2023 Diciembre Toda rosa es María La cadena de rosas

Revista / Diciembre / Toda rosa es María La cadena de rosas

Toda rosa es María La cadena de rosas Ernesto de la Peña* Tiempo de lectura: ¿? minutos

La tradición piadosa, que suele no ser digna de confianza histórica, retrotrae la invención del rosario a los días de la cruzada que emprendió Domingo de Guzmán contra los albigenses. El santo, desesperado al ver cómo cundía la herejía por el condado de Tolosa, a pesar de la sangrienta campaña que se emprendía en contra de tal abominación, impetró a la Virgen María, su protectora especial, y recibió instrucciones personales de ella, en que le aconsejaba rezar cotidiana y fervorosamente el santísimo rosario, oración reiterativa que consiste en decir el Ave María diez (o quince) veces en sucesión, seguida por un Padre Nuestro, haciendo recordación, al terminar cada decena o quincena de plegarias, de alguno de los misterios de nuestra redención. A partir de entonces, sigue diciéndonos esta vieja leyenda, Domingo comenzó a promover y divulgar tan sana costumbre (promulgari augerique caepit) entre el pueblo cristiano, por lo cual varios pontífices lo declararon institutor y autor de tal devoción.



Para comprender la razón por lo cual se atribuyen al rosario poderes tan vastos y entender, además, la vinculación de esta oración por así decirlo concéntrica, que gira en torno de la salutación angélica,2 hay que recordar varias tradiciones de viejo cuño en el cristianismo.3

*En La rosa trasfigurada, 1999
1 Nadie me impide ver en estas preferencias de un mortal por un miembro de la llamada «corte celestial» y la respuesta favorable de éste una sobrevivencia de los favoritismos olímpicos que encontramos en la literatura occidental desde el mismísimo Homero, cuyos dioses protegen, de modo bastante caprichoso, a los troyanos o a los griegos, sin que sea obligatorio justificar tales pasiones de consecuencias a menudo ruinosas para quien no goza de tal privilegio. Es ocioso decir que esta creencia en las complacencias especiales de las deidades por un ser humano determinado, el fiel, se acendra hasta nuestros días cuando se observan las reflexiones que hacen los escritores piadosos acerca de la manera en que podemos obtener la simpatía celeste, no sólo mediante una conducta irreprochable según la moral aplicable en cada caso, sino a través de las dádivas, forma que hace vanos intentos de disfrazar el soborno implícito.
2 Lucas, 1:28.
3 Recordemos las formas paralelas, como los rosarios budistas, que no son sino otras tantas modalidades de los chakrás, ruedas o círculos que en su propia rotundidad muestran su relación con las órbitas celestes y trazan el puente entre el macro y el microcosmos.






En fechas muy antiguas, san Ambrosio afirmó que la rosa, en la que veía por anticipado la aromática encarnación de María, no había tenido espinas hasta que el jardín del Edén se contaminó cuando los padres originales cometieron el primer pecado. Así pues, el rosal es inocente inicialmente, pero el mal comportamiento de los hombres lo hizo sufrir y defender su pureza prístina mediante el recurso de estos pinchos que quizá le duelan tanto a él como a quien trata de violar el secreto virginal de la flor al arrancarla de su tallo. María, la virgen de Galilea, es la rosa de Sharón, la flor del valle, la desposada de Jesús, pues a su condición de madre añade, en otras vertientes interpretativas, la de protectora especial de la iglesia, compañera mística del Salvador.











