2022 Agosto Curiosidades gastroetimológicas por Gutierre Tibón

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Curiosidades gastroetimológicas por Gutierre Tibón
Laura A. González Eguiarte | Curaduría Tiempo de lectura: 4 minutos

Descubrí un mundo de sensaciones que me avasalló al viajar por México, alternar con gente nueva, atisbar todo con ojos nuevos. Tengo el don del asombro que siempre me renueva; a veces logro atar cabos sueltos que me permiten penetrar más hondamente en los secretos del pasado.
Gutierre Tibón durante una entrevista con Miguel Ángel Muñoz, en Gutierre Tibón. Lo extraño y lo maravilloso, 2009



En 1995 vio la luz un brevísimo pero fundamental libro de bolsillo titulado Primacías de México y sus dádivas al mundo, la última publicación del último de los Tibónidas, el inventor y erudito italomexicano Gutierre Tibón (1905-1999). En sus palabras, su intención fue crear una consciencia nacional más honda, liberada de absurdos complejos negativos: todos debidos al desconocimiento de las cumbres de alta cultura que hemos alcanzado en nuestro milenario pasado. Se aborda desde el territorio de Alaska hasta la industria siderúrgica, e incluso el algodón hidrófilo, además de hablar de estrategas militares, cantantes y pioneros de la ciencia y la tecnología. Sin embargo, los alimentos, flores, plantas y hongos medicinales fueron privilegiados por el interés del autor.

El texto da cuenta de la capacidad de síntesis y abstracción de Tibón. Una nota del editor señala:

La primera idea de Las dádivas de México al mundo se debe al escritor Rafael Heliodoro Valle […]. En el curso de 54 años (1940-1994) el autor ha, pacientemente, reunido un singular archivo de 1 600 entradas, sacado de libros, revistas, periódicos y hemerotecas, encuestas y correspondencia con quien pudiera facilitarle nuevas informaciones o aclararlas con más conocimiento.




En 2017 Fundación Carlos Slim adquirió el Archivo Gutierre Tibón, que consta de más de 28 mil documentos entre los que se encuentran aquellos destinados a esta pesquisa y que fueron cuidadosamente etiquetados bajo el nombre de «dádivas».

Tibón recogió una multitud de datos curiosos, como el que Iósif Stalin pensaba erróneamente que el chicle era invento del imperialismo para quitarle el hambre a los obreros, cuando es una resina del chicozapote que se consumió en tiempos mesoamericanos y heredada a la era virreinal. Fue popularizada en los Estados Unidos por Thomas Adams (1818-1905), quien entabló amistad con Antonio López de Santa Anna (1794-1876) durante su exilio en Nueva York hacia 1860.



Asimismo, Tibón señaló que los mayas creían que las estrellas fugaces eran enormes colillas arrojadas desde el cielo por los balames, divinidades protectoras del campo, que tenían el hábito de sik’a, «fumar», lo que se relaciona con otro producto del Nuevo Mundo: el tabaco.

Debido a una confusión geográfica, los europeos del siglo XVI pensaban que los animales y plantas hasta entonces desconocidos provenían de Turquía; de ahí que los italianos llamen «granoturco» al maíz y los angloparlantes «turkey» al guajolote, ambos también originarios de México.



Fiel a su costumbre, el filólogo puso especial cuidado en los nombres de las cosas, su etimología y juegos lingüísticos. De esta forma la cassia alada y la cassia reticulada, plantas medicinales empleadas para eliminar dolores de cabeza y mitigar los daños de la fiebre amarilla, habían sido llamadas en náhuatl «ecapatli» o «medicina del viento», aunque en Oriente se les conoce como «capulco» porque arribaron a Filipinas a bordo del galeón que partía de Acapulco.

También relató que mientras en México se castellanizó la voz nahua «chilli» para referirse a los pimientos picantes como «chile», en India se adoptó el nombre original mesoamericano. Algo similar ocurrió con la palabra francesa «haricot», «frijol», que es una adaptación fonética del náhualt «ayocotl». Por su parte, los totonacos llamaban «xanat» al fruto de orquídea tlilxóchitl, rica en aroma y de preciado dulzor, que en español conocemos como «vainilla», el diminutivo de «vaina» en alusión a su forma.

Asimismo, advierte que debemos tener cuidado y nunca usar el anglicismo «cocoa» –que en náhuatl significa «culebra» o «estar enfermo»– para llamar al cacao, que a su vez fue bautizado por Carl von Linneo (1707-1778), biólogo sueco quien desarrolló la nomenclatura binómica de animales y plantas, como «theobroma», es decir, «alimento de los dioses».





La palabra «pomodoro», con la que en Italia se nombra al jitomate del altiplano central y que en el resto de México y del orbe se conoce como «tomate», significa literalmente «manzana de oro», en homenaje al fruto por excelencia de la cocina occidental. Mención especial merece el aguacate, que se populariza cada vez más como uno de los ingredientes por excelencia de la mesa y que por pender del árbol, el náhuatl lo llamó «ahuacatl», que significa «testículo». Otros frutos como el zapote negro, la guayaba y el chicozapote son también legado de México.





Salvo el chocolate, el libro no hace referencia al pulque, mezcal o tequila entre las bebidas rituales y espirituosas de las culturas originarias, sin embargo, estas estuvieron contempladas en su trabajo y el fondo alberga al respecto una vasta documentación. Posiblemente esperaba contar con el tiempo de escribir un segundo volumen, o quizá las reservó para la serie de televisión que planeaba realizar a principios del nuevo siglo y que llevaría por nombre México frente al mundo, ayer y hoy. El Archivo Gutierre Tibón no solo nos permite atisbar la magnitud de sus proyectos bibliográficos y de comunicación, sino enorgullecernos de la riqueza natural y culinaria de México que desde 2010 fue reconocida como patrimonio intangible internacional por la Unesco.





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