Revista / 2023 Enero / Abundancia y prosperidad para el nuevo ciclo
Suerte es lo que sucede cuando la preparación y la oportunidad se encuentran y fusionan.
François-Marie Arouet, Voltaire (1694-1778), filósofo e historiador francés
Es alegoría de la rueda de la fortuna, que más que azar, dispone ciertos momentos de la vida en el juego de la balanza de la buena o mala suerte, para así diferenciar el destino de la bienaventuranza del hado (destino trágico).
Siempre presente, la Ocasión, confundida con la Fortuna misma, se representaba calva o con solo un mechón de cabello, pues se escapa y es difícil asirla, tal como hallar el anhelado trébol cuadrifolio o la aguja en el pajar. Como la Justicia, se muestra con los ojos vendados para no favorecer la suerte de la nave de la humanidad.
Considerada una deidad fasta pero caprichosa, se distanciaba de la Fortuna Dubia, la fortuna dudosa; la Fortuna Brevis, la breve; y la Fortuna Mala. De acuerdo con la tradición, su culto fue introducido en Roma por Servio Tulio, quien erigió el Foro Boario y dispuso un santuario público en la colina del Quirinal, en el que se estableció un oráculo propiciatorio de la maternidad en Preneste; en ese mismo enclave se plantó un roble. De ahí que, por las características de la madera, vendrán las frases, tiene madera de roble o es como un roble.
Igualmente, ahí encontró origen la acción propiciatoria para prevenir las calamidades. Al recién nacido se obsequiaba un trozo como señal de buena fortuna. La tradición llevaría a la sociedad italiana del Renacimiento a regalar a la esposa, quien recién había dado a luz, el llamado «plato de parto». La tabla se decoraba con escenas mitológicas o religiosas como símbolo de amor, prosperidad, abundancia, felicidad y buen augurio, y podían disponerse sobre ella frutos también considerados de buena fortuna como la granada, que alude a la iglesia congregada, y es uno de los frutos de la tierra prometida, o las nueces y almendras que simbolizan al Redentor.
Pausanias hizo mención de una estatua de Fortuna que había en Egina: tenía en sus manos un cuerno de la abundancia y cerca de ella a Cupido, como símbolo del poder de la fortuna. Entre los beocios, tenía en su regazo a Pluto, la riqueza.
La cornucopia es el símbolo de inagotables dones; de ella manan frutos y otras dádivas deleitables. La cabra Amaltea, ninfa que habitaba una cueva cretense en la que amamantó a Zeus, era su propietaria.
Asímismo, en plena batalla, al dios del río Aqueloo transfigurado en toro, el griego Heracles le cortó una asta. Tras la derrota, el latino Hércules le devolvió el cuerno y en generosa recompensa se le premió con la cornucopia de Amaltea.
[…] Los litorales el aplauso y el clamor llenaron, y
las superiores moradas de los dioses: gozan y
a su yerno saludan y auxilio de su casa y su salvador le confiesan
Casíope y Cefeo, el padre; liberada de sus cadenas avanza la virgen,
precio y causa de su trabajo.
Él sus manos vencedoras agua cogiendo lustra,
y con la dura arena para no dañar la serpentífera cabeza,
mulle la tierra con hojas y, nacidas bajo la superficie, unas ramas
tiende, y les impone de la Forcínide Medusa la cabeza.
La rama reciente, todavía viva, con su bebedora médula
fuerza arrebató del portento y al tacto se endureció de él y percibió un
nuevo rigor en sus ramas y fronda.
Mas del piélago las ninfas ese hecho admirable ensayan
en muchas ramas, y de que lo mismo acontezca gozan,
y las simientes de aquéllas iteran lanzadas por las ondas:
ahora también en los corales la misma naturaleza permaneció,
que dureza obtengan del aire que tocan, y lo que
mimbre en la superficie era, se haga, sobre la superficie, roca.