Por ende la rosa, como María, dechado de la pureza cabal, es símbolo, emblema de lo virginal, si por esto entendemos lo no tocado, el umbral vaginal no hollado por el hombre, la integridad completa de la doncellez. Pero la hipótesis eclesiástica, teológica, más sutil y elegante, va más allá: el indicio inequívoco de la pureza, de la virginidad femenina se encuentra en la flora aérea, sostenida contra el viento sólo por la esbeltez del tallo y la cámara cerrada del cáliz. Las espinas, censoras naturales de la agresión, se podrían interpretar como las virtudes y la fuerza de voluntad inherentes a quien decide permanecer virgen y, para conseguirlo, tiene que padecer privaciones y contravenir las leyes de la naturaleza. De modo que el cartel de acusación de la infamia arcaica del hombre, las espinas, se truecan en señal de victoria, pues, contradictoriamente, la merma femenina que significaría no ser madre se compensa, con ventaja, con el parto virginal, el alumbramiento milagroso.



La estructura física del rosario cristiano (sartal de rosas, pues las cuentas, abalorios, piedrecillas o joyas que lo forman son símbolos de la flor cuyo solo nombre alude a la Virgen) responde a un fin práctico: si han de repetirse muchas veces las oraciones, es preferible disponer de un medio físico que ayude a la cuenta, sin demasiadas posibilidades de error.

Si seguimos a Layard, el arqueólogo y cuneiformista, encontraríamos el más remoto antepasado del rosario en un sello ninivita en que dos figuras aladas parecen estar rezando ante un árbol: en la izquierda sostienen una especie de rosario.4

Los musulmanes usan el tasbih o masbahah5 para enumerar los nombres de Alá y su empleo se encuentra vigente desde hace muchos siglos. Las letanías marianas no son sino la enumeración de las capacidades, virtudes, honores y atribuciones que caracterizan a María. Bien sabemos que en el budismo se reza el rosario y hay que recordar que Marco Polo habla del rey de Malabar, que tenía la misma costumbre y para seguirla usaba uno de más de cien piedras preciosas.

4 Es imposible no hacer una hipótesis que nada avala, pero que es hermosa: si estas figuras arcaicas de la tradición sumeroacadia rezan el rosario y están, al mismo tiempo, al lado de un árbol, no sería irracional vincular la acción ritual de la oración con peticiones para encontrar la vida eterna. Se encontraría así la relación entre el árbol de la vida que crece en el centro del paraíso y la Virgen, rosa encarnada, Eva vuelta de revés.
5 تَسْبِيح,‎مِسْبَحَة
6 Pongo la transcripción fonética de las palabras, aunque sólo lo hago en el caso del griego medieval y moderno, ya que el clásico o la koiné han elegido sus propios caminos en cada lengua moderna y, en el caso del español, los sigo al pie de la letra.


Por su parte, el komboloyon o kombosjinion (κομβολόγιον, κομβοσχοίνιον)6 de los anacoretas griegos consta de cien nudos que equivalen a genuflexiones y señales de la cruz. No deja de ser picante saber que la desnuda lady Godiva, aunque pudorosa por el cabello de longitud ascética, en su testamento legó un cíngulo de piedras preciosas a la estatua de la Virgen que se levanta en cierto monasterio de Coventry: dichas piedras están ensartadas en una cuerda, de modo que al recorrerlas con los dedos se puedan contar exactamente las oraciones.



Por esas desorientaciones que son tan frecuentes en la historia humana, estas sartas de rosas se vendieron largo tiempo bajo el nombre de «Paternoster» y de su gran popularidad da testimonio el hecho de que hay noticias de que sus fabricantes eran tan numerosos en Francia que en el siglo XIII pudieron integrar cuatro gremios de patenôtriers registrados en el Livre des métiers, de Étienne Boyleau. Al parecer, las monótonas repeticiones iban acompañadas de genuflexiones y no era extraño que llegaran hasta cincuenta, cien o ciento cincuenta, pues en este último caso se tomaba como modelo el número de salmos.

