Revista / Diciembre / La rosa transfigurada de Ernesto de la Peña
La rosa […] es el símbolo, hermoso y concentrado, del mundo, […]
en su brevísima cápsula de belleza se encierra una permanencia hecha de una sola certidumbre indestructible: la de haber vivido.
Ernesto de la Peña (1927-2012), escritor, lingüista y erudito mexicano, en La rosa transfigurada, 1999
Catorce capítulos revelan la profundidad de pensamiento y perfecto dominio de las letras de Ernesto de la Peña. Su poderosa capacidad evocadora trastorna al lector quien, completamente absorto en las generosas reflexiones, anhela más. La rosa se desvela a lo largo de la narración en sus infinitas posibilidades que nos remiten tanto a la fugacidad de la vida, como a su trascendencia.
En el primer capítulo el discernimiento botánico del autor parte de la afirmación del poeta Rainer Maria Rilke (1875-1926), quien vio en la rosa una contradicción pura. Efímera y resistente a la vez, su rastro aromático data de hace unos 70 millones de años. Nacida en Asia Central, su tenacidad le permitió adaptarse a las condiciones más ásperas y hacer que, con una resistencia a los cambios extremos desde el círculo Ártico hasta los trópicos, se pueda admirar prácticamente en todo el orbe. Con casi 4 mil variedades, estas plantas han invadido el mundo de los sentidos.
«Los pensiles que pasmaron a los griegos» rememora el jardín que surgió al lado de la acrópolis de Babilonia, una de las siete maravillas del mundo antiguo, que varios autores describieron con el asombro que suscita lo inusitado. Si bien al corriente de que el testimonio del geógrafo Estrabón (64/63 a. C.-23/24) no mencionó la presencia de rosas, De la Peña hipotetizó su presencia a partir del hecho de que estas han florecido profusamente en el territorio persa.
Con docta carga alusiva, «Nace la rosa en Occidente» relata el mito de Adonis de acuerdo con la versión que gozó de más fortuna entre griegos y romanos: la del historiador Apolodoro (180 a. C.-119 a. C.). El muchacho hermoso y malhadado nació de la corteza de Mirra y despertó la ira de Artemisa, quien lanzó en su persecución a un jabalí a matarlo. Su sangre se derramó sobre la tierra mientras su amante, la diosa de la belleza, Afrodita, lloraba su desaparición. De la fugaz existencia de Adonis, el bucólico Bios afirmaría que en dolido equilibrio de la sangre brotó la rosa y de las lágrimas, la anémona.
El quinto capítulo está dedicado a reflexionar acerca del Opus Hippocraticum editado en el siglo XIX con inagotable sabiduría helénica y médica por el francés Émile Littré (1801-1881). Al sondear las propiedades curativas de la rosa, figura la que el humanista considera la primera aparición del similia similibus curantur, es decir, «lo semejante cura lo semejante», al ser la flor empleada para aliviar muchos padecimientos femeninos. Entre sus numerosas propiedades medicinales se aprecian sus virtudes regenerativas y la capacidad de influir en la fecundidad de las mujeres.
Quizá de los más sagaces, el capítulo dedicado a la rosa fúnebre nos lleva a reflexionar acerca del significado de la muerte. Con la premisa de que la muerte se vive con un carácter tan individual que es imposible precisar qué dimensión emocional le dan en su tabla de valores, el autor manifiesta cierto reproche a la cultura mexicana, que en su tributo a los difuntos ha conformado un festejo sincrético. Al acusar inconciencia detrás de lo que se considera valentía, De la Peña atribuye una parte de esta actitud a la sensación de improvisación que nos persigue obstinadamente en los momentos de mayor responsabilidad. Del panorama de las festividades mortuorias en el resto del mundo, el autor se detiene en el viejo imperio mediterráneo y recuerda la «rosalia», festividad en la que se depositaban rosas sobre las tumbas destinadas a recordar y honrar a los muertos.
Es propiamente en «Metamorfosis por la rosa» en el que aborda la primera transfiguración “real”. El mito El asno de oro de Apuleyo (125-c 180) narra cómo la ingesta de esta flor permitió restituir a un hombre convertido en asno, su estado original.
En palabras del humanista, el libro redunda en que el encanto liberador, restituidor de las rosas, su capacidad de trasfigurar, tiene realidad, al menos realidad literaria, que puede ser tan válida, o más, que la realidad real.
