El juego de miradas: Testigo del Segundo Imperio Mexicano
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La invitación a un soberano europeo para dirigir a México se hizo el 3 de octubre de 1863 en el castillo de Miramar, la imponente fortaleza frente al adriático. Esta magnífica plata-gelatina que resguarda el archivo del centro de estudios de historia de México Condumex, en el fondo CDXI, segundo imperio, muestra a la delegación mexicana encabezada por José María Gutiérrez estrada ante el futuro monarca: el gobernador del reino Lombardo Véneto, Fernando Maximiliano de Habsburgo.


Que nadie se mueva...

El paso es la muerte,

el trote la vida,

el galope la felicidad.

Yo no puedo ir despacio a caballo.


FERNANDO MAXIMILIANO DE HABSBURGO


 
El siglo XIX mexicano se caracterizó por continuos enfrentamientos entre liberales y conservadores que trataban de imponer dos formas antagónicas de gobierno. Los primeros le apostaban a la modernidad de la Revolución francesa y la república norteamericana; y los segundos a la tradición, es decir, una monarquía, que asimilara la herencia europea y la aplicara en el territorio recién independizado.
 

Tras el fracaso del primer imperio mexicano de Agustín de Iturbide (1822-1823), los conservadores –entonces centralistas que abogaban por un régimen dirigido desde la capital, e incluso algunos anhelaban la reconciliación con España– tuvieron que esperar hasta la década de los 60 para restablecer una monarquía.

La delegación se encuentra en el regio salón de los embajadores. Un gran óleo oval parece presidir la escena: el retrato del emperador de Austria-Hungría Francisco José, sombra de su hermano menor, quien le ordenó aceptar la corona americana. De acuerdo con el investigador Egon Caesar Conte Corti, Maximiliano tenía un carácter sumamente difícil, era retraído, serio y distante; no le gustaban las lisonjas, odiaba la música tanto o más que las tertulias y fiestas. Algo de esto hay en su recelosa y agobiada mirada. Las piernas relajadas contrastan con lo tenso de su pecho, y el marco del nerviosismo se cobija por el busto de su padre, el archiduque Francisco Carlos.

Retrato del Archiduque Maximiliano y de los miembros de la diputación mejicana que ofrecieron la Córona del imperio a salir el 3 de octubre de 1863 en Miramar
Fotografía de Chemar [ilegible]
Plata-gelatina
Colección del Centro de Estudios de Historia de México
CONDUMEX
Fondo CDXI
Segundo Imperio.
Al no tener la oportunidad de dirigir una importante corona, Maximiliano fue educado bajo el liberalismo moderno. Esto en un principio no les importó a los centralistas que en la fotografía ven con curiosidad y esperanza al próximo emperador. Gutiérrez Estrada (1800-1852) sostiene en sus manos el ofrecimiento imperial; fue el primer impulsor de la causa monárquica. Atrás de él, vestido de sotana, el presbítero poblano Francisco Javier Miranda (1816-1864), el cura del Sagrario de Puebla que por su actividad como conservador fue desterrado entre 1855 y el 56.

Con la mano enguantada en el regazo, a la manera de la aristocracia europea, el coronel de ingenieros Joaquín Velázquez de León (1803-1882), quien luchó a las órdenes de Agustín de Iturbide a favor del Plan de Iguala y fue director del Colegio de Minería.

Después aparece Ignacio Aguilar y Marocho (1813-1884), moreno de bigote con guantes blancos, sigue la moda mexicana. Este político, periodista y poeta nacido en Valladolid (hoy Morelia) fue el autor del dictamen para el establecimiento del imperio en México y durante el gobierno de Maximiliano fungió como ministro en el Vaticano y en Madrid. Le sigue en segundo plano, impecable con gasné, José Manuel Hidalgo Esnaurrízar, quien a pesar de su rivalidad con Estrada fue uno de los más importantes impulsores de la corona mexicana. Durante el Segundo Imperio ocupó el estratégico puesto de embajador en Francia, luego decepcionado por el pensamiento liberal de Maximiliano, renunció a su cargo y se autoexilió en París.

Un extranjero de nacimiento se sumó a la delegación mexicana. El militar francés Adrián Woll (1795-1875) luchó con Francisco Xavier Mina por la independencia de la Nueva España, y acabado el proceso revolucionario se naturalizó e ingresó al ejército. Llegó a ser gobernador y comandante militar de Tamaulipas y a la caída del Imperio regresó a su país natal. Las medallas en su fino traje son el distintivo del aguerrido luchador, en contraste con su barba dividida en dos al estilo del mismo Maximiliano.

Detrás, Juárez Peredo, sobrino de Jesús Terán Peredo (1821-1866) quien fuera representante personal en Europa del entonces presidente de México Benito Juárez, y que trató de evitar la llegada del emperador y buscar el retiro de las tropas francesas. Los Peredo se caracterizaron por su ideología republicana, así se hace evidente cómo dentro las familias mexicanas existían tanto liberales como conservadores que buscaban una fórmula nueva de gobierno.

Antonio Escandón (1824-1877) es el hombre de baja estatura ligeramente barbado. Empresario poblano, durante el gobierno monárquico desarrolló el importante proyecto que introdujo a la nación a la modernidad: el ferrocarril México-Cuernavaca. Tras él, dos personajes. El primero, Ángel Iglesias Domínguez (1829-1870), fue médico y fundó la Real Academia de Medicina, y después de la caída del Imperio, en el exilio escribió Medicina en la Ciudad de México. El segundo, otro extranjero. José María de Landa (1781-¿?), un español que aprobó la monarquía en la Junta de Notables.

Este testimonio visual es testigo de un momento de cambios que marcarían profundamente la historia mexicana. Sus hombres buscaron el rumbo de la joven nación estudiando y trabajando por la mejor manera de gobierno. Si bien el Segundo Imperio duró poco tiempo (1862-1867) fue un intento de los muchos que tendría el país para encontrar su propio camino.


ALFONSO MIRANDA MÁRQUEZ | CURADURÍA E INVESTIGACIÓN
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