Un documento del siglo XV, las prédicas del dominicano Alan de Rupe, difundió la idea de que el santo fundador de su orden había instituido la devoción del rosario, aunque hay noticias fidedignas para asegurar que desde mucho antes de santo Domingo se practicaban estos rezos, a los que frecuentemente acompañaban las leyendas de María, narraciones sencillas que informaban de algún hecho, de preferencia preternatural o de enorme virtud, que se atribuía a la virgen. Gracias a una tradición relativa a san Alberto Magno conocemos la manera en que se hacía esta oración: el devoto caía de hinojos y se postraba sobre la tierra, sólo sostenido por los dedos de las manos y los pies, mientras repetía «Santa María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita seas entre todas las mujeres y bendito sea el fruto de tu vientre».



En nuestros días, la tradición propicia a santo Domingo ha perdido completamente la batalla, puesto que incluso los propios miembros de la orden que él fundó dudan de la autenticidad de los documentos en que se basaron hasta los mismos pontífices que atribuyeron al santo la creación de esta costumbre.

Hay quienes suponen que el rosario es producto de una revelación, que guardaron celosamente los dominicos. Es tan obvio el intento de engaño (el rosario se ha rezado profusamente desde mucho antes de la vida del fundador de la orden dominicana, por ende no se conservó en secreto en ningún momento) que tampoco se puede sostener en la actualidad ante nadie.



En otra parte hemos visto que los persas llamaron gulistán o golestán a un tipo de antología especial: la que comprendía sólo obras maestras de un género determinado, en particular cuando tenía relación con los buenos paradigmas morales y lo que, en términos generales, suele llamarse sabiduría de la vida. En Occidente sucedió algo similar con la palabra rosarius o rosarium, bajo cuyo palio se reunieron colecciones de textos selectos, de primera calidad, dirigidos a una finalidad común: Arnaldo de Vilanova, por ejemplo, hombre universal a la usanza de los Faustos medievales que caracterizan sobre todo a los siglos XII y XIII, nos dejó un Rosarium philosophorum (Rosaleda de los filósofos).

Una leyenda piadosa y muy antigua nos relata que el nombre toma su origen cuando María, conmovida por la devoción con que un joven monje invocaba su nombre mediante la salutación angélica, fue tomando las plegarias que salían de la boca en forma de botones de rosa, tejió una guirnalda y se coronó con ella la cabeza. Fue tan gustada esta narración que se encuentran versiones desde Etiopía hasta Alemania.

El nombre aplicado específicamente a esta sarta de abalorios no siempre fue rosario, pues alterna con corona (couronne), chapelet y en el inglés de Chaucer con a pair of beads. El alemán Rosenkranz une las ideas de corona y rosas. Y no perdamos de vista que no era raro, en la Edad Media, llamarlo salterio de Nuestra Señora.



En la iglesia ortodoxa el uso es indudablemente arcaico, pero lo característico es que los monjes griegos reciben un κομβολόγιον como parte de su investidura con el hábito de la mandra o convento. De este modo, se los considera adelantados en la vida monástica, pues ya disponen de una «espada espiritual».

Por otra parte, se supone que el verdadero origen del rosario fueron las Cruzadas, pues los monjes occidentales imitaron la cómoda costumbre de las plegarias enlazadas en una cuerda que a la vez es recordatorio del número de oraciones y objeto piadoso. Una observación histórica es pertinente por lo que atañe a la manera griega de usar el rosario: los monjes de las observancia de san Basilio recibían la consigna de «orar sin cesar»7 y, puesto que la mayoría pertenecía al laicado, por extraño que parezca, echaban mano de un recurso sumamente práctico, ya que a la maniobrabilidad sumaba la facilidad del conteo, lo cual era definitivo para aquellos hombres que trabajaban en diversas ocupaciones mientras rezaban y que solían ser analfabetos.

