PHILIPPE-EMMANUEL DE LA ROSIÈRE

Presentar obras relativas al amor erótico y al amor místico en un mismo espacio podría parecer extraño cuando se trata de temas complementarios. En realidad, la vida mística no es una sublimación de la vida erótica sino que, por el contrario, toda pasión terrenal es un reflejo de la gloria celestial, porque el prototipo del amor está arriba y no abajo. Es más: los grandes contemplativos –como Juan de la Cruz, Ángela Foligno o Eduviges de Amberes– se expresan siempre en términos muy encarnados. Además, ¿no usó el mismo Hijo de Dios, para hablarnos de los misterios divinos, un lenguaje humano? Esta distinción entre lo profano y lo divino se traduce en eros y ágape, equivocadamente asociados con la parte física y espiritual del amor. Pero no se trata de antítesis. Ningún pasaje lo demuestra con tanta claridad como el episodio del encuentro entre Jesús y la Samaritana (Jn 4, 4-29). Regresando de Judea, el Nazareno toma un descanso cerca del pozo de Siquar, en Samaria. Al observar a una mujer que extraía el agua, Jesús se acerca y le pide un poco, iniciándose entre ambos un emblemático diálogo. Es necesario recordar que, para la tradición bíblica, el pozo es un símbolo del encuentro amoroso. De hecho, fue cerca de uno donde Isaac conoció a Rebeca, Jacob a Raquel y Moisés a Séfora.

 

El agua del pozo es un símbolo del amor que uno recibe antes de poder compartirlo. Pero, en la Escritura, el agua tiene también un sentido ambivalente. El segundo día de la creación, relata el Génesis, Dios separó las aguas de arriba de las de abajo. Fieles a nuestra interpretación, podemos hacer un paralelismo obvio entre eros, «las aguas de abajo», y ágape, «las aguas de arriba». Encontramos la misma distinción en la boca de Jesús cuando declara a la Samaritana: El que toma de esta agua volverá a tener sed, mientras que el que toma de la que yo le dé, no conocerá más la sed. Con un gran sentido práctico, la mujer, extenuada por la pesada tarea, le contesta: Dame pues de esta agua, para que no tenga que volver aquí todos los días. Este diálogo anodino toma entonces un sentido peculiar. Más que de sus fatigas físicas, la mujer se está quejando de sus penas de corazón. Sacar agua del pozo significa «acudir siempre a los placeres de eros, sin lograr calmar su sed de amor». Y esta comprensión se confirma por la respuesta que le da Jesús, la cual no parece estar vinculada con la sentencia anterior:Ve y regresa con tu marido. La mujer pretende no tener esposo y Jesús revela el secreto de su vida, poniendo en evidencia que ya tuvo cinco. Sin embargo, Jesús no la condena.


El Evangelio es muy claro en este sentido: A aquél que ha amado mucho, se le perdonarán todos sus errores. La imagen del pozo nos permite entender que las aguas del eros y las del ágape, no son diferentes. Es la lluvia que llena los mantos freáticos y es la evaporación de la tierra que va formando las nubes. Y ¿no es conmovedor –después de la exégesis que acabamos de proponer– recordar que Jesús, cansado por el camino, pide agua a esta mujer? Y se trata de las aguas de abajo… Cristo nos da el don perfecto del ágape, pero, al mismo tiempo, espera de nosotros que le correspondamos con nuestra manera de amar, eso es el eros. Lejos de estar en competencia, el amor divino y el amor humano entran en un diálogo fecundo. Es la razón por la que la fe cristiana no radica en una moral que quisiera imponer obligaciones, sino en el deslumbramiento místico del amor divino, que irrumpe en uno y todo lo transfigura. En vez de ser la búsqueda de un placer fugitivo, el eros se transforma en la expresión del deseo más fundamental de la condición humana. De ahí que se defina como un movimiento ascendente, por el cual la carne se espiritualiza; por otro lado, el ágape desciende y el espíritu se va encarnando.

 

La naturaleza del ser humano es a la vez animal y angélica. Con asombro, eros y ágape se encuentran, entonces, en el mismo corazón: este núcleo de la persona donde se va elaborando la misteriosa alquimia del amor místico, que no nace ni del cielo ni de la tierra sino del contacto amoroso entre ambos.




[1] Diego Calderón | Descendimiento de la cruz acudido por una monja, detalle | primera mitad del siglo XIX | Óleo sobre lienzo | 170 x 112.5 cm • Anónimo mexicano | retrato en miniatura de monja coronada con rosas y niño, detalle | Segunda mitad del siglo XIX |Óleo sobre lámina de zinc | 16.9 x 12.7 cm • Ygnacio V. [Probablemente Ignacio Vergara] | El Señor de las Uvas | Primera mitad del siglo  XIX | Óleo sobre lienzo | 93.8 x 73.2 cm • Anónimo novohispano | Alegoría del Sagrado Corazón de María | Segunda Mitad del siglo XIXi | Óleo sobre lienzo | 106 x 84 cm

[2] Trabajo español | Noli me tangere | Segunda mitad del siglo XVIi | Figuras de alabastro talladas y adosadas a un panel de madera labrada y parcialmente dorada | Marco de tabernáculo en madera tallada y dorada | 51 x 42 cm; con marco 105.5 x 92.3 x 25 cm



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