Relacionado con los mitos primordiales, el barco
fue objeto de culto en Mesopotamia, Egipto,
Creta y Escandinavia. Se asocia al viaje como
rito que imagina a una nave que se traslada en
una jornada nocturna por el mar que representa
muerte, travesía que significa purificación.
Del universo grecolatino el relato de
los argonautas aporta al mundo occidental la
imagen de cincuenta héroes griegos que,
montados en la nave Argos, conquistaron el
Vellocino de Oro en la Colquide. Del texto
literario a las imágenes se traslada, sobre todo,
la idea de la aventura, de la Odisea en barcos
cuya tripulación está conformada sólo por
modelos éticos, hombres cuyo destino debe ser
ante todo emblemático.
Uno de los objetos cifrados más enigmáticos
en el paisaje imaginario del Renacimiento
es justo La nave
de los locos, Stultifera
navis, Nef des fous o Narrenschiff. Según lo
describe Michel Foucault,
navíos de peregrinación,
navíos altamente simbólicos que
conducían a locos en busca de razón.
La nave tiene otros significados intertextuales.
La Crónica de Nuremberg (Liber Chronicarum,
1493), ilustra la gran primera historia
del mundo con vistas de ciudades, mapas, escenas
bíblicas, imágenes de santos, retratos y árboles
genealógicos, entre otros motivos. Entre esas
ilustraciones está aquel cliché de ciudad
europea que se hará acompañar con frecuencia
de embarcaciones, figuración que quedará en
el imaginario europeo en la representación
de la América recién descubierta.
Teodoro de Bry ilustró varias partes de
Peregrinationes in Indiam Occidentalem (1596-1602) con la imagen de las nuevas tierras
siempre avizoradas con galeones. Conquistadores,
barcos e indígenas hacen para de Bry la
triada emblemática del Nuevo Mundo.
A partir del XVII se asoció con mayor
frecuencia el galeón a la monarquía española,
sobre todo en pintura. Pero sin duda la nave es
una imagen nodal de la Iglesia desde los
tiempos de las catacumbas. En el Evangelio
encontramos varias alegorías en donde Cristo
salva a los apóstoles de hundirse en la
tempestad. Un ejemplo notable sobre la metáfora
de “la nave de la Iglesia” es el óleo del
Museo Nacional del Virreinato, Triunfo de la
Iglesia, en donde se interpreta en seguida cómo
el gran proyecto de colonización española
se dio por medio de la fe que embarcada literal
y literariamente en una nave mística, en un
galeón en cuyo mástil, presidiendo el viaje se
encuentra Cristo.
La imagen del barco viajará por la
cultura novohispana fondeando en las artes
plásticas y aplicadas, y será en algunos objetos
de la liturgia, como los incensarios en forma de
naveta, donde llegará a “puerto seguro” como
alegoría de fundación; pero además, dada la
convivencia con el rito cristiano debería de
verse como una espléndida metáfora de
conquista espiritual.
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