromato de plomo, que mezclado con sulfato de bario, aumentaría la brillantez de su célebre amarillo.
¡Cómo con razón se dijo de Millet!: sus campesinos parecen estar pintados con la tierra que siembra, escribió Vincent. El autor no tomó distancia para retratar; la mirada no es de un voyeur. Es contemplación de la naturaleza y de la naturaleza humana. Vincent sumó la herencia plástica de los Países Bajos y la oscuridad del Barroco neerlandés, lo que le permitiría desarrollar un realismo particular inspirado también en el trabajo duro; más que en el retrato fotográfico, optó por la profundidad psicológica de Honoré Daumier (1808-1879) y sus protagonistas casi en abstracción; inéditamente poblaron sus lienzos campesinos y trabajadores con plena dignidad frente a los estragos de la Revolución Industrial.
Personajes y animales fueron pintados con los colores de la tierra, como aquellos de las papas recién cosechadas; rasgos que desvelan la esencia que se alejaba de los centros urbanos y su pujanza.
A fines del verano de 1883, justo después de haber pasado tres semanas en un hospital por gonorrea, llevaba un año de relación con Clasina Maria, Sien, Hoornik (1850-1904), mujer pública y modelo con una hija de cinco años, Maria Wilhelmina, y con Willem, un pequeñito a quien Vincent vio nacer en Leiden.
Su cercanía con los sermones protestantes de su padre lo llevarían a predicar entre campesinos de Drenthe, entre trabajadores de los muelles de La Haya y entre los mineros belgas en Wasmes. En paisajes desolados retrató con sinceridad la precariedad. Gouache, carboncillo y óleo; papeles y telas ennegrecidas.
Para fines de ese año cambió su residencia a Nuenen, Brabante Septentrional, y su paleta pronto reflejó la influencia naturalista del Realismo de la Escuela de La Haya. Vincent escribió:
Así pues, no todo es brillante. Además, he visto un establo con cuatro vacas café con leche y un ternero del mismo color […]; las vacas son muy limpias y muy bellas, y [hay] una gran cortina verde contra el polvo y las moscas en la puerta de entrada. ¡Gris también, gris Velázquez! ¡Era tan calmo!… este café con leche y tabaco del pelaje de las vacas, con el dulce blanco gris azulado de las paredes, la tintura verde y el verde amarillo y centelleante de afuera, pleno de sol y haciendo una oposición resplandeciente. Ves cómo hay todavía otra cosa que hacer que lo que hago. Debo ir a trabajar. He visto además una cosa muy serena y muy bella el otro día.
El pasto de Prado con vacas (1883), hoy en la colección de Museo Soumaya, es similar al que pintaría un año más tarde en Cabaña con campesino, quien regresa a casa, también en el acervo mexicano.
El investigador Jacob Baart de la Faille encontró una cierta afinidad entre este trabajo [Cabaña con campesino, quien regresa a casa], como la paleta terrosa y realista, respecto a la obra maestra más antigua del artista, Los comedores de patatas. Precisamente el escenario de aquellos ínclitos trabajadores sentados a la mesa e iluminados por la vaga luz de una bombilla, es justo esa cabaña marcada por la cruz de cal y que hoy, en Neunen, sigue en pie.
En el celaje capturó los tonos fríos de su tierra y expresó una visión profundamente humana de los trabajadores, quienes, tras el rezo del Ángelus, regresan a casa con pesados suecos o desgastados zapatos manchados de fango.
En agosto de 1884, Vincent van Gogh vivía con sus padres en Nuenen. En ese momento estaba enamorado de Margaretha, Margot, Begemann, con quien estaba comprometido. Las familias de ambos jóvenes se opusieron al matrimonio; Margot intentó suicidarse y Vincent se refugió en las clases de pintura que impartía.
El filósofo Martin Heidegger en su ensayo El origen de las obras de arte de 1935, escribió: hasta ahora el arte se ocupaba de lo bello y la belleza y no de la verdad […] es precisamente en una obra semejante, siempre que sea obra, donde está obrando la verdad. La verdad obra en la obra.
Existencia, verdad y belleza rodiniana se dan cita en la modernidad. Aquella cabaña y aquel trabajador quedarían consignados en el corpus de Van Gogh como uno de los primeros lienzos en que el autor, en palabras de los investigadores Ingo Metzger y Rainer Walter, el artista dejaba su nombre cuando se sentía completamente satisfecho con el trabajo; así, se sintió cómodo para dejar estampada su firma. De trazo cuidado y sin su apellido, únicamente signó: Vincent.
Sería también aquel verano de 1884 cuando Van Gogh conoció al señor Hermans, quien quería que en los muros de su comedor pendiera la Santa Cena. Sin embargo, el pintor insistió en que debían rendir homenaje y dar gracias por los frutos del campo que llegarían a aquella mesa del Brabante Septentrional.
Más tarde, Hermans visitó el estudio de Vincent y el pintor realizó seis bocetos, de un sembrador, un labrador, una cosecha de trigo, la siembra de papas, un pastor y una escena de invierno. Van Gogh le escribió a Van Rappard: Y son lo que estoy haciendo ahora. Estoy haciendo estos 6 lienzos para mí […]; él [Hermans] paga mis gastos de maquetas y pintura, mientras que los lienzos siguen siendo de mi propiedad, y de alguna forma los recuperaré cuando los haya copiado.
Casi al mismo tiempo le escribió a su hermano Theo: Si tengo suerte con el pastor, será una figura que tendrá algo del muy antiguo Brabante. El «efecto pastor, tormenta», como se refirió a esta pintura, se completó en septiembre. Ese mes le escribió a Van Rappard: He trabajado con mucho gusto en los 6 lienzos sobre los que te escribí, y ahora los 6 están hechos como bocetos pintados y ya están con mi amante del arte…
Con las ovejas reunidas en su derredor, el hombre agita su báculo y conduce a los animales hacia adelante. El ojo, un artilugio a la manera de Vermeer y el trabajo de orfebrería que debiera sujetar un arete de perla, lo percibe el espectador y así, la mirada del pastor se dirige a la oveja negra, analogía cristiana al descarrilamiento del santo rebaño.
La paleta neerlandesa, tan oscura como el estado de ánimo del pintor en ese momento, refleja la profunda soledad de Vincent: estoy yo y mis pinceles, nada más…
En una de sus cartas a Theo escribió: Aunque a menudo estoy en un caos, dentro de mí todavía hay una armonía y música tranquilas y puras. En la casita más pobre, en el rincón más inmundo, veo cuadros o dibujos. Y mi mente se vuelve en esa dirección como si tuviera un impulso irresistible.
Canto plástico a la vida rural. Las nubes densas como la ansiedad, muestran la ruptura moderna. El artista describió:
El negro absoluto no existe, a decir verdad. El negro, como el blanco, existe en casi todos los colores y forma la infinita variación del gris, diferentes de tono y de vigor. Y tanto que en la naturaleza no se ve, a decir verdad, otra cosa que esos tonos o intensidades. […] Con los tres colores fundamentales y el blanco y el negro, se pueden formar más de 70 tonos e intensidades. El colorista es aquel que, viendo un color en la naturaleza, llega a analizarlo bien y a decir, por ejemplo: este gris-verde está formado de amarillo con negro, y casi nada de azul.