Entre las comunidades griegas, la costumbre de prosternarse después de cada oración recibió el nombre de μεγάλη μετάνοια (he megale metánoia), la gran conversión, el gran arrepentimiento, pero también la gran reverencia. El rosario de griegos, rusos e incluso turcos cristianos es distinto del Occidental: suele no haber diferencia de tamaño en las cuentas. En cambio, el viejo rosario eslavónico, el más antiguo de la Iglesia rusa, consiste por regla general en ciento tres cuentas, separadas por cuatro abalorios mayores en secciones de tamaño irregular, del modo siguiente: tras la primera cuenta grande, vienen diecisiete pequeñas; la segunda está seguida por treinta y tres, la tercera lleva después cuarenta y la cuarta sólo doce, con una cuenta más, que se añade al final. Probablemente a esta gradación se deba el nombre que lleva: liéstovka (лестовка), que significa escalera.



7 δεν πάντοτε προσεύχεσθαι, Lucas, 18:1; διαλείπτως προσεύχεσθε, Pablo, Primera epístola a los tesalonicenses, 5:17.






El rosario es un breviario mariológico, en el sentido de que contiene las diferentes facetas en que puede dividirse la vida de María. Se habla entonces de misterios, que no son sino episodios hagiográficos, pero de los cuales se derivan consecuencias pastorales y propagandísticas mayores, pues se secciona la vida de la Virgen en periodos de diferente postura emocional, que responden, claro está, a los sucesos que atraviesan sus tiempos maternales. Por esta razón hay misterios de tres clases: los primeros, cuando María observa con amor materno el crecimiento espiritual y la vocación inequívoca de su hijo, son terreno de los misterios gozosos o jubilosos. Pero pronto se abaten las sombras sobre aquella vida arrebatada y fundacional; los enemigos de Jesús se pueden encontrar dondequiera y es tanto el desconcierto que provocan su vida y sus enseñanzas que acaba sucumbiendo y es ejecutado de manera infamante: son los misterios dolorosos. Vienen finalmente los gloriosos, cuando la nueva doctrina triunfa sobre todas las demás, el Cristo resucitado se venera en todo el mundo occidental y, como consecuencia de ello, la Iglesia asume sobre sí la tarea trascendental de guiar los espíritus y moderar los comportamientos, sin dejar de ser rectora de la grey cristiana y manantial de orientación y consuelo.

Los himnos de la letanía son composiciones menudas, formadas por estancias de cuatro líneas en diámetros yámbicos. En el himno correspondiente a las Primeras Vísperas (Coelestis aulae nuntius) quedan celebrados los cinco misterios gozosos: cada estancia corresponde a un misterio.

El himno de maitines (In Monte Olivis consito) inicia los misterios dolorosos, cinco en número, y el que se cantaba en las Laudes (Jam morte victor obruta) termina entonando los misterios gloriosos.

El lenguaje de estas breves composiciones poéticas puede llegar a alturas e intensidades propias de lo que se evoca que, para el cristiano, es nada menos que la raíz misma de su fe:

Te gestientem gaudiis,
A ti, alborozada en tus goces,
Te sauciam doloribus,
vulnerada por tus dolores,
Te jugi amictam gloria,
cubierta por la gloria del yugo,
O Virgo Mater, pangimus.
¡oh Virgen Madre!, cantamos.8


8 Estas versiones como, en general, las demás que doy en el libro, no pretenden ser sino eso, aproximaciones al sentido, a la temperatura emocional de los poemas.

La compacidad y condensación del idioma pueden ser notables, como en el caso del himno recién citado, donde los cinco misterios se encuentran expresos en cuatro líneas:

Ave, redundans, gaudio,
¡Salve, llena de alegría,
Dum concipis, dum visitas,
cuando concibes, visitas,
Et edis, offers, invenis,
pares, ofreces, encuentras,
Mater beata, Filium.
oh feliz madre!, a tu hijo.