Marte en la forma de un gesto de la mano, la figa o higa (dije hecho de coral) repele el mal, y al rechazar la injerencia demoníaca se pensaba que tenía un efecto purificador en las aguas amargas e incluso al portar aquel poderoso amuleto se podía conseguir inmunidad ante el veneno. Michael Maier (1568-1622) en su libro Atalanta Fugiens editado en 1617 por Johann Theodor de Bry, enaltece sus cualidades alquímicas: se reproduce un pescador que saca del agua salada del mar, los corales rojos y blancos, símbolos de la sustancia primigenia. Aquella quintaescencia es materia elemental que ya existe en potencia pero que aún no se ha solidificado en el aire y es capaz de transformar lo vil en sublime. Se debe conservar en contacto con la piel y su color se transformará de acuerdo con los humores corporales y aun cuando para la persona pase inadvertido el hechizo, el coral cuidará su camino.
Protección contra seres o poderes hostiles, pulseras y collares con piezas coralinas de crecimiento milenario, hoy los hace testigos –como el marfil y la perla– de un tiempo que fue y no volverá.
Amuletos creados por la vida engendrada, la perla de belleza equilibrada como la describió Sor Juana Inés de la Cruz, y en palabras de Ernesto de la Peña en su referencial Mineralogía para intrusos: lo escrito en el bisel de este molusco con ganas de continuidad cambió de tinte, no de substancia. Hoy la vigila la semántica inorgánica, castigo de su ambigüedad. Tanto el coral blanco como el marfil presentan el color vinculado con la pureza sin mácula y capaz de proteger al ser amado. Sobre el segundo, el propio De la Peña lo advirtió: varios errores introdujeron al marfil en los viejos lapidarios, que congregan las formas táctiles de la nobleza: esta excelsa sustancia dibujó la cruenta sonrisa de Atenea en las estatuas griegas y después, atenuada por la caridad cristiana, fue digna de expresar el dolor profético […].
De mutaciones simbólicas, a la materia se le confieren valores salvíficos. En el comienzo del nuevo ciclo, que el pensamiento luminoso baste para inundar de parabienes a los que nos rodean. En reconciliación y unidad, el recuerdo de las palabras de Francis Bacon: principalmente, el molde de la fortuna de un ser humano está en sus propias manos.
Cuando el rocío se evaporó, la superficie del desierto quedó cubierta
por copos de una sustancia hojaldrada y fina como escarcha.
Los israelitas quedaron perplejos al ver eso y se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto?», porque no tenían idea de lo que era. Entonces Moisés les dijo: «Este es el pan que el Señor les da para comer».
Éxodo (16:14-15)
El maná, que se suele representar con pan o quesos que caen del cielo, es símbolo de abundancia y buena fortuna; bendición.
El Éxodo cuenta la liberación por voluntad divina del pueblo judío que, al estar bajo el yugo de Egipto, emprendió una travesía de 40 años por el desierto en busca de un nuevo hogar. La palabra proviene de la voz griega ἔξοδος [éxodos], compuesta a su vez del prefijo ex [fuera] y odos [camino], literalmente «camino hacia afuera» o «salida». Sin embargo, el segundo libro de la Torá se llama שׁמות [Sh´mot] en hebreo, «Nombres», que es la primera palabra del texto. Los judíos mantuvieron su linaje durante el cautiverio de 400 años en Egipto. Tras las 10 plagas huyeron liderados por Moisés, quien se hizo acompañar por sus hermanos, Aarón y Miriam. Ya en el desierto, el pueblo padeció hambre y reclamó al profeta:
«¡Si tan solo el Señor nos hubiera matado en Egipto! —protestaban—. Allá nos sentábamos junto a las ollas llenas de carne y comíamos todo el pan que se nos antojaba; pero ahora tú nos has traído a este desierto para matarnos de hambre» (Éxodo, 16:3).
Moisés suplicó a Yahvé quien, conmovido, envió codornices e hizo llover pan del cielo. Los israelitas llamaron maná al alimento. Era blanco como la semilla de cilantro, y tenía un gusto parecido a obleas con miel (Éxodo, 16:31). La voz «maná» significa «¿qué es esto?».
