Revista / 2023 Abril / La esperanza muda
Francesca Conti | Curaduría
El contexto filosófico a caballo entre los siglos XIX y XX estuvo marcado por un cambio de paradigma que involucró a los grandes sistemas del pensamiento clásico. Con la incursión del Positivismo, la razón fue considerada la base del progreso y la evolución social. A partir del método científico se otorgaba validez solo a los hallazgos reales y verificables.
Por el contrario, todo lo que no contemplaba datos objetivos no gozaba de legitimidad; eso implicó también un replanteamiento de las disciplinas humanistas y en el ámbito filosófico surgió la necesidad de un regreso a la fundación, tanto cognoscitiva como teórica y ontológica –lo que interesa del ser y sus propiedades trascendentales–. Al lado de las escuelas neokantianas que defendieron la necesidad de sondear las condiciones de posibilidad del conocimiento, una crisis de los sistemas filosóficos puso en duda la existencia de las constantes universales.
Una de las figuras que más abruptamente criticó la universalidad de los valores fue el filósofo Friedrich Nietzsche. En línea con su pensamiento, Dios simboliza cualquier tipo de certeza metafísica, es decir, todas aquellas verdades surgidas de sistemas religiosos, políticos y filosóficos que se imponen como principios absolutos. Su aparato crítico se estructura a partir de la aniquilación de dichos categóricos y amonesta la actitud de quien no pone en duda todo lo prestablecido.
En La gaya ciencia (1882) Nietzsche consignó la controvertida expresión ¡Dios ha muerto!, utilizada para revindicar la liberación del hombre de todos los principios morales, así como la fe en una realidad definitiva, ya sea producto de la ciencia o de la historia.
Con un eco al sacrificio de Jesús, quien llegó a la Tierra para la salvación, en el pensamiento del intelectual alemán, la muerte de Dios es la condición necesaria para que se dé la Verdad.
El mismo pecado que en la Cristiandad fue expiado con la muerte del Redentor, a nivel filosófico corresponde con una privación intelectiva que solo puede ser superada con la abolición de los conceptos establecidos por la sociedad, la cultura y la historia. Este pasaje, lejos de ser nihilista, no niega la existencia de verdades o principios, sino que defiende la posibilidad de que cada uno busque sus propios valores.
Esa negación se vuelve una afirmación que inspiró consciente e inconscientemente a los creadores del Novecientos. Con el advenimiento de las Vanguardias, paradójicamente se manifestó una pulsión iconoclasta que expresó la tensión metafísica del arte. El especialista de ciencias históricas y filológicas, Ilario Bertoletti, subraya cómo, a pesar de la pluralidad de las corrientes artísticas, la Modernidad se caracterizó por una radical puesta en duda de la esencia humana. Es como si el arte hubiera descifrado aquella crisis de la subjetividad, que los «maestros de la sospecha» como Marx, Nietzsche y Freud habían sondeado a nivel filosófico. La disminución de temas religiosos en realidad supone la esperanza muda de que aún no se ha alcanzado la esencia divina para poderla plasmar. Es así que se manifiesta una aproximación a lo divino por negación, casi como si todo artista fuera de hecho un «teólogo negativo»: del Otro –del Absoluto– solo se puede hablar por sustracción, de imagen y de color.
En este sentido la escasa presencia de temas religiosos no implicó necesariamente un abandono de la espiritualidad, por el contrario, hay una íntima devoción por parte de muchos artistas modernos. Georges Rouault (1871-1958), así como Marc Chagall (1887-1985), dedicaron gran parte de su producción a temas judeocristianos con gran sensibilidad y profundidad.
Con palabras que más que decretar una sentencia suenan como auspicio, Bertoletti declaró: Justo cuando parece irreligioso, el arte es más que nunca teológicamente ortodoxo: fiel a Dios y al hombre, en la distancia abismal del sufrimiento no redimido. Eso sí: no es la belleza, ingenuamente entendida, la que salvará al mundo, sino quizá –y quizá esté lleno de inquietud y desencanto– el arte más reflexivo.