Quienes urdieron la leyenda que atribuye a Domingo de Guzmán la maternidad del rosario no se satisficieron al afirmarlo: tras la sangrienta batalla de Muret (1213) en que perdieron honra, fe y vida los malhadados albigenses, los triunfadores no vacilaron en declarar que semejante victoria de la ortodoxia se debía a que el santo había estado rezando obstinadamente el rosario mientras los muy cristianos caballeros seguidores del Cristo acuchillaban sin miramientos a sus semejantes. De aquí a sostener que el rosario ha provocado milagros sin cuento y ha salvado en trances de particular peligro a sus fieles no hay más que un paso: la batalla de Lepanto, ocasión de personal y legítimo orgullo del gran manco de nuestras letras, fue ganada por los católicos, afirman estos individuos poco escrupulosos, gracias a que los muy orondos señores de la Confraternidad del Santísimo Rosario habían unido sus fervorosas voces rezándolo en grandes procesiones que atravesaron la Ciudad Eterna el primer domingo de octubre de 1571.



Este triunfo fue especialmente significativo para los cristianos, que veían desvanecerse o al menos desdibujarse el peligro turco. El papa Pío V dispuso que se hiciera una conmemoración del rosario ese día y dos años después del enfrentamiento de Lepanto, en 1573, la orden dominicana solicitó al pontífice Gregorio XIII que se instituyera esta fiesta en todas las iglesias donde hubiera un altar dedicado a esta piadosa y triunfal devoción.

Clemente X extendió a toda España la observancia de esta festividad. Tiempo más tarde, al principio del siglo XVIII (la historia, bien lo sabemos, se repite), después de que el príncipe Eugenio de Saboya, condottiere de sangre azul y puño de hierro, conquistó la gloria sobre las cimitarras de los perpetuos enemigos turcos en la batalla de Peterwardein (Péterrárad), en Hungría, el 5 de agosto de 1716, el entusiasta Clemente X ordenó que la Iglesia universal celebrara la festividad del rosario.

Nuestra Señora de los Apuros
Se ha definido a México como país guadalupano. En efecto, la sombra de la Virgen del Tepeyac (o el manto protector, como dicen los devotos) se proyecta por la totalidad de la República Mexicana sobre todos los niveles sociales y en cada una de las actividades industriales, políticas e intelectuales. No es raro oír a individuos típica, hasta ostentosamente laicos, decir a voz en cuello que son hijos de la virgen mexicana por lo que «tiene de entrañable» en nuestras costumbres y tradiciones. Porque esa imagen tiene connotaciones políticas claras y poderosas, que han de tomar en cuenta todos aquellos que pretendan ganarse un electorado numeroso y verdaderamente popular. No hay culto alguno en este país, tan inclinado a la sacralización de todos los actos de la vida y todos los tiempos del año, que tenga un arraigo siquiera lejanamente comparable con el de Nuestra Señora María de Guadalupe del Tepeyac, porque esta imagen popular se ha convertido, por un conjunto de razones de muy diversa naturaleza, en la instancia divina a la que los mexicanos de todos los niveles sociales y económicos acuden en los trances más disímbolos, desde la obtención del premio mayor de la lotería hasta la resolución de los más escabrosos problemas familiares y personales. Es, pues, la madre comprensiva y querendona que nos ha de sacar de nuestros apuros.

Por si esto fuera poco, la imagen que se venera en la cercana basílica de esa advocación, en la parte septentrional de la Ciudad de México, reúne en sí características de la theotokos y ciertos rasgos que la identifican con una deidad prehispánica, la diosa-madre llamada Tonantzin, Nuestra Madrecita. Es, pues, también, una anthropotokos, madre del hombre mexicano y, por extensión, de todos los pueblos latinoamericanos.

Las apariciones de esta figura materna del cristianismo estuvieron acompañadas por una profusión de flores, pero la tradición mexicana ha suprimido del recuerdo popular todas, excepto las rosas, y mencionar en nuestro país el llamado milagro del Tepeyac es aludir fundamentalmente a ellas que, con derroche, se unieron a María en sus partenofanías al humilde Juan Diego y contribuyeron a consolidarla en el culto oficial. Aunque no hay que perder de vista, desde luego, lo que Lafaye llama atinadamente laicización patriótica del culto guadalupano,9 gracias a la cual la señora de Guadalupe se convirtió en estandarte de la independencia y, por ende, de la nueva fisonomía filosófica, histórica y social de los mexicanos propiamente dichos, los nacidos de la supresión de los vínculos con el Viejo Continente.