Yahvé ordenó que cada quien tomara solo el maná necesario para alimentar a su familia y que no lo acumularan pues Él lo haría llover diariamente. Solo el sexto día debían recoger una doble ración para así respetar el día de descanso. En este episodio encuentran origen las palabras de Jesucristo que se entregan en el Padre Nuestro: danos hoy nuestro pan de cada día. El maná fue el alimento sagrado, el pan de vida, que nutrió al pueblo de Israel durante 40 años. A pesar de las advertencias del Señor, hubo quienes quisieron acumularlo solo para descubrir que al día siguiente amanecía agusanado.
El maná es símbolo de la Providencia de Dios y del cuidado que tiene hacia sus fieles. Asimismo, guarda la profunda enseñanza de tomar de la naturaleza o el entorno, solo lo que es necesario y no acaparar los bienes con excesos.
El pintor barroco Paolo de Matteis (1662-1728) presenta la escena colectiva al pie de las montañas. El rompimiento de gloria favorece el claroscuro que tiene como punto focal a Moisés y a un par de ángeles, quienes vierten el maná cerca del pueblo para destacar la acción divina. La cabeza de Moisés presenta una especie de nimbo o “cuernos” luminosos; esto de nueva cuenta remite al Éxodo:
Y aconteció que cuando Moisés descendía del monte Sinaí con las dos tablas del testimonio en su mano, al descender del monte, Moisés no sabía que la piel de su rostro resplandecía por haber hablado con Dios (34:29).
Cabe señalar que la presencia de cuernos en algunas representaciones de Moisés –como la escultura de Michelangelo Buonarroti (1475-1564)– deriva de una traducción de san Jerónimo de Estridón (hacia 347-420), quien en el siglo IV llevó la Biblia al latín. Dado que en hebreo no se escriben las vocales, la palabra krn [radiante, luminoso] fue transcrita como karan [cuerno].
A la izquierda de la composición se aprecia a Aarón, quien sale de una tienda roja con el atuendo sacerdotal descrito en el mismo libro.
Harás llegar delante de ti a Aarón tu hermano, y a sus hijos consigo, de entre los hijos de Israel, para que sean mis sacerdotes […] Las vestiduras que harán son estas: el pectoral, el efod, el manto, la túnica bordada, la mitra y el cinturón […] (Éxodo, 28:1 y 4).
También puede apreciarse un cordero blanco, símbolo vinculado tanto con el Pésaj o Pascua judía, como con el sacrificio de Cristo, del Hijo Amado.
Estrechamente vinculado con el pasaje del maná se encuentra otro capítulo del Éxodo que narra la sed de los judíos. De nueva cuenta, las huestes de Israel increparon a Moisés y Aarón por la falta de agua. Yahvé entonces pidió al patriarca que tocara con su vara una roca de la que surgió agua.
A pesar del tono alegre de algunas escenas, lo cierto es que, ante la falta de fe del pueblo elegido, Yahvé:
A ese lugar le puso por nombre Meribá, que significa «reclamo», pues el pueblo le había reclamado a Dios. También lo llamó Masá, que quiere decir «duda», porque habían dudado del poder de Dios para cuidarlos (Éxodo, 17:7).
Moisés también dudó del Señor, puesto que la indicación de Yahvé era que le hablara a la roca y no que la golpeara. La afrenta del patriarca fue duramente reprimida:
Y Jehová dijo a Moisés y a Aarón: Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado. Estas son las aguas de la rencilla, por las cuales contendieron los hijos de Israel con Jehová, y él se santificó en ellos (Números, 20:12-13).
Las representaciones de estos pasajes del Antiguo Testamento fungen como alegorías morales que aluden a la Providencia divina y a la fe para hacerse acreedores a ella. El episodio del agua y el subsecuente castigo invita a los fieles a ponerse por completo en manos de Dios para que, como al pueblo de Israel, nada les falte en confianza y paz.