Tras un maravilloso excursus sobre algunos jardines de la tierra, el capítulo noveno aborda el significado de victoria y triunfo de la verdad que el Corán atribuye al jardín. Es muy poderosa la visión del Paraíso como jardín excelso y perfecto, así como el hecho de que para explicar la palabra «fe» se aluda a un árbol de frutos siempre en sazón. Si bien el libro sagrado del Islam no hace alusión a la rosa, De la Peña relata que la flor es una de las privilegiadas por la cultura musulmana, que en su poesía la utilizó para trazar el puente entre el efímero placer terrenal y los goces perdurables del paraíso. Su estructura perfecta no es duradera, pero su aroma sirve como recordatorio de la posibilidad más importante que es dable al hombre tener: la trascendencia. Con una apología a la singular sutileza y precisión de la poesía lírica árabe, el escritor mencionó algunos intérpretes como Omar Khayyam (1048-1131), a quien describió como poeta genial, filósofo desengañado y hedonista profundo que con amor nostálgico se aferra a la fugacidad que le ofrece la vida […] y bebe vino –a menudo equiparado con la rosa por su color y sus efectos ascensionales– que lo sumerge en el goce del aquí y ahora.
Tras un sugerente camino por la historia y el significado del rosario, «Toda rosa es María» traza un simbólico paralelo entre la flor y la Virgen. Dechados de pureza cabal, ambas son emblema de la integridad completa; las espinas, censoras naturales de la agresión, se podrían interpretar como las virtudes y la fuerza de voluntad inertes a quien decide permanecer virgen, y para conseguirlo, tiene que padecer privaciones y contravenir las leyes de la naturaleza. Finalmente, no podía faltar un debido tributo a la Virgen del Tepeyac, fundacional para México y América Latina.
En el undécimo capítulo, el humanista ofreció un agudo compendio de Le Roman de la Rose [El laberinto de la rosa]. Desde su publicación en la Edad Media hasta el siglo XVI, cuando el poeta Pierre de Ronsard (1524-1585) hizo sus elogios, la obra gozó de gran prestigio debido a la universalidad de su tema, es decir, el del ser humano y el amor, encarnado por la rosa. El autor halló en el estilo alegórico el motivo de su vigencia y trazó un brillante paralelismo entre la realidad, en la que lo trascendente solo puede ser evocado, y el sentido alusivo de la figura retórica.
Con «Los prados del universo», el lingüista mexicano introdujo al lector al dolce stil novo con una sucesión de sutiles meditaciones y referencias expresadas con cabal conocimiento. Cualquier síntesis traicionaría los notables niveles que alcanzan estos párrafos, así que la invitación es a consultarlos directamente.
Quizá las líneas más intensas se pueden hallar en el capítulo decimotercero en el que el autor retomó una vez más la literatura de Rilke y ofreció una brillante reflexión acerca del Arte que no exige comprensión (Verständnis), sino sumisión (Unterwerfung). La figura simbólica de la rosa, que atraviesa toda la poesía del escritor, permite trazar una sutil y al mismo tiempo penetrante analogía con el concepto de muerte considerado como culminación de la vida. La rosa, fugacidad pura, posee, por esta condición huidiza, el secreto de la inmediatez de la muerte, que a cada instante le amenaza por su propia estructura quebradiza, impermanente. Y así, la muerte propia es el núcleo interno, concentrado y lleno de sentido, de la vida que lo envuelve con la pulpa de lo sensible, lo imaginario, lo sensitivo.
El ensayo termina con «La flor oculta», capítulo en el que el autor reiteró lo que a menudo es el fil rouge [hilo conductor] de gran parte del ensayo: no importa el grado de verdad de los relatos, lo fundamental reside en las meditaciones que estos desvelan. Por lo tanto, las visiones de Aureolus Blumenkron brindan el pretexto para reescribir la historia de Adán y Eva al sondear la posibilidad de que así como un fruto nos condujo a proscripción y a la caída, una flor (contenida en el vientre de la serpiente del jardín del Edén), ha de llevarnos a la vida.
Guiado por entusiasmo, conocimiento de las culturas y una gran capacidad alusiva, De la Peña superó aquellas expectativas que en el prólogo expresó con la modestia de los grandes. Consciente de que el conocimiento siempre roza las cosas por encima, sin apoderarse de sus secretos, a lo largo del ensayo el autor nunca trajo conclusiones generales y así logró que el contenido reflejara la altura de la forma literaria alegórica.
Este ensayo, que en palabras del autor tiene muchas ambiciones y ninguna, revela cómo la rosa ha estado siempre tan cerca de nosotros, ha sido un recurso tan eficiente para expresar, en síntesis ideal de color, aroma y forma pronto desaparecidos, nuestro empeño de amor, nuestro corto lenguaje perecedero, que las etapas en que agosta y desaparece anuncian la agonía y la ausencia final del ser humano.