No deja de ser inquietante y significativo que en las narraciones originales acerca de estas mariofanías no se insista en que las flores que acompañaban a la señora celeste fueran rosas, pese a que sí se hace hincapié en la profusión floral que la rodeaba. Y si el escritor que hizo estos relatos se preocupa por subrayar este hecho, se debe a que el paraje en que tuvieron supuestamente lugar las apariciones marianas es sumamente árido. Ahora bien, no se mencionan rosas, pero sí se dice «las distintas clases de flores preciosas de Castilla» que es clara alusión a las rosas de esa región de España, las rosadas, que en México se dan profusa y hermosamente. Por ejemplo, cuando la Virgen insta a Juan Diego a subir a la cima del cerro, de donde parece provenir, las rosas no están mencionadas de manera directa:

Y la señora del cielo en seguida le ordenó que subiera a la cima del cerrito, allí de donde antes la veía; le dijo: «(tú) el más pequeño de mis hijos sube a la cima del cerrito, a donde tú me viste y yo te ordené; allí verás distintas clases de flores; córtalas, recógelas, reúnelas y en seguida baja, aquí en mi presencia, apórtalas». Y Juan Diego en seguida trepó al cerrito, y cuando llegó a la cima, mucho se admiró de lo que allí brotaba, se abría, las distintas clases de flores preciosas de Castilla, que aún no era su tiempo de producción, porque entonces se arreciaba el hielo; estaban dispersando un olor suavísimo; como perlas preciosas, estaba en ellas el rocío nocturno.10




9 Jacques Lafaye, Quetzalcóatl y Guadalupe. La formación de la conciencia nacional en México, Fondo de Cultura Económica, México, 1977, p. 36.
10 Xavier Noguez, Documentos guadalupanos. Un estudio sobre las fuentes de información tempranas en torno a las mariofanías en el Tepeyac, El Colegio Mexiquense, A. C., Fondo de Cultura Económica, México, 1995, pp. 196 y s.


La virgen nacional de los mexicanos tiene un rostro doble, en el sentido de que su raigambre es dual, no sólo desde el punto de vista étnico, sino cuando se toma en cuenta el trasfondo mítico-cultual. No se trata de ver en ella a una theotokos maquillada para que su piel morena, que se debe identificar con el color indio y mestizo, se soslaye en cierta medida, en atención a los muchos beneficios que hará a los habitantes de estas latitudes. No sería el primer caso de un icono de madre de dios que no responde a las características raciales de una región determinada (baste recordar las muchas vírgenes negras que hay en la blanca geografía europea), sino de un trasunto suficientemente claro de viejos cultos prehispánicos que se podrían leer en su fisonomía y en la parafernalia que la rodea, donde se imbrican símbolos indígenas y tradiciones cristianas. Pero este tema, por fascinante que sea, en especial para un mexicano, debe quedar solamente esbozado para volver la atención a la flor que ha venido a identificarse con la Guadalupana: la rosa de Castilla, rosada, abierta y sumamente fragante, cuya relación con la imagen que se venera en todo el Continente Americano es, a juicio mío, bastante endeble.

Por otra parte, no significaría un esfuerzo excesivo ver en los ricos adornos de la túnica de la Virgen rosas estilizadas a la manera barroca, pero sí hay que decir que no ocupan el primer plano de la ornamentación, dedicada a unas hojas de tamaño mucho mayor que el de las florecillas que aparecen sembradas en la ropa.



















texto

Antes de imprimir este artículo, se debe pensar bien si es necesario hacerlo: el medio ambiente es cuestión de todos.